«Señora» es un insulto

Cuando era pequeña, en una visita a casa de mi abuelo, coincidí con un primo mío, mayor, uno de esos primos que ves cada lustro porque viven lejos en una ciudad y un mundo mucho más interesantes que los tuyos. Mi primo adolescente llevaba una camiseta que ponía en letras gigantes «EN BENEFICIO DE TODOS, CÁLLESE, SEÑORA». Entonces yo no conocía la referencia al primer disco de Siniestro Total. No recuerdo qué opiné al respecto, creo que me hizo gracia, pero al mismo tiempo, por alguna razón que todavía no podía entender, se me quedó grabado. Hoy leo el artículo de la periodista Carmela Ríos, que comienza con la frase «¡Señora, está usted en todos lados, apártese que estoy trabajando!», y me doy cuenta de que han pasado décadas, pero absolutamente nada ha cambiado al respecto. Hay internet, redes sociales y millones de personas opinando sobre el feminismo que está bien y el feminismo que está mal. Mientras tanto, la palabra «señora» sigue siendo un insulto. Leer más

Soy una mujer machista

Poop_EmojiNo pasa un día sin que alguien se ponga en ridículo intentando defenderse en público de una acusación de machismo. Y he pensado que quizá, antes de abrazar el feminismo, juzgarlo, criticarlo, o intentar corregirlo, estaría bien empezar por el principio, reconocer qué tipo de machismo ponemos cada uno en práctica y hasta qué punto lo promovemos. Porque claro que sí, tú también eres machista. Ofenderte porque alguien te lo diga es como quejarte de que te salpiquen cuando acabas de salir del agua. Vives en una sociedad machista, has mamado una cultura machista, y aunque no pegas a las mujeres, no las violas y te parece muy bien que voten, no te has tomado la pastilla roja de Matrix para poder ver tu realidad desde otra perspectiva completamente distinta. Eres machista sin darte cuenta. Pero este texto no es para echarte la bronca, ni a ti ni a nadie. Este texto es una confesión, una declaración pública de mi machismo.

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Las geografías imaginarias

Ahora que la realidad virtual está tan de moda, hablemos sobre leer, que es una experiencia inmersiva que tenemos más a mano. Pero no hablemos de ello como si fuéramos una campaña de fomento de la lectura (leer no siempre es bueno y maravilloso como dicen; a veces un libro te arrastra al infierno, o te hace perder el tiempo de tal manera que quieres abofetear al escritor). No hablemos tampoco de leer como si estuviéramos en Tumblr y dijéramos “Si no tiene libros en su casa, no te lo tires”. Creo que todo ese rollo “cool nerd” no le ha hecho ningún bien ni a lo cool ni a lo nerd.
Dirijámonos sin más preámbulos a lo que viene ser el turrón: el acto de leer. ¿Qué pasa exactamente en tu cabeza o en la mía cuando leemos?

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Morirse no tiene mucho interés

Publicado en Unfollow Magazine el 6 de Mayo de 2014

Hubo un tiempo en que me obsesioné con la muerte. No me refiero a la idea de matarme, ni a la parafernalia mortuoria, ni siquiera a la muerte como final o motivo de angustia. Me obsesioné con la muerte en estado puro, con la idea de la nada, de la no existencia. Lo curioso es que no la visualizaba como el clásico fundido a negro. Sin que hubiera motivo, o sin que haya podido descifrarlo aún, cada vez que pensaba en la muerte me venía a la mente la imagen de unas manos de mujer haciendo una trenza con el pelo oscuro de una niña de espaldas. Con extrema precisión, sin dejar ni un pelo suelto, y apretando en cada nudo, pero a la vez con mucha delicadeza. Leer más

Tengo que contar lo que pasó con mi mochila de LEGO

Publicado en Unfollow Magazine el 16 de febrero de 2014

Hago muy pocas promesas, pero las que hago las cumplo. El problema es que si no me pones límite de tiempo, considero que mientras siga con vida estoy potencialmente cumpliendo mi promesa. ¿Pero qué pasa si se acaba el mundo? No me gustaría, por ejemplo, faltar al compromiso que tengo con mi hermana de escribir algo que nos pasó hace unos años.

Era 2010 y estábamos en Nueva York. Yo había ido a visitar a mi hermana, que estaba estudiando en Boston, y cogimos uno de esos autobuses chinos sospechosos que hacen el trayecto Boston-Chinatown para pasar un par de días gastando suela en la cuadrícula demente de Manhattan. Mi hermana, que llevaba poco más de dos meses viviendo en Boston, ya lo consideraba su pueblo, y hacía comparaciones constantemente: “Pues en Boston, las calles tienen más encanto…” “Pues en Boston los arreglos florales son más elegantes…”. Yo, que había estado en Nueva York anteriormente solo una vez, y también en un viaje de turismo breve, consideraba Manhattan mi pueblo y discutía con ella: “¿Pero estás loca? ¿Cómo vas a comparar la arquitectura del downtown de Boston con esto?”. Comportamiento cuando menos curioso para dos hermanas criadas en las sofisticadas costumbres de la Almería profunda. Debe de ser cosa de familia, porque mi padre una vez pasó una semana en un spa de Murcia y al volver a casa, no encontraba los interruptores de la luz: “Como allí estaban otro sitio…”.

Para aquellos dos días visitando Nueva York, lo más cómodo era llevar una pequeña mochila donde guardar todo lo necesario para pasar el día fuera, y mi única mochila disponible era una con forma de bloque de lego rojo de 3×2. Ahora creo que cualquiera puede comprar esta mochila en Internet, pero cuando la compré en su día supuso un rarísimo hallazgo, y aún en 2010 era difícil de encontrar.

Este objeto me acompañó de manera inseparable durante mi postadolescencia más tonta, a principios de la veintena, y había sido ya relegada para entonces a un lugar remoto de mi armario. En aquel momento del viaje era octubre y yo acababa de cumplir 30. Mentalmente andaba ya por los 55, así que le manifesté a mi hermana los inmensos reparos que me daba ir de aquí para allá con semejante mochila, diseñada para niños. “No quiero ser una señora disfrazada de adolescente”, le dije. Y esto va más allá de un complejo o la simple inseguridad. Creo que uno debe aparentar la edad que tiene tanto en lo estético como en su comportamiento, porque lo contrario es entrar en un juego degradante y ridículo. Mi hermana le quitó importancia al asunto y me hizo ver que comprar otra mochila para darle solo aquel uso era una consideración aún más estúpida y superficial. Después de todo, estábamos en Nueva York, a nadie le importaba una “damn shit” mi indumentaria. “Nadie va a fijarse en tu mochila, Carmen”, me dijo.

Reforzada por aquel discurso me olvidé completamente del tema, más aún cuando el aspecto de una mochila que se lleva a la espalda es muy fácil de ignorar.

Visitamos los lugares emblemáticos de la ciudad, o más bien le enseñé a mi hermana mi pueblo mientras ella lo comparaba con el suyo, como si fuera una hija del Mayflower. También exclamábamos ante cada cosa “Aaaaaaaawesome” irónicamente, porque nos parecía muy graciosa esa forma de los americanos de alargar la vocal para mostrar su entusiasmo.

Y así pasamos entretenidas esos dos días de turismo, hasta que en un momento intermedio del “ir parriba y pabajo” neoyorkino pasamos por Times Square. En Times Square hay un Toys’R’Us, imagino que más frecuentado por los turistas que por gente interesada en comprar juguetes. Hay un dinosaurio, una noria y una figura gigante hecha de piezas de Lego, que en mi opinión lucen mucho más en las fotos de las reseñas que en vivo. Pero es un reclamo para turistas, como cualquier otro, y allí que fuimos a visitarlo. Una de las atracciones o repulsiones más características de este lugar y que ya había observado en mi primera visita son sus trabajadores. Jovencitos tope motivados que andan por las secciones del establecimiento, no atentos a lo que uno pueda necesitar, sino exhibiendo alguna habilidad superdivertida. Las dos veces que yo he ido hacían malabares con unos saquitos de arena que se podían comprar, pero quiero pensar que tienen un repertorio más amplio.

Mi teoría sobre estos empleados es que son personas completamente normales que se encuentran alienadas por su trabajo. Me los imagino serios en su vida privada, de gustos austeros y vestir discreto. Fantaseo con que acuden al trabajo con traje de chaqueta, que dejan pulcramente doblado en sus taquillas. Se ponen entonces unos pantalones anchos, medio caídos, su camiseta de colorines del uniforme, y un peinado lo más estrambótico posible. Consumen su dosis obligatoria de anfetaminas y salen a trabajar.

Aquel día con mi hermana me llamó la atención en concreto uno, rubísimo, con una cresta enorme, especialmente activo con sus malabares. Parecía más pokemon que persona, y supongo que por eso era objeto de cámaras y flashes, aunque de lo que daban ganas era de cazarlo y llevarlo en exhibición por los pueblos ibéricos. Andaba yo, probablemente riéndome para mí de estas ocurrencias, cuando de repente todos los allí presentes quedamos paralizados por un grito.

–WAIT, THAT BACKPACK IS AAAAAAAAAAWWWWWWESOME!!!

En aquel “awesome” salido de aquella garganta, podíamos habernos subido todos y dado una vuelta a la Vía Láctea.

Me giré con dificultad, pues la mayoría de mis músculos seguían petrificados y una ola de vergüenza me barría por dentro, como un tsunami. Efectivamente, el espécimen de cresta blanca me miraba a mí y se refería a mi mochila. Y no sólo me miraba él, todas las personas de aquella abarrotada tienda de Times Square en hora punta se mantenían inmóviles clavándome sus miradas. Hasta el saquito de arena con el que el chico jugaba se había quedado congelado en el aire.

–WHERE DID YOU GET IT?

