La primera vez que me bajé en Estrella

Publicado en Memorama (SModa) el 29 de Octubre de 2011

Cuando llegas a vivir a Madrid, el metro se convierte automáticamente en tu mejor amigo. Es una especie de “Madrid for dummies”, en el que puedes moverte de un sitio a otro, con tanto riesgo de perderte como en el patio de una guardería.

Luego, poco a poco, tu mapa mental se amplía conectando las pequeñas islas en torno a las paradas de metro por las que has salido alguna vez. De la mano de algún amigo madrileño, paseas y te estalla la cabeza al descubrir conexiones insospechadas de un barrio a otro, mientras tu amigo te va diciendo“ah, por aquí cerca estaba mi colegio, aquí nos veníamos a hacer peyas y a esnifar pegamento, jaja, me acuerdo del día que nos tomamos un tripi antes de entrar a clase…”. Típicas historias de amigos madrileños. Mientras tanto, tú, aunque vengas del rincón más sórdido de la España profunda, te preguntas horrorizado cómo es posible ser niño o adolescente en Madrid y sobrevivir sin secuelas.

Muchos años después Madrid ya es tu ciudad y la mayoría de tus amigos madrileños vive en otros países porque odian Madrid, pero aman Madrid, pero odian Madrid, pero aman Madrid, pero odian Madrid y desde luego lo que está claro es que no concebirían vivir nunca en una “provincia”; las “provincias” son para el verano.

Madrid sin ellos es mucho peor, porque los madrileños, si tienen algo en común, es la generosidad con la que te invitan a disfrutar y a hacer tuya su ciudad, pero al menos te mueves ya por las calles con la misma facilidad que cuando llegaste lo hacías en metro.

Y sin embargo, es sólo una ilusión porque Madrid no son los cuatro o cinco barrios del centro que conoces bien, Madrid es enorme. Y aún dentro del área que controlas sigues teniendo puntos oscuros, estaciones que, por no haber usado nunca, no has conectado en tu mapa mental.

Hoy he decidido ir hasta Estrella, que junto a Puerta del Ángel o Cruz del Rayo es uno de esos nombres que te llama la atención cuando miras por primera vez el mapa de metro. A pesar de estar ridículamente cerca del Retiro, pertenece a esa zona “al otro lado de la M30” que mi cerebro empieza a pixelar.

Mi paseo matutino ha comenzado allí y aunque lo estuviera viendo claro en el mapa, no lograba asimilar que esas calles desconocidas estuvieran tan cerca de un lugar tan familiar.

Ay, Madrid…

Al cruzar el puente de la M30 se me ha encogido un poco el corazón: cuántos atascos atrapada en taxis, cuántos atardeceres reverberando sobre el asfalto, cuántas reentradas postvacacionales a la ciudad…

He seguido el rumbo de la Estrella Polar, he cruzado Doctor Esquerdo y de repente, allí estaba: la cara oculta del Retiro y La Puerta del Niño Jesús, una entrada al parque que jamás había utilizado. He paseado un rato por los senderos, sin cruzarme con nadie, con una sensación fantástica que no tenía desde hace trece años: la de estar estrenando ciudad.

Lo que mejor recordaré: Lo agradable del paseo en una mañana perfecta de otoño y los boquerones que me he tomado tranquilamente en una terraza del Retiro.

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