Amor #1

El otro día en el autobús, que es realmente donde yo vivo (el resto del tiempo no son más que tránsitos entre un viaje en autobús y otro) observé más allá de un grupo de anónimas cabezas sin interés, dos cochecitos de bebé con sus correspondientes pasajeros acoplados a ellos, como rollizos moluscos a sus conchas. Me percaté de que los bebés tenían estirados sus bracitos todo lo que les permitía el volumen de su envoltorio de abrigo, que sin duda doblaba el de sus cuerpos, y que en el extremo de cada uno, salvando la distancia simbólicamente abismal entre un cochecito y otro, sus diminutas manos se encontraban enlazadas.

Estiré el cuello para ver mejor a uno de los bebés semioculto por las molestas cabezas sin nombre ni importancia. No podría decir a qué sexo pertenecía cada cual, pero no creo que eso sea una cuestión que ellos se planteen lo más mínimo en este momento y por lo tanto no debería tampoco ser relevante para nadie más. Lo que sí puedo afirmar, dados los conocimientos involuntarios que poseo sobre este tema en la actualidad, es que no tendrían mucho más de un año cada uno.

El bebé semioculto estaba al cuidado de una espalda femenina que no me aportaba muchos más datos, mientras que el otro era vigilado por una de esas terribles mujeres del Este cuya expresión fluctúa de manera constante y tormentosa entre lo agresivo y lo agredido. Las ropas de la mujer no concordaban con las del bebé y dado que los secuestradores no frecuentan el autobús (observación que puedo avalar tras largos años de experiencia en este transporte), deduje que se trataba de una niñera, que apenas esbozó una sonrisa eslava, de una calidez sólo apreciable en Siberia, ante el gesto de los bebés.

El bebé perfectamente visible, que era de un tamaño ligeramente superior al otro, se encontraba con la cabeza girada, observando a su compañero. El otro no le devolvía la mirada ni parecía más inteligente que un perro actor, pero respondía al apretón de mano por parte del otro bebé de manera activa, acariciandola con sus deditos.

Imaginando en un segundo cientos de parentescos o supuestas relaciones entre aquellos dos bebés y cómo podían evolucionar a través del tiempo casi quise que el autobús se estrellara en el mismo instante y pereciéramos todos salvando a aquellos dos seres de la segura degradación del momento perfecto que estaban viviendo.

No recuerdo si pestañeé pero cuando fui de nuevo consciente de la realidad a mi alrededor, la mujer del Este impulsaba a su bebé hacia el exterior. Me perturbó entonces la falta de coherencia en la escena, puesto que no hubo ningún gesto, ni siquiera quedó suspendida en el aire una mirada entre las dos mujeres. Mucho menos entre los dos bebés.

Y cuando la mujer del Este se convertía en otra espalda anónima y se empequeñecía su figura avanzando por la acera, fui consciente con terrible vértigo de que no se conocían en absoluto. Ni las mujeres ni los bebés. Que había sido un gesto fortuito y espontáneo, fruto de la química animal entre aquellas criaturas. Y que era muy probable que jamás volvieran a encontrarse. Y que aquello no era lo trágico, sino la certeza de que si volvían a hacerlo, ninguno de los dos guardaría el menor recuerdo de haberse conocido jamás.

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4 comentarios en "Amor #1"

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Alicia Arena Alamillos
Invitado

Me ha encantado, (yo soy igual en los autobuses, son mi casa, mi televisión, soy el Gran Hermano que observa a las desprevenidas criaturas sentadas en asientos de plástico gris…) en fin, la única cosa, no sé si es un error, los dos últimos párrafos están repetidos.

Iván
Invitado

Muy tierno a la par que sencillo, me encanta. Hace desear al que lo lee que todas las cosas en el mundo fueran tan simples como un apretón de manos entre dos desconocidos.

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