Podía haberlo preguntado por cortesía, por interactuar un poco con la clientela, por “animar el cotarro” simplemente. Pero no, no había duda al observar su expresión. Aquel chico de cresta gigante y habilidad malabarista cuyo trabajo era pura y llanamente “molar” en el Toys’R’Us de Times Square, en Nueva York, al lado de una figura gigante de Godzilla hecha de piezas de Lego, quería, NECESITABA, saber de dónde había sacado yo esa mochila y por qué él no tenía ese objeto que pertenecía a su mundo y no al mío.

–In Tokyo… –murmuré muy bajito.

–AAAAHHHHH, IN TOKYOOOOOOOO, AGGGHHHH, THAT’S NOT FAIR…

El chico puso los ojos en blanco. Los clientes pusieron los ojos en blanco. Los muñecos pusieron los ojos en blanco. Nueva York puso los ojos en blanco. Y todos recuperaron el movimiento, dieron aquel asunto por imposible y volvieron a la normalidad.

Salí de aquel sitio con la vergüenza de al que le han pillado robando, porque era así como me sentía. Me hubiera gustado quitarme la mochila y tirársela a aquel Digimon y decirle: Toma, no quiero nada de tu maldita generación perdida, ni merchandising de franquicias de culto, ni nostalgias tontas de la infancia, ni referencias pop. No quiero este símbolo de la prolongación estúpida de la adolescencia tan conveniente para el capitalismo, porque soy ADULTA. ¿Me oyes, chaval? ¿Me oyes, Toys’R’Us? SOY ADULTA.

Pero no lo hice, caminé encorvada, a punto de hacerme una bolita y salí de allí abochornada por motivos que solo podía entender mi hermana, de cuya risa aún se captan los ecos, como esos sonidos que nos llegan del Big Bang.

Las fotos de aquel viaje mi hermana las guardó en una carpeta a la que, en un arranque de inspiración llamó “Let’s Pacheco!”, nombre que dio lugar a muchas cosas, entre ellas un libro en el que sale dibujada la mochila. Yo no me la he vuelto a poner nunca más.

Pospongan el apocalipsis, estoy buscando unas perchas

Publicado en Unfollow Magazine el 12 de noviembre de 2013

Me he mudado y necesito perchas. Dios sabe a dónde me llevarán estas calles de mi nuevo barrio, donde toda referencia de comercios orientales –bazares y tiendas de alimentación–, me es desconocida. Así me dirijo, como un navío sin faros ni puerto amigo, por las calles de Moncloa.

Qué amargo fue el adiós de mi buena vecina. Y qué triste cuando, a modo de despedida indirecta, fui a pedir cajas para la mudanza a la tienda de la bebé china. Casi atisbé a ver lágrimas en los ojos rasgados de la dependienta, donde antes solía haber símbolos de euro, cada vez que entraba.

Así, ebria de nostalgia chamberiana, camino sin rumbo hasta que diviso un cartel de “Todo a cien” y se me enciende el corazón. ¿Pero está cerrada la tienda? Las pintadas en la fachada del exterior y los cristales sucios le dan un aspecto decrépito y casi tengo que pegar la nariz a la puerta para cerciorarme de que el comercio sigue activo.

No puede decirse que mi estándar de calidad para el establecimiento chino esté por las nubes, y aun así la tienda me deprime. Jamás he visto un bazar tan desordenado donde los productos estén amontonados con tan poco esmero. Digo hola pero la china dependienta no me saluda. Está comiendo pipas y cada “cric” que escapa entre sus dientes resuena a un volumen insólito y crispante en el comercio vacío.

Me adentro por el pasillo central, pensando que jamás podré encontrar lo que busco, con semejante desorden, pero como si la mano de un atrezzista cósmico me las hubiera dejado allí, encuentro las perchas al final del corredor. Yo soy un rey mago y las perchas, el niño Jesús. Miro entonces a mi alrededor y observo que, bajo el aparente desorden, subyace una inteligentísima lógica germánica en la disposición de los objetos. Un nuevo paradigma en el mundo del bazar.

Vuelvo sobre mis pasos, con las perchas en mi poder, y pienso que la tienda, la china, y el constante cric, cric de las pipas parecen el escenario de una película de… de alguien, porque nunca tengo referencias cinéfilas para establecer estas comparaciones. Me planto frente al mostrador y observo a la dependienta. Unos rasgos llamativamente bonitos eclipsados por un acné que roza lo repugnante.

Tiro la casa por la ventana en lo que a esperanza se refiere y le pregunto si tienen una de esas escaleras de plástico plegables para alcanzar estantes altos. Me dice que no. Me digo a mí misma que qué esperaba. Entonces la dependienta se desdice y se pone en pie de repente, más amable y servicial de lo que jamás hubiera sospechado. Y al moverse y hablar, yo me quedo clavada en el sitio, porque “el toque” es extremadamente poderoso en la china.

“El toque” es cómo llamo a la capacidad de ciertas personas para generar algo que siempre he acertado a definir como “caricias visuales”, pero que, por lo que descubrí hace poco, la ciencia llama ASMR (Autonomous Sensory Meridian Response) y que, concretamente en mí, tiene un efecto adormecedor y paralizante más placentero incluso que el que siente la mayoría de la gente cuando le acarician el pelo.

El extraño acento de la china moldea las palabras de tal forma que terminan en un susurro, mientras que sus movimientos son elásticos y muy precisos. Al observarlos siento como si apretaran con algodones las sienes.

Cuando me muestra lo que busco estoy ya medio grogui, pero salgo rápido del trance, ante la estridencia visual. El escalón plegable solo está disponible en una combinación demente de verde hierba, amarillo canario y azul turquesa. Me arden las córneas. Yo que aspiraba a comprarlo de color negro. ¡Loca soñadora! ¡Cómo te atreviste a albergar tales ambiciones!

Tras un debate conmigo misma, me decido a adquirir semejante esperpento porque lo necesito con mucha urgencia.

Cuando vuelvo al mostrador la china utiliza una calculadora de botones grandes de plástico, y el “tap-tap” de sus dedos, en los que, poderoso como nunca, se manifiesta “el toque”, me baja por la espina dorsal hasta hacerme temblar las rodillas. Pero sus manos están sucias de pipas y justo al lado, la visión de un cuenco lleno de cáscaras chupadas me incita a arrancarme los ojos.

Inmersa en este bucle de placer-horror, es cuando me doy cuenta de que en realidad nunca he entrado a este bazar chino y de que jamás saldré de aquí. Porque siempre he estado. En la belleza acneica de la china, en los delicados movimientos de su grosería, en el caos ordenado de los objetos y en el horror necesario del escalón de plástico, está representada y condensada la naturaleza híbrida de la vida humana. Es este uno de esos lugares anodinos que, bajo su aparente insignificancia, esconden talleres secretos donde se produce y se exporta el tejido híbrido de la realidad.

Hay una pelota en el aire

Publicado en Unfollow Magazine el 16 de Junio de 2013

Ante un tribunal apocalíptico, sinceramente, no sé si esta defensa se sostendría. “Pospusimos el fin del mundo por una bebé china, porque tu vecina se había comprado un móvil, por una actualización en facebook de tu prima y por una conversación que cotilleaste en un Rodilla, pero esto, esto es demasiado. Fue solo un segundo, sin interactuación por tu parte, y con tus acostumbradas suposiciones sin base. Esta vez no cuela. Pulsemos el botón roj…

–¡No! –gritaría yo. Y me pondría en pie. No soy una abogada neoyorkina, pero también tengo una profesión de escaso carácter práctico, y vi tantos capítulos de Candy Candy de pequeña que sé cómo hacer para que me titilen dos lágrimas contenidas en las pupilas. Sabría cómo elaborar mi defensa.

-Déjenme describirles el momento –diría arrebatada–. Era una tarde fría y yo caminaba por la la Plaza de Emilio Jiménez Millas, AKA Plaza de los Cubos. Esta plaza es un lugar terrible donde nacen los vientos. Es uno de esos lugares en los que Madrid inspira y espira, los cabellos vuelan hacia arriba y todo el mundo se vuelve un poco más loco de lo habitual. Se encontraba en este momento Madrid respirando hondo, con un aliento frío, y un leve moqueo –recuerdo que me subí la capucha de la gabardina– cuando aparecieron ante mí un hombre y una niña. El hombre tenía un aspecto gastado, de escaparate de mercería a punto de liquidar, y ese gesto hostil que se le pone a las personas a las que la vida ha faltado al respeto en todos los aspectos posibles. Su altura ridícula contrastaba con la de la niña, sin duda fruto de un cruce de genes afortunado. Ella tenía el pelo oscuro y lacio, adornado con una diadema y miraba al padre –supongamos que era su padre– con un gesto desafiante. Caminaban mirándose, muy serios, como dos duelistas con prisa por llegar a un descampado.

Fue entonces cuando el padre movió de repente el brazo y una pelota salió despedida de su mano hacia arriba. En el mismo instante el rostro de la niña se iluminó, mutó su expresión de suspenso –que yo había tomado por hostil desafío– a una de radiante felicidad y lanzó su cuerpo y su alma en busca de la pelota.

Es cierto, señores del jurado, que no sé nada más de ellos, ni siquiera los oí hablar, pero es que no quise saber. Me dije: Sigue andando, no mires atrás, no sepas nunca si la niña cogió la pelota, si se tropezó con la litrona de un punki o se estampó con alguien que salía del Burguer King. No quieras ver si el viento le está levantando al padre el escaso pelo sobre la calva ni si tiene gastadas las suelas de los zapatos. Sigue andando y retén contigo esa imagen todo el tiempo que puedas, ese gesto de un segundo que te ha atravesado la retina y se te ha clavado en lo más hondo.

¿Por qué me conmoví tanto? Porque, señores del jurado, en esa imagen se resume todo: esa mirada de “hazme caso, tírame la pelota, yo iré a buscarla al fin del mundo”, ese “QUIÉREME” tan lúdico, tan básico y primario, ese gesto de mamífero leal, es lo único que nos salva, es lo único que merece la pena de nuestra especie.

Y así terminaría el discurso y me sentaría otra vez, ya desinflada, sobre el banquillo de los acusados. ¿Conmovería mi discurso al jurado? ¿Bastaría esta defensa para compensar todo lo demás? Supongo que tarde o temprano lo sabremos.

