Hay una pelota en el aire

Publicado en Unfollow Magazine el 16 de Junio de 2013

Ante un tribunal apocalíptico, sinceramente, no sé si esta defensa se sostendría. “Pospusimos el fin del mundo por una bebé china, porque tu vecina se había comprado un móvil, por una actualización en facebook de tu prima y por una conversación que cotilleaste en un Rodilla, pero esto, esto es demasiado. Fue solo un segundo, sin interactuación por tu parte, y con tus acostumbradas suposiciones sin base. Esta vez no cuela. Pulsemos el botón roj…

–¡No! –gritaría yo. Y me pondría en pie. No soy una abogada neoyorkina, pero también tengo una profesión de escaso carácter práctico, y vi tantos capítulos de Candy Candy de pequeña que sé cómo hacer para que me titilen dos lágrimas contenidas en las pupilas. Sabría cómo elaborar mi defensa.

-Déjenme describirles el momento –diría arrebatada–. Era una tarde fría y yo caminaba por la la Plaza de Emilio Jiménez Millas, AKA Plaza de los Cubos. Esta plaza es un lugar terrible donde nacen los vientos. Es uno de esos lugares en los que Madrid inspira y espira, los cabellos vuelan hacia arriba y todo el mundo se vuelve un poco más loco de lo habitual. Se encontraba en este momento Madrid respirando hondo, con un aliento frío, y un leve moqueo –recuerdo que me subí la capucha de la gabardina– cuando aparecieron ante mí un hombre y una niña. El hombre tenía un aspecto gastado, de escaparate de mercería a punto de liquidar, y ese gesto hostil que se le pone a las personas a las que la vida ha faltado al respeto en todos los aspectos posibles. Su altura ridícula contrastaba con la de la niña, sin duda fruto de un cruce de genes afortunado. Ella tenía el pelo oscuro y lacio, adornado con una diadema y miraba al padre –supongamos que era su padre– con un gesto desafiante. Caminaban mirándose, muy serios, como dos duelistas con prisa por llegar a un descampado.

Fue entonces cuando el padre movió de repente el brazo y una pelota salió despedida de su mano hacia arriba. En el mismo instante el rostro de la niña se iluminó, mutó su expresión de suspenso –que yo había tomado por hostil desafío– a una de radiante felicidad y lanzó su cuerpo y su alma en busca de la pelota.

Es cierto, señores del jurado, que no sé nada más de ellos, ni siquiera los oí hablar, pero es que no quise saber. Me dije: Sigue andando, no mires atrás, no sepas nunca si la niña cogió la pelota, si se tropezó con la litrona de un punki o se estampó con alguien que salía del Burguer King. No quieras ver si el viento le está levantando al padre el escaso pelo sobre la calva ni si tiene gastadas las suelas de los zapatos. Sigue andando y retén contigo esa imagen todo el tiempo que puedas, ese gesto de un segundo que te ha atravesado la retina y se te ha clavado en lo más hondo.

¿Por qué me conmoví tanto? Porque, señores del jurado, en esa imagen se resume todo: esa mirada de “hazme caso, tírame la pelota, yo iré a buscarla al fin del mundo”, ese “QUIÉREME” tan lúdico, tan básico y primario, ese gesto de mamífero leal, es lo único que nos salva, es lo único que merece la pena de nuestra especie.

Y así terminaría el discurso y me sentaría otra vez, ya desinflada, sobre el banquillo de los acusados. ¿Conmovería mi discurso al jurado? ¿Bastaría esta defensa para compensar todo lo demás? Supongo que tarde o temprano lo sabremos.

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