Infierno verano

No sé bien cómo ha ocurrido, pero éste, que era el sitio donde más forzada me sentía escribiendo, se ha convertido en todo lo contrario. Siento que puedo sentarme aquí, como si fuera el porche de mi casa (qué diferencia tan demoledora entre los escenarios que construye mi mente y los que frecuenta mi cuerpo) y miraros pasar al otro lado de la verja. Y escribir con un palito en la tierra lo primero que se me ocurra, para que cualquiera que quiera leerlo lo haga.

Hoy me apetecía escribir sobre el verano. Para la mayoría de vosotros el verano significa vacaciones, tiempo libre, ganas de hacer cosas, bla bla bla, no me interesa. Para mí el verano es un infierno. Si la primavera suele herirme de muerte, el verano pasa sobre mí como una pandilla de rioters londinenses. Salvo algunas excepciones, todos los veranos de mi vida han sido emocionalmente complicados, y éste que atravieso entra en el ranking de los cinco primeros. Pero al margen de las circunstancias en las que me encuentre, ¿por qué me deprime el verano en sí? Pues no lo sé. Yo no pedí este cerebro.

En verano, durante el día, me pongo toda Faulkner, y mientras vosotros correteáis por ahí jugando con las mangueras y los aspersores, yo observo la muerte lenta de vuestro organismo. En verano los objetos se desgastan, las plantas lo pasan fatal, las plagas se ensañan, la gente suda. Todo mal.

Cuando llega la noche, me pongo más en plan Chandler. Se abren las ventanas y todo el mundo ríe, discute, folla, canta cumpleaños feliz o hace fiestas. Y yo me consumo sola en mi apartamento emborrachándome mientras resuelvo un crimen. Bueno, igual, pero sin el crimen.

Naturalmente, lo digo en sentido figurado porque yo también me esfuerzo en hacer todas esas cosas (menos cantar cumpleaños feliz, que siempre hago playback). Sin embargo, aunque me veáis comiendo una paella en un chiringuito de playa, bailando en un festival o tomando el sol en una piscina, por dentro sigo sola en mi apartamento de Los Ángeles bebiendo a morro de una botella de whisky. No sé si me entendéis.

Así que qué mal el verano, ¿no? Pues no.

Porque los extremos se tocan. Y a veces el aislamiento que me provoca el verano es tan grande y tan brutal que llego a ese momento en el que el hastío se convierte en indiferencia perfecta. Y la indiferencia hacia todo y hacia todos, cristaliza en la más gloriosa y atroz sensación de libertad. Y durante un instante surge de mí una onda expansiva que interfiere las frecuencias, y destruye toda forma de vida. El instante en el que nado sola en medio del mar, o miro el cielo desde la piscina, o cierro los ojos sobre la toalla, o miro el temblar del aire caliente. El instante en el que soy la única persona en todo el universo.

Un nanosegundo después volvéis a estar vivos. Pero yo ya estoy mucho más feliz sentada en mi porche. Y puedo sonreír al veros pasear al otro lado de la verja.

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