La pantera rosa

Publicado en egoismo.com el 22 de Abril de 2008

10772722.jpgHoy he venido aquí a hablar de la pantera rosa, pero antes, quería tranquilizar al maltratado lector, aclarándole que no voy a dedicar tres párrafos a alabar el jazz de Henry Mancini ni a aturdirle con pedantes referencias a guionistas e ilustradores. Principalmente, porque de lo que voy a hablar es del bollo deBimbo.

Tampoco habrá en este post conmovedoras descripciones de recuerdos de mi infancia, porque el lugar que ocupa la pantera rosa en mi memoria se remonta a antesdeayer. Supongo que cuando era niña comía panteras rosas, pero también supongo que bebía agua, y no veo nada de especial en ello, cuando puedo, si quiero, alargar la mano y pegarle un trago ahora mismo a la botella que tengo aquí al lado (de agua, he dicho).

Un error que comete a menudo la gente, no sé por qué (como tantos otros errores que yo NO cometo) es idealizar cosas de la infancia que se pueden disfrutar a diario. Está bien mitificar momentos, sensaciones y ese tipo de cosas. Pero mitificar objetos que se pueden encontrar hoy en día en cualquier tienda no tiene el menor sentido. La plastilina esa, por ejemplo, cómo molaba la plastilina esa blandita, se dice a sí mismo un conductor de la EMT, con mirada soñadora, mientras hace huelga. Pues resulta, conductor de la EMT, que el play doh se sigue fabricando y que ahora tiene unos juegos mucho mejores que los que había cuando éramos niños. Y no hace falta tener hijos o sobrinos para saberlo. Uno se puede pasear por la planta de juguetes del Corte Inglés como el que se da un paseo por el retiro. Así, de gratis. Y sorprenderse con los estudios de tatuajes de juguete y demás novedades. Si tanto te gusta el play doh, puedes incluso oler a play doh cuando quieras. La curiosidad no es una facultad que desaparezca a los 13 años. O no debería serlo.

Hubo una época en la que desayuné, practicamente a diario, la explosiva combinación de pantera rosa, triskys y una coca cola. Algunos de mis compañeros de trabajo, superada la impresión inicial, me miraban con envidia y decían “pantera rosa! qué mítica!”. Qué no! Que no es mítica! Que la venden en el chino. Baja y date el gusto, cómprate una. No se te va a desintegrar el tracto intestinal por comer un día una cosa que no quisieras que comieran tus hijos. De hecho, no tienen por qué enterarse.

Y luego, en el extremo contrario, está la gente enganchada a la pantera rosa. He conocido muchos casos en mi vida. La pantera rosa es un bollo que a veces, no siempre, aparece en las máquinas de comida de las empresas y esas máquinas son caldo de cultivo de las peores adicciones. Una vez, un tipo con el que trabajaba se me acercó en una fiesta y me dijo “siempre me acuerdo de tus palabras porque fueron uno de los mejores consejos que me han dado nunca en el trabajo -bueno, a lo mejor estoy exagerando un poco, pero yo lo recuerdo así-, cuánta razón: la segunda pantera rosa es siempre un error”. Y lo es, amigos, lo es. Si la pantera rosa vienen en un pack de dos, o si la tenéis muy a mano en una máquina de comida, resistiros, no comáis la segunda. El estómago la rechaza en un 90% de los casos. 

Alguien podría pensar, por lo que he dicho antes de mi desayuno diario, que yo misma he estado enganchada a las panteras rosas. Estaba enganchada a las panteras rosas? A los tryskis? A la cocacola? Dios santo, a la autodestrucción? Es posible. Me comía siempre las dos.

Hace mucho ya que dejé de autodestruirme, pero el otro día resolví con éxito dos trámites consecutivos en hacienda y en la seguridad social y cuando salí sólo había una cosa en el mundo con la que podía celebrar mi triunfo: una estupenda y deliciosa pantera rosa. Y no la encontré! Tuve que esperar a por la tarde para tenerla por fin en las manos y admirar su envoltorio, tan blanco y rosa como siempre, y con ese detallazo que se marcan al recordarte que el bollo tiene un 21% de leche. HAY QUE TENER VALOR. Pero así es el espíritu de la pantera rosa. Sarcástico al máximo.

Respecto a su composición, aspecto y sabor, qué puedo deciros que ya no sepáis. No me importa que el chocolate rosa del que va recubierto no sea chocolate. No quiero saber de qué está hecho. El hombre necesita misterios, necesita desarrollar de alguna manera el pensamiento mágico, esa lógica absurda que nos acompaña desde la prehistoria y que no se irá nunca, un tipo de pensamiento que encuentra un violento e irresistible estímulo en el extraño e inescrutable mundo de la alimentación industrial.

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