Lagrimitas toca fatal la guitarra

Publicado en Unfollow Magazine el

Rodilla no es exactamente una cadena de restaurantes de comida rápida, es en realidad un lugar de peregrinación mental, una especie de cementerio de elefantas urbanas, delgadas, de 15 a 45 años de edad, que acuden allí a dejarse morir anímicamente. Utilizaré una tercera persona algo cobarde y diré que se sientan solas –ellas– y rumian su melancolía mientras mastican con desgana un menú más caro y menos saciante que cualquier otro tipo de comida rápida. Una comida que no es la del atiborramiento autodestructivo de la obesa o la bulímica, sino una alimentación compuesta por sandwichitos blancos, lagrimitas contenidas y un mensaje en la bandeja: “Esto es lo que mereces, ni más ni menos que esto. Y además lo vas a pagar caro”. Porque lo de sano no lo acabo de ver.

Dicho esto, he de aclarar que amo Rodilla con toda mi alma. Es mi cadena de restaurantes favorita de Madrid. Nunca se me ocurriría arrastrar allí a alguien a quien apreciara, desde luego, pero cuando estoy sola me encanta ir, como una elefanta más (qué sorpresa se habrá llevado el lector…). En determinados establecimientos de Rodilla hay una mayoría de personas comiendo solas, tan animadas como muebles de dormitorio, y una puede sentarse y plantar allí su tristeza sin sentirse intimidada. Y cuando se está alegre, oh, cuando se está alegre esa felicidad resplandece y se revaloriza, como un puñado de dólares en una aldea de la India.
El último día que fui a uno de mis Rodillas de confianza, nada más entrar a la zona del comedor, con mi bandeja entre las manos, pasé junto a una mesa ocupada por dos jovencitas, una de las cuales lloriqueaba compungidamente sobre sus sándwiches. Pues nada de extrañar. No te vas a ir a llorar al Foster Hollywood.

Me senté en el extremo opuesto de la sala, detrás de otra chica que comía sola, y fue entonces cuando comprobé con horror que no podía evitar escuchar la conversación de las veinteañeras. Normalmente, en ese Rodilla nadie habla. Nadie osa. Miré a mi alrededor por si los otros muebles de dormitorio se sentían tan contrariados como yo, pero solo había un hombre, en una esquina lejana, que parecía acústicamente a salvo, y la chica sentada delante de mí llevaba unos auriculares. ¡Valiente traidora!

Miré a las adolescentes con odio, pero al observar sus ropas oscuras de algodón gastado, sus botas militares y las mechas de un rosa descolorido que lucía la que no lloraba, se me pasó al instante. Tengo la teoría de que es la moda la que preserva la especie. Creo firmemente que la única razón por la que la generación adulta y en una situación de relativa ventaja, como es la de los treinta y tantos, no extermina a una generación tan idiota y tan amenazante como la de los post-adolescentes es porque, gracias al giro cíclico de la moda, estos visten como nosotros a su edad y esto nos enternece.

Pelirrosa consolaba a Lagrimitas. Una guitarra en su funda apoyada en la pared aguantaba como yo el diálogo.

“¿Que lo has hecho mal, que te has equivocado? Bueno y qué.”. Lagrimitas contestaba tan débilmente que no podía oírla. Resoplé con fastidio. Ya que estaba obligada a escuchar una conversación ajena, al menos me hubiera gustado enterarme de las dos partes. Pelirrosa seguía:

“Pero vamos a ver, que no es el fin del mundo, que sólo tienes que practicar más para la próxima vez”.

Me quedó claro que Lagrimitas había actuado en algún sitio, con su guitarra, y había hecho un poco el ridículo. Lo de “un poco” lo añado yo, por el cariño que en aquel rato le cogí a Lagrimitas, no porque Pelirrosa lo diera a entender, desde luego. Ella le decía que llevaba muy pocos meses tocando la guitarra, que lo que debía hacer ahora es practicar una y otra vez, ya sin ningún miedo, hasta hacerlo mejor. Le decía que nadie empieza sabiendo y que no hay que darlo todo por perdido por fallar una vez. La argumentación de Pelirrosa me pareció muy sólida hasta que en algún momento de énfasis desaforado mencionó a Mozart. Pero hay que entender que Lagrimitas había entrado en un bucle de congoja muda y Pelirrosa se encontraba sola en un monólogo sin dirección, fácil de descarrilar. No era tampoco envidiable su papel, un viernes por la tarde, en un triste Rodilla, luchando sola contra la devastación de un fracaso, únicamente armada de sus mechas rosas.

Me sorprendió mucho y bien que Pelirrosa no le quitara importancia al ridículo de Lagrimitas, que no le dijera “Si no ha sido para tanto, si el lunes seguro que nadie se acuerda…”. Me gustó enormemente cuando dijo “A alguien le tiene que tocar ser el peor en algo. Es una mierda, pero bueno, esfuérzate y la próxima vez que no te toque otra vez a ti”. La honró mucho, como amiga, la imposibilidad de deducir en el tono del discurso, en una palabra dejada aquí o puesta allá, si realmente creía que la otra tenía alguna posibilidad de mejorar con la guitarra o la consolaba sólo porque le tocaba hacerlo. Tanto Pelirrosa como yo –y espero que Lagrimitas se estuviera quedando con la copla– teníamos muy claro que aquella conversación no tenía nada que ver con tocar la guitarra.

Nada me parece más ficticio a mí que la estructura narrativa de una historia de superación. No creo que por haber fallado de una manera tan dolorosa, Lagrimitas ensaye con renovado ímpetu y se convierta en una gran guitarrista. Podría ocurrir, pero no es la consecuencia triunfal que todo el mundo espera ante un fracaso así. Se cuenta siempre ese tipo de historia inspiradora, como le tocó hacerlo a su amiga, pero no se tiene en cuenta la verdad estadística: que son más los que no vuelven a intentarlo por miedo a soportar la frustración y el dolor, los que abandonan un propósito por otro más novedoso, o los que siguen practicando con todo el esfuerzo del que son capaces, pero no pasan de ser malos o como mucho mediocres. No sé cuál será el caso de Lagrimitas, pero gracias a su amiga yo me di cuenta de que en realidad no tiene la mayor importancia. Es difícil verlo cuando uno es el que llora o el que consuela, es poco frecuente observarlo así, con la claridad meridiana que me dio a mí esa perspectiva insólita en la mesa de un Rodilla. Comprobar objetivamente que se puede ser el peor en algo, que se puede fracasar, que se puede ser mediocre sin que ello deba implicar un gran sufrimiento. No es más que una trampa mental porque el sentimiento de triunfo tampoco dura, y todo estará bien y seremos muy afortunados si contamos con alguien que dedique una tarde de viernes a consolarnos, y con la libertad y la confianza de poder llorar un poco.

Mi vecina quiere preguntarme algo

Publicado en Unfollow Magazine el 10 de Febrero de 2013

Normalmente, me muevo por los pasillos de mi edificio con mismo afán sociable que un coyote herido en época de escasez de comida, pero en aquel primer encuentro con mi vecina, no tuve escapatoria. Estaba allí bloqueando el acceso al ascensor mientras cerraba la puerta de su casa, contigua a la mía. Yo, como siempre, en mi absurdo sueño de alcanzar la invisibilidad, iba ataviada con la indumentaria más bien propia de alguien que ha tenido un desafortunado incidente en una planta química: abrigo con el cuello subido, bufanda constrictor y gafas de sol gigantes.

La vecina dijo “¡Ah, Maricarmen, tú igual me puedes ayudar!” y yo supe al instante que cualquier intento mío por corregirla sobre mi nombre –sin el “mari”­– sería en vano y rompería el vínculo que ella me atribuía al llamarme igual que ella. Así que no lo intenté.

En semejantes circunstancias, mi respuesta más natural habría sido gritar: “¿Cómo voy a poder ayudar yo a alguien si no puedo ayudarme ni a mí misma?” y lanzarme al mismo tiempo, de cabeza, por el hueco de las escaleras, pero la vecina agitaba en su mano un móvil cuya pantalla iluminada concentraba toda mi atención y me mantenía en el sitio.

Mi naturaleza de coyote herido entraba en conflicto con mi naturaleza de urraca hipnotizada con el brillo de cualquier tipo de tecnología. Entre bandazo y bandazo de su mano nerviosa atisbé que era un móvil con Android.

Me desbufandé lo suficiente para poder emitir sonidos, me subí las gafas a la cabeza y dije “Ah, pues claro, yo encantada de ayudarla”, cuando en realidad quería decirle “¡Dámelo, quiero toquetearlo!”. Me pidió que le configurara una cosa tan simple que ni siquiera recuerdo qué era, pero cuando terminé, me miró como si hubiera traído la agricultura a su pequeño refugio paleolítico.

“¿Tienes prisa?”, preguntó tímidamente. Y hubiera estado en mi derecho de decirle que sí y aprovechar la ocasión para escabullirme, pero el honorable deber del bilingüe digital me obligó a quedarme.

No le pidas a alguien de 15 años que entienda por qué una mujer de 76 pregunta insistentemente cómo borrar cada línea de una conversación de Whatsapp, porque no lo va a entender. Yo sé que para mi vecina es como tener el teléfono descolgado, o el buzón lleno de cartas leídas. Igual de desconcertante que asociar el icono de un clip a la acción de enviar una foto, cuando nunca ha usado el email y la palabra “adjunto” no le dice nada.

Me dijo que le habían mandado un vídeo sobre la historia de la Guardia Civil que le gustaba mucho pero que no conseguía localizarlo. Mediante todas las analogías analógicas que se me ocurrieron, la enseñé a moverse entre directorios y solo después de hacerle repetir todos lo pasos ella sola mientras yo la observaba, me despedí. “¿Estará el vídeo ahí siempre que quiera verlo?” Le contesté que sí, y que probablemente solo tendría ese en su “almacén de vídeos”.

