Enfermedades de internet: las malas narraciones

Al asomarse a internet, al posar los dedos sobre un teclado, cualquiera se convierte en autor de micronarraciones, instantáneas, autobiográficas, y el pensamiento casi autómata, cotidiano, se deshilacha en frases de no más de 140 caracteres y no llega ni siquiera a escupitajo vital. O bien, el lloriqueo postadolescente de desamor con la amiga a través del teléfono se convierte en un post de veinteañera con ínfulas artísticas y escaso talento que completa el cuadro con una foto en blanco y negro y tipografías en tonos pastel. Y así, los pensamientos, las emociones, las intimidades del autor improvisado, tan respetables, sinceras y auténticas como las de cualquiera se convierten en narraciones mediocres, clichés pobremente expresados, que en vez de ajarse y perderse como el papel de un diario abandonado, permanecen públicas casi siempre destinadas a una audiencia equivocada. No se editan, ni siquiera se autoeditan, y rápidamente quedan validadas por lectores de escaso criterio que las alaban, las reproducen, las imitan y las contagian.

Enfermos de consumir involuntariamente -están allí donde uno mire- estas narraciones baratas, que sin embargo se corresponden con emociones universales, cualquiera con un mínimo de inteligencia, sensibilidad y empatía acaba rechazando los propios sentimientos, cobijándose en un cinismo hueco, autoasfixiante e igualmente compulsivo. El afán por estar de vuelta de todo, por diferenciarse de lo que nos disgusta en la forma, nos obliga a despreciar el contenido, que se parece mucho a lo que de verdad sentimos, y desemboca en un náusea existencial que ni siquiera puede expresarse, por miedo a que alguien piense que estamos tomándonos en serio.

Ésta es una afirmación tremendamente impopular, que no tengo el menor reparo en hacer: hay cosas que se sienten, se piensan o se sufren que no deberían ser publicadas nunca, sobre todo si uno no tiene la habilidad para comunicarlo adecuadamente y sobre todo, si no tiene un buen propósito para hacerlo. Y hay textos que no deberían ser leídos por pura higiene mental. Uno debería dedicar al menos unos segundos a reflexionar antes de expresarse; controlar esta nueva y ridícula compulsión de sentirse “conectado”. Y por otro lado, se debería elegir con mucho más cuidado lo que se lee, al igual que uno no se atiborra de comida en mal estado.

Creo que evitar el consumo de malas narraciones reduciría los niveles de cinismo enfermizo, de malestar con uno mismo y con los demás, de desprecio injustificado a aquellos que disfrutan y padecen con el mismo derecho que cualquiera, pero que simplemente no se saben narrar.

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