Amor #4

Publicado en Observaciones el 18 de Mayo de 2010

La veo con el móvil metido en la boca mientras escarba buscando algo en un bolso que sostiene con dificultad. Apenas me da tiempo a ver que es adolescente y pecosa, la cara redonda e inflada como un bizcocho lleno de motas tostadas, cuando la mano de su madre –no puede ser más que su madre-, de espaldas a mí, vuela rasante como un ave de presa y le arranca el móvil de entre los labios. No dice nada, ni yo habría podido oírla aunque lo hubiera dicho, pero el gesto habla por si solo: Anda, trae, hija, qué pareces tonta. Ella con la boca ya libre la transforma en una sonrisa, pero la madre ha girado la cabeza hacia un lado. No puede ser más de un segundo o dos, pero me parece una eternidad. Cuando los ojos buscan los de su madre mientras sonríe. Los tiene del mismo color cobrizo que las pecas y el pelo y no sé si es la luz pero están encendidos, los veo brillar. Toda la vida parece estar esperando que le devuelvan la sonrisa. A que es gracioso, mamá, a que ha sido gracioso. Pero la otra no la ve, no puede verla, sigue con la cabeza girada. Podría yo sonreírle desde el otro lado del cristal, porque es cierto que lo ha sido. Una imagen cómica. Pero sería grotesco el gesto intruso de una desconocida, que además observa la escena desde un plano inesperado para ellas de pie en la acera, fuera de mi autobús.

Por qué tengo yo que verlo, por qué -y estoy segura de que no lo imagino ni lo reinterpreto-. Por qué tengo que observar, con todo detalle, como si fuera a cámara lenta, el instante en el que los ojos de la chica abandonan su propósito. Y quizá es que la cabeza se mueve un milímetro y pierde el ángulo iluminado, pero los ojos se apagan, los veo apagarse, o son los párpados, que hacen sombra. Porque la mirada se vuelve hacia el bolso y las manos que no se habían detenido, siguen buscando en su interior. Es menos de un segundo, un instante, y a nadie le importa, ni a ellas y no hay drama posible y se olvida. Pero yo lo observo y es devastador.

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