-Ah, no, no, ¡tengo otro! ¡Uno de un pájaro precioso! ­-¿El vídeo de ejemplo que venía con el móvil? Es probable.- Y cuando me apetece verlo, lo pongo y veo cómo mueve las alas así. Una preciosidad.

Nadie podrá decir que no estemos viviendo tiempos interesantes.

En el segundo encuentro con mi vecina, me hizo entrar en su casa y me pidió que la ayudara con un problema en su correo electrónico de su portátil nuevo. Me di cuenta de que estar con mi vecina no me incomodaba porque su parloteo constante apenas dejaba hueco para la interacción social. Con poner en marcha un sencillo bucle de respuestas cortas preprogramadas con las que rebotaba ocasionalmente su monólogo era suficiente. Mientras tanto podía permanecer aislada y a salvo, y observar mi entorno con total tranquilidad: muebles antiguos, cojines bordados en perfecto orden, tapetes sobre cómodas y aparadores, una foto de ella joven con su cofia de enfermera atendiendo una llamada, otra de sus padres…

Después de haber solucionado el problema, me ofreció una silla y la acepté sin oponer resistencia. Me di cuenta de que ni siquiera tenía ganas de huir. ¿Quién era yo antes de estar allí sentada en la casa de mi vecina? ¿Qué estaba haciendo antes de que me llamara? No podía recordarlo. Mi vecina lo ocupaba todo y mi ser, casi anulado y reducido a simple observador, se encontraba extrañamente en paz. Dejé que su conversación rebotara con mi programa un rato más y sin saber muy bien cómo, de repente aquella mujer, después de decirme que no solo usaba internet para mandar correos, sino que había descubierto que podía entretenerse mirando cosas, me introdujo en un desaforado rally por las calles de su pueblo natal de Burgos, a través de Google Street View. Jamás he visto manejar a alguien los controles de un sistema con tal ímpetu, torpeza y una especie de talento natural para salirse con la suya. Debo admitir que en las curvas, ambas nos inclinábamos un poco en la silla.

-Y esa es la casa donde nací.

-Increíble.

-Me entretengo muchísimo mirando cosas con esto.

-Claro.

-¿Sabes que hoy hace un año que me operaron del corazón?

Ahí me salí del programa, sonreí y la felicité sinceramente.

El tercer encuentro con mi vecina fue un par de semanas después. Estaba esperando al ascensor cuando abrió su puerta.

-¿Tienes prisa? Es que, bueno, te he oído salir… es sólo un segundo, pero no te quiero entretener…

-No no, no tengo prisa. Dime.

-Verás…

Estaba extrañamente tímida y dubitativa. Me hizo pasar a su casa, pero aunque yo me dirigí instintivamente al portátil, ella pasó de largo y me señaló el salón.

-Me he comprado un sofá y quería saber tu opinión. ¿Te gusta el color?

Observé cómo se estrujaba las manos nerviosa.

Quise imaginar que fuera habría un mundo lleno de gente sufriendo, amando, llevando a cabo grandes cosas, aprovechando todos los momentos gloriosos que les ofrecía la vida. Pero no pude. El universo eran sólo unos cuantos muebles repartidos en treinta y ocho metros cuadrados, algunos tapetes, un pájaro precioso “que movía las alas así” en una grabación, el tic tac de un reloj, una operación de corazón, una cofia, un teléfono antiguo… Y yo tenía una misión importante, por fin un papel bien definido, un rol fundamental en el orden del mundo y las cosas. Me desbufandé por completo, la miré a los ojos y le dije:

-Maricarmen, has acertado totalmente, es un sofá precioso.

No sé si darle al “me gusta”

Publicado en Unfollow Magazine el 20 de Enero de 2013

Llevo suficiente tiempo sin pisar un andén de metro como para que al hacerlo, y dejar la mirada suspendida mi visión a lo lejos, tiemble y ondee, no por el efecto del calor, sino de la memoria. Por un segundo, bien podría ser 2005 o incluso 1999 y eso me provoca un escalofrío de terror. No quiero volver al pasado, que se joda el pasado, que se joda la nostalgia. ¿Por qué lo pasado debería parecerme mejor? ¿Porque era más joven? Bueno, sí, y también más imbécil. Mientras no empecemos todos a cagarnos encima, la juventud física me parece un matiz sobrevalorado.

¿Pero qué hay en el presente que me haga aferrarme a él con tanto ahínco? No es que el presente de estos días sea el mejor lugar en el que estar. Yo aún no lo sé, porque el metro ni siquiera ha llegado, pero en unos minutos veré a una mujer que se pasea por los vagones con una notificación de desahucio colgada del cuello y un puñado de pulseras que vende para comer. El presente no está siendo una fiesta.

Capturo el sentimiento y lo pongo sobre mi mesa mental de autopsias para examinarlo. Las conclusiones del análisis son indignantes. ¿De verdad es tu iphone, tus aplicaciones web, tus redes sociales lo que te hacen tan feliz en el presente, Carmen? ¿Es esa mierda superficial por la que miras al pasado de hace cinco años como si fuera una época medieval de incomodidad y barbarie? ¿En serio? ¿EN SERIO? Por favor, abandona este cuerpo.

El tren llega y me subo al vagón escandalizada. Pero no hay duda, es eso. No querría volver cinco años atrás solo por no tener que desprenderme de mi teléfono con conexión a internet.

Miro a mi alrededor. En la parte del vagón en la que me encuentro hay una china mirando unas fotos en su móvil y un señor sentado a su lado a punto de romperse una vértebra con tal de atisbarlas. En los asientos de en frente un niño da instrucciones precisas a su padre de cómo tiene que operar en un juego sobre la pantallita que ambos miran.

A mi derecha alguien toquetea también su móvil, y a mi izquierda, una mujer rumana despliega un folleto de papel ­–material milenario– con fotos y precios de smartphones y se la muestra a una amiga sentada en frente. Lejos de representar ese temido escenario lleno individuos aislados por las nuevas tecnologías, en el vagón hay más trajín que en una corrala.

Me sumerjo sin reparos en mi propia pantalla. Mi prima ha actualizado su estado con la foto de la página de un libro. El fragmento dice:

Gabriel pensaba que las familias eran otro invento extravagante de Dios. Nada provocaba a la gente más alegría y a la vez más preocupación, más entusiasmo y a la vez más espuma de rabia en la boca que la familia. La vida de los humanos, pensó Gabriel, sería mucho más sencilla si, en temas de reproducción y crianza, Dios los hubiera concebido como a las lombrices de tierra.

A mi prima la he visto hace apenas una semana en el funeral de mi abuela. Después de varios años sin tener apenas contacto nos habíamos escrito justo una semana antes. Estoy al tanto de su vida y ella de la mía porque nos tenemos en Facebook, pero sentí el impulso de escribirle al ver una actualización. No fue su nombre, ni un comentario, ni una foto de ella rodeada de gente, sino la imagen de mi prima sonriendo mientras se liaba un cigarro lo que activó un mecanismo de añoranza implacable que hizo que le escribiera en ese mismo momento y le pidiera que nos viéramos. Quedamos en reunirnos a la semana siguiente, y unos siete días después, entre lágrimas y abrazos de consuelo nos dijimos que vaya ironía del destino venir a hacerlo de esta manera.

¿Debería darle a “me gusta” en ese texto que ha compartido mi prima? ¿Sería como decir que sí, que viviríamos más felices como lombrices, sin familia, sin que por lo tanto ella y yo fuésemos primas? ¿O dándole a “me gusta” le estaría mostrando mi apoyo, le estaría diciendo “te entiendo y sé exactamente por qué pones eso, entiendo la alegría y entiendo el dolor”? ¿De verdad lo sé o lo estoy malinterpretando? ¿Lo sabe mi prima o ha puesto ese fragmento porque lo estaba leyendo y le ha parecido curioso y no ha reflexionado más de un segundo al respecto? Mi dedo pulgar se encuentra suspendido en el aire, indeciso. Una interacción directa que concretara mis dudas está fuera de cuestión. Sólo puedo darle a “me gusta” o hacer como que no lo he visto. Son las dos únicas opciones válidas.

El niño que jugaba en el móvil con su padre pasa por mi lado y antes de bajarse del vagón, alarga su cuello de nativo digital y mira mi móvil sin ningún disimulo. No me observa a mí, ni a mi ropa, ni a mi aspecto, ni trata de sacar conclusiones a partir de mi apariencia. Lo único que le importa es lo que hay en mi pantalla. Trata, directamente, de asomarse a mi mundo.

Se me ha pegado una bebé china a la bota

Publicado en Unfollow Magazine el 23 de Octubre de 2012

En el momento de coger el ascensor, mi indumentaria constaba de unos pantalones que, aun teniendo yo grandes dotes de convicción y siendo la prenda de un color gris muy discreto, me hubiera sido imposible convencer a cualquier interlocutor vidente de que formaban parte de un chándal y no de un pijama, como hubiera sido mi versión, más camiseta de “Frasier”, impermeable con capucha y botas de agua de estampado de leopardo, que no sé si afortunada o desgraciadamente ocultaban gran parte de los pantalones.

Cuando salgo de noche a la calle con la ropa de estar por casa es porque me ha poseído un poderoso antojo de algún subproducto alimenticio o de que me atropelle un camión. Me decanto siempre por lo primero porque, después de todo, quién querría ser encontrado muerto de esa guisa.
Superé los pocos metros que separan la tienda de mi portal sin cruzarme apenas con nadie y la oscuridad de la noche y la lluvia me envolvieron caritativamente.

En cuanto puse un pie dentro del establecimiento, una bebé china de escaso tamaño y estabilidad se abalanzó sobre mí y se me aferró a la bota, como si mi pierna fuera un árbol del Paseo del Prado y ella, Tita Cervera. Me incliné a mirarla y me dispuse a exclamar “¡¿Pero y tú quién eres, cosa bonita?!” o algo por el estilo, hasta que me di cuenta de que ni el padre ni la madre miraban y no había nadie más en el establecimiento. Como no había necesidad de pantomima social, la ignoré y me desplacé arrastrando despacio la pierna para que la bebé no saliera despedida. Llegué ante la estantería de las patatas fritas y me planté allí. La bebé recuperó su posición y volvió a hacer efecto ventosa sobre mi bota. Manoseaba el plástico de factura asiática como si reconociera en él su lugar de origen.

