Desfragmentar un fin de semana

El problema de los blogs personales y de por qué nos aburrimos de ellos es que casi todos eran crónicas de la vida de sus autores. Hoy he hecho esto y esto, he ido a tal sitio y he molado mucho. Quiéreme por ello. Y seamos sinceros, a casi todo el mundo la vida de los demás se la trae un poco floja porque para vida importante ya tiene la suya. Así que la crónica ha de ser graciosa, extraordinaria por algún motivo o al menos lo suficientemente morbosa para suscitar el interés.

Supongamos que las crónicas sobre mis actividades literarias (que son las que debería contar aquí) gozaran de alguna de esas tres cosas. Aún así, como dije en el post anterior, me aburriría escribirlas (no digo que no haya excepciones, como aquello de los premios SM que fue bastante divertido). ¿Por qué? Pues porque nuestra vida es lineal, se ajusta a una estricta linea de tiempo, pero nuestra memoria no funciona así. Por eso es tan difícil a veces recordar lo que se hizo en unas vacaciones ordenadamente, nuestra mente tiende a fragmentas esas vivencias y almacenarlas por separado, clasificándolas en categorías, asignándoles etiquetas y desde luego en el caso de mi memoria, olvidándose de ponerles fecha.

Así que voy a contar mi fin de semana y cómo me fue en la entrega del Premio Literatura Joven Sierra Oeste de Madrid. Pero lo voy a contar como lo recuerdo. Espero que me sigáis.

Lo primero que se me viene a la cabeza es a Joan Manuel Gisbert comentando lo que le gustaba el nombre del premio. Dijo que parecía que daba la vuelta y trazó un círculo con la mano en el aire. Lo dijo dos veces, antes de entrar en la carpa donde nos lo iban a entregar y después, en el coche cuando volvíamos a Madrid. La primera vez no contesté absolutamente nada porque lo acaba de conocer hacía unos minutos, la segunda vez me reí y me atreví a decirle lo que el nombre le había parecido a mis amigos. El contexto lo es todo.

Lo siguiente es esto:

Siempre es verano…

Lo siguiente es la chica que me miraba fijamente en el paso de cebra a la que estaba a punto de temblarle un ojo y sangrarle la nariz. Porque qué hacía yo, bien peinada, con mi bonito vestido, en pleno centro de madrid un sábado por la noche, con la caja de la placa del premio bajo un brazo y una cesta de verdura cargada en el otro. En realidad, volvía a casa con el regalo que nos hicieron en Navas el Rey, pero a ella sólo le habría podido descolocar más la escena si me hubiera seguido una familia de patos.

Ahora salto a un banco de una plaza del pueblo, a las siete y media de la tarde. He buscado un sitio solitario y estoy siguiendo el hashtag de la #desconferencia mientras hago tiempo. Un hombre con un manojo de algo verde en la mano atraviesa la plaza. Apenas lo miro pero a lo pocos segundos me llega el olor de la albahaca, que es una estela invisible que va dejando el hombre a su paso.

Ahora me llega el fresco de la noche en la terraza de una amiga. Somos cinco.«Qué bien se está», lo decimos varias veces, porque es cierto. Pero también porque es lo que se suele decir cuándo uno tiene la certeza de que el momento es precioso y se escapa entre los dedos, y no volverá a ocurrir. Me río tanto esa noche que se me escapan las lágrimas varias veces, como queso, pan y tomates secos con aceite y ajo, hablo sin parar y me pierdo, sintiéndolo mucho, un estupendo cumpleaños.

Salto de nuevo a la carpa. Estoy ante un micrófono dando las gracias por el premio. Ahora estoy dando las gracias Rosa y Joan Manuel Gisbert por haberme llevado en coche. Ahora estoy dando las gracias telepáticamente al chico que me ha invitado a la #desconferencia y está sentado a mi derecha.

Ahora estoy en el autobús. Cae un sol importado directamente del infierno, sobre el cemento del extrarradio. No sé por qué, pero a veces los paisajes más feos me resultan reconfortantes. Pienso en lo que me apetece escribir, pienso en los asuntos que me preocupan, pienso en muchas otras cosas, pero todas se me escapan por la ventanilla, se derriten y mueren sobre el asfalto.

Pasa un poco lo mismo con los recuerdos, que según se escriben se adulteran e incluso desaparecen. Por eso nunca hay que contarlo todo. Yo he desfragmentado estos fragmentos contables, los he unido en un texto que no es gracioso, ni extraordinario ni morboso, pero que al menos me dejará espacio libre en la memoria para el próximo fin de semana.

 

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