En defensa del mal gusto

Este texto fue originalmente publicado en la revista Vanity Fair.

Me despierto y leo un correo de la editora Elisabeth Falomir. Me dice que va a dar una charla sobre el tema de “vivir con gusto” y está recogiendo comentarios de los que somos sus referentes al respecto. Se me escapa una carcajada, porque estoy bocarriba en la cama y porque me hace gracia la paradoja. Yo tengo un gusto terrible para un montón de cosas. Quizá lo que sí he tenido siempre es la habilidad para contagiar mi entusiasmo por todo lo que me fascina y un constante empeño en hacerlo durante la absurda cantidad de años que llevo publicando en Internet.

 

De todas formas, el nombre de la charla está muy bien elegido. Sea mejor o peor nuestro gusto, lo importante es vivir en continua comunión con él, es decir, con “el placer o deleite que se experimenta con algún motivo, o se recibe de cualquier cosa”, según la tercera acepción de la RAE, que es la que más me gusta. Existen 11 más, pero la mayoría tiene que ver con el criterio o el juicio, y esas no me interesan tanto.

 

Hay quien cree que lo que llamamos buen gusto es un don innato y hay quien lo confunde con estar al tanto y memorizar las preferencias estéticas del grupo social de nuestro interés. Esta es una habilidad distinta, muy útil por muchos motivos, pero no tiene que ver con el gusto en sí mismo. En mi opinión, el buen gusto se adquiere y no es más que la capacidad para tomar decisiones formadas. Si digo que alguien tiene buen gusto para la decoración, es porque sus ojos están entrenados para distinguir materiales, estilos, formas, colores y texturas. Y aunque el proceso no sea del todo consciente, sus elecciones al decorar una habitación se basan en sus referencias visuales. Por supuesto, también entran en juego otros elementos como la creatividad y la afinidad por un estilo u otro, pero lo que a veces nos parece genialidad artística o buen gusto innato se debe más a la experiencia.

 

El buen gusto también se suele vincular a las clases adineradas. Y tiene mucho que ver. Aunque entre la alta sociedad siempre sorprenda conocer a individuos impermeables a su afortunado contexto, lo normal es que si naces y creces en un entorno privilegiado con una exposición continua a estímulos estéticos, culturales o artísticos más variados que los de la media, almacenes de forma inconsciente una enorme base de conocimiento. Al desarrollar más tarde tu propio estilo, tendrás ya interiorizado lo que a otros les costará infinitas horas de Pinterest.

 

Desgraciadamente, la distinción entre buen gusto y mal gusto suele ser clasista y dañina. Una parte de mí siempre se sentirá como una niña vendedora de cerillas en el Londres de 1847 que pega la cara a las ventanas de las mansiones, no para poseer lo que hay dentro, sino para entenderlo, descifrarlo. Hay quien crece sabiendo si un barco es mejor que otro a simple vista, sin haberle dedicado un pensamiento consciente ni haber madrugado nunca para subirse a él. ¡Cómo no envidiar eso!

 

Pero afortunadamente, el buen gusto no solo sirve para cosas como la moda, el arte y la alta cocina. Se puede tener un gusto exquisito para elegir vino barato, lugares para ver el atardecer y libros de una biblioteca. Se puede tener buen gusto para seleccionar la música que escuchar un domingo por la mañana, comer bollería industrial y comprar flores en un mercado.

 

A no ser que sea un requisito profesional, el valor social de nuestro gusto no debería importarnos. Mejorará si lo cultivamos, pero la meta es simplemente experimentarlo. Rodearnos de elementos materiales e inmateriales que nos hagan felices, sin que nos importe que se consideren sofisticados.

 

Sigo en la cama y aún no he contestado a lo que me pregunta Elisabeth: cómo desarrollé yo mi gusto. Lo cierto es que lo hice por instinto y supervivencia. Porque la emoción de descubrir y contemplar algo que nos maravilla es incompatible con querer estar muertos. Es pura alegría de vivir.

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