Apareció la madre y sonrió al ver a su criatura y yo sonreí también, pero no demasiado porque he comprobado que, si sonríes demasiado a los dueños de perros y niños, no vienen corriendo a quitártelos de encima. Aun así, parece que me pasé, y la madre volvió a entrar en la trastienda sin llevarse a su pequeña flor de loto. Me incliné y miré a la niña para llamar su atención sobre el hecho de que la bota pertenecía a una pierna y la pierna me pertenecía a mí y no había manera de que esa triple unión fuera a romperse de ninguna forma. La niña miró hacia arriba, soltó una mano de la bota y la usó para alcanzar una bolsa de patatas de la balda más baja de la estantería y tendérmela. Le dije: “no, esas no las quiero” y volvió a dejar la bolsa en su lugar.

Estaba muy indecisa respecto a qué patatas elegir, hasta la bebé lo notaba. Tenía la cabeza como siempre puesta en las miserias del ser humano, la decadencia de nuestra sociedad y lo poco que en general merecemos vivir. Sin embargo, mientras me decidía entre Vinagreta o York’eso, esa pequeña fuerza aleatoria y vibrante en torno a mi pierna encendió una lucecita de esperanza en mi interior. Nada que ver con la infancia ni el germen de una generación futura que lo pueda hacer mejor que nosotros, no soy yo dada a esas líneas de pensamiento. Me sentía más bien animada por la insistencia absurda de la bebé en manosear la bota y por el propio sinsentido de la situación. De lo poco imaginable que es que una criatura tan pequeña sienta semejante pasión por un objeto tan insospechado o lo insólita que resultaba aquella escena dentro de mi plan casero nocturno. Me sentí feliz pensando que en el curso de los acontecimientos hay siempre factores impredecibles, que no tienen por qué ser afortunados ni cambiar nuestra vida, pero tampoco tienen por qué ceñirse a esa línea en descenso implacable que parece dominar todo lo que leemos o escuchamos estos días. No podría refugiarme yo en el optimismo facilón –ni aunque quisiera, en el optimismo a secas-, pero sí en el piadoso consuelo de lo imprevisible.

De por qué Karate Kid nos ha jodido la vida

Si hay algo peor que enfermar de realidad es sufrir un trastorno narrativo sin ser consciente de ello. Y yo, que los he sufrido casi todos, tengo ahora un don para palpar el comportamiento y apretar justo ahí, en ese punto de nuestra psicología donde se acumula la ficción. ¿Duele? Pues claro que duele, ya lo iréis viendo.

Decía siempre mi abuela que, o me compraba un cuento nuevo todos los días al salir de la guardería, o yo me negaba a comer. Lo contaba a menudo, no porque le fascinase mi temprano amor por la literatura, sino por el asombroso control que una criatura tan pequeña demostraba sobre su voluntad, cuando aún no me desenvolvía del todo bien con los esfínteres. “Ficción o muerte”, ha sido siempre mi lema, pero también puede uno intoxicarse de ficción y en ese caso, ni la muerte estará a la altura de las expectativas.

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Ya no nos despedimos como antes

Ya no decimos “adiós, adiós” con tanta asiduidad. Dice mi padre que el recuerda cuando “bueno” se empezó a utilizar como muletilla en la conversación, que su uso es relativamente nuevo. ¿Cómo se despediría la gente entonces si el “venga…” tampoco parece demasiado antiguo? Siempre he envidiado la capacidad de ser cortante pero no hiriente a la hora de despedirse de alguien y realizar una terminación limpia y perfecta del diálogo, sin machacarlo en una agonía de buenos y vengas y esos pasitos cortos y cobardes para que sea la distancia física la que por fin mate la conversación.

Pero no quiero escribir yo sobre las despedidas interminables en los umbrales, los portales, la calle o el teléfono, sobre las que ya se ha hablado mucho. Quiero llamar la atención sobre la creciente ausencia de despedidas en nuestras interacciones más usuales. Leer más

Enfermedades de internet: las malas narraciones

Al asomarse a internet, al posar los dedos sobre un teclado, cualquiera se convierte en autor de micronarraciones, instantáneas, autobiográficas, y el pensamiento casi autómata, cotidiano, se deshilacha en frases de no más de 140 caracteres y no llega ni siquiera a escupitajo vital. O bien, el lloriqueo postadolescente de desamor con la amiga a través del teléfono se convierte en un post de veinteañera con ínfulas artísticas y escaso talento que completa el cuadro con una foto en blanco y negro y tipografías en tonos pastel. Y así, los pensamientos, las emociones, las intimidades del autor improvisado, tan respetables, sinceras y auténticas como las de cualquiera se convierten en narraciones mediocres, clichés pobremente expresados, que en vez de ajarse y perderse como el papel de un diario abandonado, permanecen públicas casi siempre destinadas a una audiencia equivocada. No se editan, ni siquiera se autoeditan, y rápidamente quedan validadas por lectores de escaso criterio que las alaban, las reproducen, las imitan y las contagian. Leer más

Lo cercano

Llevo tanto sin escribir aquí que ya no sabía muy bien cómo hacerlo. He redecorado el espacio para sentirme más cómoda y le he pedido a mi hermana que lo amueble con mis objetos preferidos ahí arriba.

Los que me habéis seguido por twitter o facebook, sabéis que en todo este tiempo no he estado inactiva. En la página principal, a la izquierda, tenéis una lista de los sitios donde me encuentro publicando ahora. De hecho, estoy tan dispersa que más que nunca necesitaba un volver aquí y hacerme fuerte en este espacio que es sólo mío. No tanto por tener un lugar fijo dónde podáis encontrarme, sino por tener un lugar donde encontrarme yo y poder escuchar, o mejor dicho, leer mi propia voz.

A los que me hayáis conocido recientemente, mientras estaba aquí el gato bordando, quizá os sorprenda descubrir que soy capaz de escribir sin gifs animados, que lo he hecho varias veces en papel y que prácticamente soy una reliquia del internet patrio. Como muestra de ello, he recopilado algunos textos nuevos y antiguos que me gustan y que tal vez queráis leer.

Lo lejano

Escuchamos el saludo tímido de un clarinete al otro lado de la calle. Se detuvo enseguida porque la banda estaba solo afinando, antes de ponerse a tocar, pero sonó ansioso, con la urgencia de algo que se escucha una vez y solo una, algo que no puede esperarte para ocurrir. Así que cambiamos rápidamente de acera y acabamos asistiendo al concierto y bebiendo cócteles y felicitándonos mutuamente por haber tenido tanta suerte. Pero ninguna de las canciones que tocaron me encogió el corazón como ese sonido primero que irrumpió en nuestro paseo y nos atrajo como un imán.

Ocurrió exactamente lo mismo con la voz de la mujer que se derramaba por la calle, luminosa, polvorienta y vacía. Llegaba a ráfagas como la brisa y se iba chocando contra las paredes blancas, las puertas cerradas. Costaba oírla, porque la calle entera dormía la siesta, y el calor y el sueño eran como un líquido espeso, por el que la voz tenía que abrirse paso, llegando a nuestros oídos deformada. Pero qué bonita parecía flotando como una cometa loca, hasta que fue concretándose, tomando cuerpo. Y empezamos a oír también un acordeón, la letra manida, el micrófono, gente sentada en una terraza.

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Sangre cuajada

No escribí aquí la semana pasada porque al fin tuve unos días para disfrutar del verano y las vacaciones y extravié mis neuronas en algún lugar del camino entre la piscina y la playa. No las culpo, porque en los últimos meses les había dado un uso funesto, ahogadas en una tristeza que me ha dejado la cabeza llena de canas, como esa gente que sale de un bunker de la II Guerra Mundial con el cabello completamente blanco, o esos toreros alcoholizados que sobreviven a un accidente fatal.

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De mi bolsa de canicas: Anne Emond

Aunque parece que “amargarse en vacaciones” se está convirtiendo en el nuevo “odio la navidad” y dentro de poco será ya una tendencia generalizada, yo estoy intentando sacar algo de provecho de las mías y por eso, casi rompo el trato que hicimos. Pero aquí estoy, a última hora, para presentaros a  Anne Emond, a aquellos que todavía no la conozcáis. Leer más

Infierno verano

No sé bien cómo ha ocurrido, pero éste, que era el sitio donde más forzada me sentía escribiendo, se ha convertido en todo lo contrario. Siento que puedo sentarme aquí, como si fuera el porche de mi casa (qué diferencia tan demoledora entre los escenarios que construye mi mente y los que frecuenta mi cuerpo) y miraros pasar al otro lado de la verja. Y escribir con un palito en la tierra lo primero que se me ocurra, para que cualquiera que quiera leerlo lo haga.

Hoy me apetecía escribir sobre el verano. Para la mayoría de vosotros el verano significa vacaciones, tiempo libre, ganas de hacer cosas, bla bla bla, no me interesa. Para mí el verano es un infierno. Si la primavera suele herirme de muerte, el verano pasa sobre mí como una pandilla de rioters londinenses. Salvo algunas excepciones, todos los veranos de mi vida han sido emocionalmente complicados, y éste que atravieso entra en el ranking de los cinco primeros. Pero al margen de las circunstancias en las que me encuentre, ¿por qué me deprime el verano en sí? Leer más

De por qué escribo para ti

Una de las cosas que me aburre de los blogs es que normalmente me imagino a la persona que escribe subida a un pequeño escenario, dirigiéndose a su público  de manera formal o chistosa, pero siempre representando un papel, con una voz impostada de maestro de ceremonias o bien contando una serie de intimidades noveladas, conscientemente en el mejor de los casos.

