Dios, tenemos que hablar

Por desgracia soy atea. Digo por desgracia porque ya me gustaría a mí poder creer en un dios bondadoso que hubiera creado para mi disfrute una urbanización de recreo al otro lado de ese enorme disgustazo que es la muerte. Eso y otras maravillosas features que tiene dios en cada religión. No entiendo a los ateos que van por ahí predicando entre creyentes su mensaje «liberador». Como si pensar que Dios no existe fuera de alguna manera un alivio. Todo lo contrario. Además, no veo yo muy agobiados a los creyentes mientras se montan sus negocios, celebran sus fiestas o se inmolan frente a centros comerciales. Todo de buen rollo.

Pero por mucho que lo intente, no creo, no creo de ninguna manera, es más, sé, tengo la seguridad de que Dios no existe. El listillo agnóstico (agnóstico de verdad, no de los de «no me apetece pensar, así que me pido agnóstico») me dirá que como no puedo probar la inexistencia de Dios, estoy cayendo en la misma irracionalidad del creyente, estoy cayendo en la fe. Pues sí, qué pasa, tengo fe en la no existencia de Dios. Una fe involuntaria porque no la puedo evitar; no hay nada que pueda hacer para deshacerme de ese sentimiento tan de filósofo europeo en el periodo de entreguerras.

Cuando era pequeña creía y no lo supe aprovechar. Me pasó como con una mala relación, que estaba tan preocupada de que Dios me dejara de querer, o de no ser lo suficiente buena para que lo hiciera, que casi fue un alivio que todo acabara. Así estuve sumida toda la infancia en un estado de ánimo bastante medieval, hasta que un buen día sumé dos y dos y fin. No hubo vuelta atrás.

¿Y por qué querer creer? Pues porque a fin de cuentas, todo el mundo busca una justificación a su existencia (de verdad no quería ponerme trascendental en este post, pero es que va sobre Dios y así es imposible). Algo o alguien que venga a decir «me parece fetén que existas». Suele ser una pareja, la familia, tener un hijo, abrirse una cuenta de twitter, cargarte a noventa personas, sacrificarlo todo por tu vocación, la fama, la gloria, la inmortalidad… pero al final nunca sale del todo bien. ¿Por qué? Pues porque como ya he tratado de explicar en los tres posts anteriores, con mejores palabras, las relaciones bidireccionales entre humanos son bastante jodidas. En cambio todo funciona perfectamente cuando la relación es con una inteligencia superior y además unidireccional (que si Dios contestara, otro gallo cantaría).

A Dios, no le importa que hayas engordado un poco este invierno, ni que tengas tres o noventa y siete años, ni que te falte una pierna, ni que seas gilipollas. Dios te conoce por completo, te ve con ojos de rayos x, con luz de ascensor, ve ese amasijo viscoso y palpitante que eres bajo la piel y no le importa. Seas como seas, Dios te ve así:

Y encima te quiere. Joder, ojalá existiera.

¡No me lo digáis, no me lo digáis! Tenéis una opinión distinta y queréis hacérmela saber. Bien, los comentarios están abiertos al debate teológico. Yo no.

Como he dicho mi convencimiento es visceral, lo cual no significa que no haya reflexionado ya largo y tendido sobre este tema, desde todos los ángulos posibles y probablemente los argumentos que más me han hecho dudar (dudar en este caso siempre es bueno) son los que he encontrado en la ciencia ficción. Así que aquí va el artículo que escribí en Redes sobre este tema, y que Dios nos pille confesados.

 

Si te ha gustado leerme y tienes una memoria tan frágil como la mía, puedes recordar que existo siguiéndome en Twitter, Facebook o Instagram.