De por qué escribo para ti

Una de las cosas que me aburre de los blogs es que normalmente me imagino a la persona que escribe subida a un pequeño escenario, dirigiéndose a su público  de manera formal o chistosa, pero siempre representando un papel, con una voz impostada de maestro de ceremonias o bien contando una serie de intimidades noveladas, conscientemente en el mejor de los casos.

Aunque intento no caer en los extremos, no puedo criticar algo que yo también practico. Y cuando escribo aquí obviamente estoy considerando a esa audiencia visible e invisible, y siempre algo salvaje, que es internet.

Pero la forma en la que a mí me gusta escribir no es esa. No me gusta que me leas en una de las muchas pestañas que tienes abiertas en el navegador, con ruido a tu alrededor, con avisos y notificaciones saltando por la pantalla. Me gustaría que me estuvieras leyendo en papel, no por el soporte en sí, sino por la atención que le prestas. Imagíname en papel, ¿no estaríamos más tranquilos?

Cuando escribo me gusta pensar que entro en tu mente como un fantasma, atravesando paredes y puertas y me siento en la cocina (la cocina de tu mente es espaciosa y acogedora y hay sitio para sentarse, te lo puedes permitir) a esperar a que vayas a por un vaso de agua de madrugada. No deberías asustarte de encontrarme allí porque sabes que desapareceré en cuanto apagues la luz y que aunque te esté mirando no puedo verte. No sé si te conozco o no, y no importa.

Podemos hablar de cosas tontas de las que nadie habla, como el ruido que hacen las puertas y las ventanas cuando las empuja una corriente de aire y estás solo en la habitación y solo las escuchas tú. No puedes intercambiar una mirada con nadie, solo levantarte y cerrar lo que sea para que deje de golpear. Aunque el corazón se te haya subido a la garganta no se lo vas a contar a nadie porque no tiene la más mínima relevancia, pero es curioso, porque puede que sea lo único que te ha sorprendido en todo el día.

O podemos hablar de toda esa gente que escuchas hablar continuamente. Las voces de los que quieres, los que aborreces o los que no te importan en absoluto. Pasas todo el día escuchando a los demás y probablemente a ti mismo conversando con ellos, pero qué hay de esa otra voz, no con la que hablas, sino con la que piensas, ¿puedes oírla?

Es con esa voz con la que me gustaría estar charlando ahora. Podrías contarme cualquier cosa, como por ejemplo todo aquello que te asusta o te crea ansiedad pero que no puedes decir en alto, porque si no es la misma lógica del lenguaje la que lo destruye, es la mirada del interlocutor, cualquiera, hasta el más comprensivo, la que que hace que todo deje de tener sentido. Así que no puedes hablar de ello, es absurdo. Pero sigue ahí.

Podemos hablar de tus secretos, de las cosas que deseas, pero no te atreves a reconocer porque no estaría bien. Sólo con que pienses en ellas me las estás contando. ¿No te sientes mejor? Además, aunque te escucho con toda mi atención, la verdad es que no puedo oírte. Sigues a salvo.

Me quedaría aquí charlando contigo, en estas líneas, indefinidamente, pero éste no es el momento ni el lugar. Esto es un blog y ¿no ves a toda esa gente entrando y saliendo? Puede que nos reencontremos en un libro, al fin solos, pero entonces estaré disfrazada de narrador o personaje ¿me reconocerás?  No tenemos más remedio que despedirnos ya. Y la próxima vez que volvamos a vernos, en otro post, en otro texto, haremos como si nada.

 

 

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