Aunque intento no caer en los extremos, no puedo criticar algo que yo también practico. Y cuando escribo aquí obviamente estoy considerando a esa audiencia visible e invisible, y siempre algo salvaje, que es internet.

Pero la forma en la que a mí me gusta escribir no es esa. Leer más

Dios, tenemos que hablar

Por desgracia soy atea. Digo por desgracia porque ya me gustaría a mí poder creer en un dios bondadoso que hubiera creado para mi disfrute una urbanización de recreo al otro lado de ese enorme disgustazo que es la muerte. Eso y otras maravillosas features que tiene dios en cada religión. No entiendo a los ateos que van por ahí predicando entre creyentes su mensaje “liberador”. Como si pensar que Dios no existe fuera de alguna manera un alivio. Todo lo contrario. Además, no veo yo muy agobiados a los creyentes mientras se montan sus negocios, celebran sus fiestas o se inmolan frente a centros comerciales. Todo de buen rollo.

Pero por mucho que lo intente, no creo, no creo de ninguna manera, es más, sé, tengo la seguridad de que Dios no existe. Leer más

No le cuentes nunca nada a nadie

En honor a la verdad he de decir que tal vez esta entrada se parezca un poco a la penúltima. En honor a la verdad he de decir también que no me preocupa en lo más mínimo, porque no he venido aquí a entreteneros. De hecho, ni siquiera debería hablar con vosotros, porque este texto va de eso, de no contarle nada a nadie. Pero quedamos en que yo escribiría aquí todas las semanas y vosotros me querríais. Y un trato es un trato.

Cuando a los trece me leí “El guardián entre el centeno”, libro que sería mi favorito durante muchos años, llegué a esa famosa cita: “No cuenten nunca nada a nadie, si lo hacen empezarán a echar de menos a todo el mundo”. Y contesté: “Pero qué dices, Holden, cuéntamelo todo a mí, yo puedo entender todo lo que tengas que contarme. Y si no me hubieras contado todo esto, ahora no me sentiría tan reconfortada y acompañada por tu historia”. Pero una vez que lees el resto de la escasa obra publicada de Salinger, entiendes que esas palabras pertenecen quizá más al escritor que al personaje y que desde luego Salinger no es Holden Caulfield. Concretamente, cuando lees “Franny y Zooey”, te das cuenta de que Salinger era un tío inteligente, interesante pero muy raro y muy jodido y posiblemente (y esto no me hizo falta constatarlo en su biografía) muy nocivo para todos los que le rodeaban. Leer más

El robot que te ama

Yo tenía catorce años. Me puse de pie y leí ante toda la clase la redacción que el profesor de lengua nos había mandado escribir sobre el amor. No sé qué tipo de insensateces esperaba que escribiéramos, pero lo mío era casi un ensayo sobre lo ineficientes que nos hacían las emociones. La ceguera, la debilidad que causaba el amor sobre nosotros -casi una minusvalía-. Y lo productivos que seríamos si pudiéramos deshacernos de él, o al menos aprendiéramos a neutralizarlo. Todo esto expresado con el leguaje ultrapedante que usaba yo a esa edad y que hoy en día, tras la debacle neuronal de la veintena, me costaría entender.

Los demás alumnos rompieron a aplaudir en cuanto terminé, un poco por el mismo impulso inmediato que tiene el público de telecinco cuando se declara algo en un tono determinado, sea cual sea el contenido, y un poco también porque percibían entre las nieblas de su incomprensión que aquello era una afrenta al profesor, y eso siempre estaba bien. Yo sentí el apoyo de la masa y me crecí cual Evita Perón. El profesor mientras tanto, adoptaba una expresión cautelosamente neutra. Leer más

Seis cosas imposibles antes del desayuno

Hace aproximadamente un mes fui testigo de una pequeña charla acerca de lo frágil que es el concepto de realidad. Esto es algo en lo que llevo pensando toda la vida, pero especialmente desde hace unos meses, por motivo de lo que estoy escribiendo. Si lo piensas, dudar de la estabilidad de la realidad y por azares del destino acabar escuchando hablar a alguien sobre ello es bastante jodido. Dan ganas de levantarse y gritar en alto “¿Estás ahí Paul Auster? ¿Me estás escribiendo? Haz el favor y cúrratelo un poco”.

Lo peor o lo mejor de la charla fue tener constancia de que muchas otras personas andaban preocupadas por lo mismo. Porque aquí viene el vértigo, mi realidad y las de ellos, aunque aproximadas, son distintas. La realidad tal y como yo la entiendo es un fragilísimo constructo mental, único, personal e intransferible como las huellas digitales; un fino papel de calco con unos puntos marcados que nos esforzamos en colocar de tal forma que se ajuste al de los demás. Los puntos nunca coinciden con total exactitud pero forman un área delimitada y común, el área de seguridad, el área de cordura. Si alguien no es capaz de hacer converger sus puntos con los de los demás es que está loco, como dicen los argentinos con aterradora semántica: “es un desubicado”. Leer más

“Es que a las tías no os gusta la ciencia ficción”

Este es un tema al que le tengo bastante manía porque casi siempre que sale en una conversación es porque alguien se quiere tirar a alguien. La prueba es que normalmente no se discute con chicas a las que no les gusta la ciencia ficción que debería ser lo lógico (a menos que se trate de la típica pareja con novio en papel adoctrinador) sino con alguna a la que sí, o que al menos está empezando a leer algo.

A mí que la gente se quiera tirar entre sí me parece perfecto y si se me quieren tirar a mí, mejor que mejor, pero para eso utilicemos otros lugares comunes mucho más recurridos, que para eso están. Yo no soy una experta en ciencia ficción, ni muchísimo menos, normalmente siempre hablo con gente que ha leído bastante más que yo, pero sí me la tomo muy, pero que muy en serio, y todos sabemos que dos no acaban en la cama porque les guste la ciencia ficción o porque les guste el mismo grupo (a no ser que uno de ellos sea integrante del grupo, lo cual es un fenómeno sociológico distinto) sino porque hay cierto atractivo físico mutuo y demás consideraciones poco intelectuales. Así que si en una conversación nos interesa poner en relieve la diferencia de sexo entre los interlocutores, hablemos de por qué a las chicas no se nos da bien mecánica, por qué siempre vamos al baño de dos en dos o de sexo directamente, que es el tópico preferido y que viene más al caso. Pero por favor, a la ciencia ficción dejádmela en paz.

Entonces, si me da tanta rabia, ¿por qué escribo este post? Leer más

Desfragmentar un fin de semana

El problema de los blogs personales y de por qué nos aburrimos de ellos es que casi todos eran crónicas de la vida de sus autores. Hoy he hecho esto y esto, he ido a tal sitio y he molado mucho. Quiéreme por ello. Y seamos sinceros, a casi todo el mundo la vida de los demás se la trae un poco floja porque para vida importante ya tiene la suya. Así que la crónica ha de ser graciosa, extraordinaria por algún motivo o al menos lo suficientemente morbosa para suscitar el interés.

Supongamos que las crónicas sobre mis actividades literarias (que son las que debería contar aquí) gozaran de alguna de esas tres cosas. Aún así, como dije en el post anterior, me aburriría escribirlas (no digo que no haya excepciones, como aquello de los premios SM que fue bastante divertido). ¿Por qué? Leer más

Mi firma en la Feria y lo que me da la gana

Veréis, yo quería escribir una crónica graciosa y pizpireta de cómo fue mi firma en la Feria del Libro el domingo pasado. Tenía ingentes cantidades de anecdotillas para reírme de mí misma y de mis nervios. Y también quería dar las gracias a todos los amigos y conocidos que se pasaron a saludarme. Incluso lectores de mi blog de toda la vida que no conocía en persona y aprovecharon para presentarse. Quería poner algunas fotos como ésta Leer más

El domingo tenemos una cita

Por supuesto no pienso utilizar ninguno de esos dos. Acabo de “tomar prestado” un pilot nuevo de mi oficina y lo mantendré aislado para que no tome contacto con ningún otro objeto. No voy a caer tan fácilmente en una emboscada.

Si no tienes ni idea de qué estoy hablando es que quizás hayas llegado hasta aquí por alguno de mis otros canales de spam habituales y no has visto esta tira: Leer más

Firmas, premio y sabotaje

En primer lugar os recuerdo que el próximo domingo, 12 de Junio, estaré firmando en la Feria del Libro de Madrid en la caseta de SM. No me extiendo más ahora ni os intento convencer desesperadamente de que vengáis, porque ya lo haré más adelante.

En segundo lugar, os cuento que me han dado un premio. La organización de la IV Feria del Libro de la Sierra Oeste de Madrid ha decidido que yo sea su escritora “joven” de este año. El año pasado fue Javier Ruescas y este año me han elegido a mí. Eso significa que el próximo sábado 18 de Junio estaré por la tarde en Navas del Rey recogiendo el premio, y el 19 por la mañana firmando ejemplares. O en su defecto, sentada frente a una mesita con un par de libros, esperando melancólica a que alguien se acerque mientras finjo mirar el móvil. ¡No! Se me ha escapado. Bueno, esto es sólo un adelanto, más chantaje emocional próximamente.

Y en tercer lugar ¡sabotaje! Leer más

Let’s Pacheco

Si a estas alturas de la película algún lector no sabe todavía lo que es Let’s Pacheco es que vosotros y yo tenemos un grave problema de comunicación, lo cual, por cómo funciona esta página y mi frecuencia de posteo, no sería en absoluto de extrañar.

Lo voy a explicar muy bien, para que no haya líos porque luego me llegan mails confusos. Laura Pacheco es mi hermana. Es cuatro años menor que yo, muy guapa, le gusta dormir con el edredón por encima de la cabeza y dibuja estupendamente. Esto último os va a dar la clave de todo: Laura dibuja. Yo no. Yo no dibujo además, principalmente porque el Señor Pacheco, al que también conoceréis si visitáis la página, se encargó de dejarme muy claro en la adolescencia que era absurdo que intentara desarrollar una actividad que mi hermana pequeña ya hacía mucho mejor que yo. ¡Pero no sufráis por mí! Como la educación en mi casa siempre ha sido impecablemente equitativa, el señor Pacheco también le dejó muy claro a mi hermana que era inútil que intentara juntar más de cuatro palabras (cosa que nunca se le dio mal) porque para eso ya estaba yo. Leer más

Inteligencias artificiales, inteligencias adolescentes

Es esa hora de una tarde primavera, indeterminada y extrañamente luminosa. Tengo el cansancio acumulado de la jornada laboral cumplida tras pocas horas de sueño, el pelo mojado y miles de deberes que me impiden echarme a la calle para quedar con amigos y quien sabe, disfrutar quizá. No encuentro por ningún lado las ganas, la fuerza de voluntad, el sentido de la responsabilidad ni ninguna herramienta útil, y sin embargo tropiezo todo el rato con el deseo enfermizo, paralizante, de estar -compartir segundos simplemente- con alguien a quien echo mucho de menos. Leer más

Felicidad en bucle

Si tardo un poco más en venir aquí a decir que mi libro ya está en las librerías de toda España, ya no lo encontráis, no agotado, sino barrido por toda la oleada salvaje de novedades primaverales. Así que id pronto, buscadlos entre la marabunta y dadles un hogar a esos pequeños míos. En el Corte Inglés viene con regalito.

Bien sabe Dios, Alá y Buda que si hay algo que consuela mi existencia en este valle de lágrimas son los gifs animados. Y el otro día me mandaron el mejor que podían mis ojos llegar a contemplar:

De acuerdo en que no es hilarante, no hay animales, nadie baila, ni hay caídas. Es decir, no es este gif animado: Leer más

Los premios SM de aquella manera

Como parece que lo de mi libro se va a retrasar unos días hasta que el pobre salga de las cajas y suba a las estanterías, voy a entretenerme con una crónica de los Premios SM, que es uno de los eventos anuales más importantes de literatura infantil y juvenil. Pero como los interesados ya podéis leer una gran cantidad de notas oficiales o alguna crónica sensata, yo voy a escribir mi relato frívolo, incompleto, personal y larguísimo, a lo blogger, como esos posts que solía escribir hace años. Leer más

Misterioso corazón celeste

Tengo varias cosas que contar por aquí. La primera es que el miércoles, es decir, dentro de NADA, estará ya “En el corazón del sueño” en vuestras librerías preferidas, listo para que lo estrechéis en vuestros brazos y lo paséis por caja (me parecería mal que lo robarais, pero al mismo tiempo me halagaría tanto que no sé… este tema me crea un dilema moral). La gente me pregunta que si estoy nerviosa y no, no estoy nerviosa en absoluto porque no lo pienso, si lo pensara Leer más

Busca a Celeste

Celeste es la protagonista de “En el corazón del sueño”. Si fuera una persona real y no un personaje de ficción sería difícil dar con ella. No le gusta salir de casa, no suele coger el móvil cuando la llaman y a veces incluso ignora el timbre de la puerta. Pero Celeste tiene un blog en el que postea sobre lo que más le interesa en la vida, que son los sueños. Y como internet es el lugar donde más cerca está la realidad de la ficción y la ficción de la realidad, es muy probable que podáis toparos con ella.

No es fácil encontrarla con los pocos datos que tenéis, pero años de entrenamiento localizando en internet a exnovios, enemigos, amores platónicos y gente con la que no habéis cruzado nunca una palabra os han preparado para este desafío. Y si mañana a esta hora aún no hay un ganador, daré más pistas.

Una vez que sepáis la dirección de su blog debéis publicarla en el muro de mi página de facebook o a través de twitter haciendo mención de mi usuario @carmen_pacheco. Al ganador o ganadora le enviaré un ejemplar dedicado del libro esta misma semana.

Mientras nadie haya encontrado a Celeste, seguís a tiempo de participar en la búsqueda cumpliendo los requisitos que publiqué en el post anterior.

¡Buena suerte a todos!

Buscadores, a sus puestos.

Hoy comienza el segundo concurso para ganar un ejemplar dedicado de “En el ♥ del Zzz”. Esta vez la prueba será sencilla (o muy difícil, según se mire). Se trata de una búsqueda, pero como sois terriblemente listos, me temo que pueda terminar cinco minutos después de haber empezado, así que para crear un poco más de expectación y para que pueda participar el mayor número de gente posible, los buscadores tendréis que cumplimentar los siguientes requisitos: Leer más

Estrenos

Dado que ya existe una primera reseña de “En el corazón del sueño”, no podía retrasarme más en añadir una ficha del libro a esta página. La tenéis a la derecha o a aquí mismo, según desde donde me estéis leyendo. En ella encontraréis la sinopsis, algunas curiosidades y la banda sonora, que espero que disfrutéis tanto como yo, es una de mis listas de spotify preferidas.

Y mañana en mi página de facebook explicaré lo que podéis hacer para ganar un ejemplar del libro gratis y dedicado.

¡Quedan sólo 13 días para que el libro salga a la venta!

Mi libro gratis, señora. Concurse y lléveselo.

Sábado noche. La gente bailando y riendo en los bares. La gente atrapada en cenas que se alargan y se emborronan por el alcohol. La gente viviendo la vida, esquivando las farolas, moviéndose rápido para combatir el frío.

Pero hay otra gente distinta que hoy se queda casa y se hace fuerte en su sofá y se aferra al teclado. La gente que sigue aquí, un sábado por la noche, levantando Internet. Y esa gente se enterará de este concurso antes que nadie y tendrá más posibilidades que el resto. Leer más

Sueño cumplido, real e impreso

¡Ya lo tengo! Vosotros también podréis el 23 de Marzo :) Aviso que es bastante tocho, id haciéndole un hueco en vuestra lista de lecturas pendientes (un hueco prioritario, claro).

La melancólica muerte del replicante

A ver si es que os creéis que he dejado de escribir en Redes. Pues no. Tampoco tengo yo la culpa de que sigáis en vuestra espiral de drogas y delirio, sin dinero para comprar la revista y leerme. Pero bueno, aunque con retraso, iré subiendo todos los artículos que tengo acumulados. Hoy el ciberpunk, espero que los “Old Skool 1999” deis vuestra opinión. Como me pasa siempre, me hubiera gustado profundizar mucho más pero en estos artículos tengo que contar con que buena parte de los lectores no sabe de primeras de lo que le estoy hablando. Leer más

Abrir el corazón

¿Que por qué no he escrito aquí antes? Yo también me lo pregunto. Creo que aparte de mi legendaria pereza, o más bien inactividad súbita en cualquier web que actualizo y he actualizado, esta vez me ha bloqueado el miedo.

Cuando hablé anteriormente de la próxima publicación de mi libro hice un símil de él y yo como una madre y un hijo que se separan después de años de una relación intensa y casi enfermiza. Creo que no me aproximé ni remotamente a la realidad. Leer más

Ciberpunk, Halo Reach y el pánico escénico.

No sé cómo, pero ya ha pasado no solo un mes, sino mes y medio desde mi último post. Pero digo yo que a estas alturas ya os habréis hecho con la dinámica: raíces, peluquería, nuevo número de Redes, burdeles, heroína, pdf del artículo anterior.

Así que mientras en los kioskos podéis leer mi reflexión sobre el ciberpunk, aquí podéis leer la que escribí sobre los extraterrestres en la ciencia ficción, titulada en un alarde de ingenio: “Esos alienígenas que todos llevamos dentro”. Risas. ¿Risas? En fin, esta claro que si llevara gafas ya me las habría partido alguien.

Y hablando de partir gafas, ya elegimos el microrrelato ganador del concurso de Mondo Píxel y Halo Reach. Lo podéis leer aquí. Leer más

Fantástica Carol

Es increíble, pero ya ha pasado un mes desde que os conté mi trepidante aventura en la peluquería, ¿y qué significa eso? ¿que tengo ya raíces? Sí, pero también que está en los kioskos el número siete de Redes para la ciencia, esta vez con mi artículo sobre los alienígenas. Y para los que se gastan todo su dinero en burdeles y heroína y no compran la revista, ya se puede bajar aquí lo que escribí acerca de las diferencias entre el género fantástico y la ciencia ficción.

Este artículo lo escribí inspirada por Carol. Mi amiga Carol es una de las personas más observadoras y agudas que conozco y si muriera ahora mismo en extrañas circunstancias, moriría tranquila (relativamente) si supiera que ella va a investigar el caso. Sin embargo, con todo lo que tiene que ver con la ficción, películas o libros, se vuelve un poco Colombo. A veces pienso que se confunde a propósito porque decir que le gustó mucho “Liberad a Nemo” de Pixar, que haya que aclararle siempre si estamos hablando de las pelis “de las galaxias” o “de los anillos” y que nos hable de una peli española que vio sobre viajes en el tiempo, llamada “Los microasesinatos”, roza la perfección cómica. El caso es que a mi amiga Carol la intenté aficionar a la ciencia ficción, mientras fuimos compañeras de piso, pero “El juego de Bender” no acabó de molarle mucho.

Hace unos meses Carol me dijo:

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Mi próximo libro

Me pasa a menudo que la gente me para por la calle, fuera de sí, y me increpa “¡Pero Carmen! ¡¿Si has quedado setenta y cinco veces finalista de treinta y ocho concursos distintos, cómo es que hace diecisiete años que no sacas ningún libro nuevo?!”

Lo sé, amigos, yo tampoco me explico lo rápido que pasa el tiempo. Quería esperar, de hecho, un poquito más para hacer un anuncio oficial, pero como hoy es mi cumpleaños y está siendo un día especialmente feliz para mí (y mis cumpleaños no suelen serlo), me apetece compartir con vosotros lo primero que estos días se me viene a la cabeza al despertar (literalmente, porque tengo una pizarra enorme, junto a la cama, llena de apuntes y fechas) y que no es otra cosa que la publicación de mi próxima novela (“mi próxima novela”, “mi próximo libro”, ¿no es lo más poder decir eso? Se me escapa un poco la risa, la verdad).

Después de mucha espera y mucho trabajo, por mi parte y también por la editorial SM, puedo decir, con miedo a equivocarme, que el 15 de Marzo estará en las librerías lo más personal, lo más “Aracne”, que he escrito hasta ahora. Se publicará fuera de colección y estará dirigido a un público juvenil-adulto (osea, vosotros).

Esta fecha que parece tan lejana en el tiempo supone para mí ahora un quebradero de cabeza porque todavía queda mucho trabajo por hacer, pero la espero aún más ilusionada que cuando se publicó mi primer libro.

Los que lleváis años leyéndome, cuando tengáis la novela entre las manos (¡espero que la tengáis!), entenderéis muy bien lo que quiero decir. Por ahora, no puedo dar muchos más datos, ni siquiera el título, pero poco a poco os iré avanzando información. Gracias a todos, amigos y lectores, que queráis acompañarme en esta espera.

El deber, el honor y Mondo Píxel

Yo siempre he creído que no hay mayor honor para una dama que ser llamada para participar como jurado del Primer Concurso de Microrrelatos Mondo Píxel, en asociación con Microsoft, dedicado al universo Halo, con motivo del lanzamiento de Halo Reach. Así que cuando me encontraba desfalleciendo lánguidamente sobre el diván y un mensajero vino a traerme esta noticia, no tardé ni un segundo en responder afirmativamente, asegurando mi colaboración, como era mi deber.

El plazo se ha prolongado hasta el 30 de septiembre, por lo que animo a todo aquel que esté leyendo esto y quiera hacerse con una flamante Xbox 360, juego y mando, edición limitada de Halo Reach (¡ohhhh, estoy viendo que es plateada como mi cubertería y mis candelabros!), a que participe, con arrojo y valentía, que no son más de 150 palabras.

Y te hablo a ti, soldado sedentario y anónimo, que apenas vislumbras la gloria desde tu sofá y vuelves a tu anonimato al soltar el mando. Es hora de escribir tu nombre en las páginas de la Historia.

Alienígenas en la peluquería

El otro día estuve leyendo el nuevo número de Redes en la peluquería. No fue un hecho premeditado que me encontrara en semejante situación con el número seis de Redes en mi poder pero así fue, y cuando el peluquero me dijo “¿Quieres una revista?”, me apresuré a contestarle “No, muchas gracias, ya tengo una”. En realidad lo que me hubiera gustado decir hubiera sido “No, muchas gracias, ya tengo una, mucho más interesante que cualquiera de las de aquí. Una revista que me aportará datos verdaderamente relevantes y en la que, no se lo va a creer, pero escribo yo. ¿Quiere que le lea en voz alta mi artículo?”. Pero no lo hice, porque las telepromociones en la realidad funcionan aún peor que en televisión. Bueno, y porque el Cuore y demás también tienen su relevancia, a quién voy a engañar. Leer más

De por qué me gustan las redes sociales

Me acabo de llevar una alegría 2.0 bastante importante. Bernat Vidal, un lector al conozco sólo de intercambiar algún comentario por aquí, me ha dejado ver vía twitter a una lectora de “Tres veces la mujer de gris”, in fraganti, leyendo en riguroso directo una de las frases del libro. Muchas gracias Bernat. ¡Y Marta, espero que te guste!

Hoy me alegro mucho de haber creado esta página.

El Greenpunk o cómo viajar a otros planetas con muy poco esfuerzo

A pocos metros de su propio hogar, al volver una esquina, al bajar del autobús… ¡ahí está! El nuevo número de Redes se encuentra ya en los kioskos. Este número me gusta especialmente porque habla de dos cosas que me muero por no morirme antes de verlas: los ordenadores cuánticos y las colonias en la luna.

Pero además, podéis leer también mi reflexión sobre el Greenpunk. ¿Que qué es el Greenpunk? Ah… pues ve al kiosko, compra la revista y te enteras. ¿Que lo estás googleleando en este mismo instante? Ah, pues… gññfggshhitngkk…

Tengo que advertir que en el artículo aparece escrito el nombre de Ursula K. Le Guin como Leguin. Por favor, no vengáis con antorchas a tirarme abajo los comentarios, que ya sé cómo se escribe, ha sido una errata (culpa mía). El título de la reflexión es “El greenpunk o la ciencia ficción optimista” y vosotros diréis: “¿pero cómo? ese título no se corresponde con el título de este post ¡¿qué entuerto es éste?!” (quizá con otras palabras, pero seguro que con el mismo desconcierto). Tranquilos, es porque en este post también os informo de ya he subido el artículo anterior, sobre la Space Opera.

No me digáis que con este blog, no salís siempre ganando.

Space Opera

Ya está en los kioskos el número cuatro de la revista Redes para la Ciencia. El artículo sobre ciencia ficción que he escrito para este mes se titula “La space opera o cómo viajar a otros planetas con muy poco esfuerzo” porque como ya habéis podido comprobar soy una persona generosa para la extensión de los títulos.

En esta reflexión intento explicar lo que es la space opera, sus aspectos buenos, sus aspectos malos y por qué es adictiva. Pero si queréis leerla tendréis que ir al kiosko y comprar la revista. Confieso que todavía no la he hojeado con tiempo pero los artículos de este mes tienen buena pinta.

Los artículos anteriores los podéis encontrar aquí. El otro día me di cuenta de que no funcionaban los links del primero y el segundo. No puedo entender cómo no he recibido un aluvión de quejas al respecto. No entiendo cómo no os habéis movilizado todos para exigir vuestro derecho a poder leer los artículos. Debe de ser cierto eso de que la juventud se ha vuelto pasiva. No encuentro otra explicación.

La opinión de Sofía

Está bien eso de ponerte en la piel de un niño, escribir un libro para ellos, publicarlo y luego no tener ni idea de lo que los niños opinan sobre él. Porque no tengo hijos, ni sobrinos, ni primos pequeños que amparándose en el parentesco sientan que pueden expresarse con sinceridad.

El dicho afirma que niños y borrachos dicen siempre la verdad. La segunda parte cualquiera puede saber que no es cierta (salvo en alguna cena de navidad), la primera tampoco. Lo que ocurre es que en algunas ocasiones los niños dicen lo que piensan en situaciones en las que un adulto no lo haría, porque no perciben o se sienten ajenos a las circunstancias sociales del contexto que nos cohíben a nosotros. Pero la mayor parte del tiempo mienten como bellacos. Leer más

Follow me

Una vez, cuando era pequeña -¿qué tendría? ¿unos diez años?- estaba curioseando la sección de disfraces de un almacén mientras mi madre pagaba en la caja. En un perchero, abarrotado de trajes, encontré uno largo, negro, de chica, con toda la parte de arriba de gasa transparente, salvo la silueta negra de dos manos a la altura del pecho. Debajo ponía “follow me“. Yo no había estudiado ese verbo en inglés y automáticamente lo traduje como “fóllame”, verbo español cuyo significado ya conocía mucho antes, puesto que recuerdo haberme reído con los demás niños de mi clase, cuando nos pusieron “La Historia Interminable” (El dragón Fujur o “follo”, ruborizando a los niños españoles desde 1984).

Así que allí me quedé parada en almacén, escandalizada, con aquel vestido que simulaba dos manos sobre las tetas y que para colmo decía “fóllame”. Así, a saco. Nada de “Ínvitame a salir y luego ya veremos”. Recuerdo que pensé “¿pero esto es un disfraz? ¿de qué? ¿de puta?” y me imaginé a la clase de mujer que se lo pondría. Quiero decir que una puta, una auténtica y honrada prostituta podría disfrazarse de algo ligeramente guarro como gatita o conejita de Playboy, para cumplir con el carnaval y atraer a la clientela. ¿Pero qué clase de degenerada querría aprovechar la ocasión para pasearse con un mensaje tan directo? Luego salí de allí traumatizada mirando a mi madre y pensando: “no tienes ni idea de las tiendas donde me traes a comprar…”. Y nunca jamás hablé con nadie de ello hasta hoy.

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Redes

Por azares del destino y la amable invitación de la editora Beatriz Barco, vengo escribiendo estos meses un artículo sobre ciencia ficción en cada número de “Redes para la Ciencia”, la nueva revista del famoso programa de Punset.

Por el momento estoy dedicando los artículos a los distintos tipos de ciencia ficción, sobre todo en su vertiente literaria. Es algo que me hace inmensamente feliz cada mes, porque no es sólo que el género me apasione, sino que siempre intento recomendar lecturas y crear nuevos adictos, allí por donde paso. Poder hacerlo a este nivel desde una publicación como “Redes” es para mí un placer, un honor y casi un deber moral, como si hubiera recibido mi título de embajadora interestelar por la Federación Unida de Planetas.

Iré publicando aquí el título del artículo cada vez que salga un nuevo número y subiré los anteriores en pdf para que podáis leerlos. Pero si os gusta el programa “Redes” os recomiendo que compréis la revista; es una lectura muy amena y un buen alimento para el cerebro.

Bienvenidos.

Hola, bienvenidos a la primera versión de mi página oficial. Se me hace raro presentarme en una web cuando llevo escribiendo en ellas desde 1998 (tendríais que haber visto la primera, era horrible; tenía una araña en gif animado que se pasaba de un lado a otro de la pantalla), pero ahora ya no soy Aracne, ni egoísmo, ni ningún otro nick. Ahora soy yo de verdad, con mi nombre auténtico, que precisamente es el único que no he elegido: Carmen Pacheco.

En esta página podéis encontrar información sobre los libros que he escrito, los artículos que he publicado, algunos datos biográficos y enlaces a los sitios donde hago lo que mejor se me da: perder el tiempo en internet.

Casi todos los apartados, incluyendo esta misma noticia, tienen habilitados los comentarios y cualquier intervención por vuestra parte que respete las mínimas normas del sentido común (ni siquiera de la cortesía), será gratamente recibida. Aprovechad la ocasión, que luego cuando cuando me canse, podréis decir: “yo la conocí cuando todavía tenía comentarios en su web”.