Lagrimitas toca fatal la guitarra

Publicado en Unfollow Magazine el

Rodilla no es exactamente una cadena de restaurantes de comida rápida, es en realidad un lugar de peregrinación mental, una especie de cementerio de elefantas urbanas, delgadas, de 15 a 45 años de edad, que acuden allí a dejarse morir anímicamente. Utilizaré una tercera persona algo cobarde y diré que se sientan solas –ellas– y rumian su melancolía mientras mastican con desgana un menú más caro y menos saciante que cualquier otro tipo de comida rápida. Una comida que no es la del atiborramiento autodestructivo de la obesa o la bulímica, sino una alimentación compuesta por sandwichitos blancos, lagrimitas contenidas y un mensaje en la bandeja: “Esto es lo que mereces, ni más ni menos que esto. Y además lo vas a pagar caro”. Porque lo de sano no lo acabo de ver.

Dicho esto, he de aclarar que amo Rodilla con toda mi alma. Es mi cadena de restaurantes favorita de Madrid. Nunca se me ocurriría arrastrar allí a alguien a quien apreciara, desde luego, pero cuando estoy sola me encanta ir, como una elefanta más (qué sorpresa se habrá llevado el lector…). En determinados establecimientos de Rodilla hay una mayoría de personas comiendo solas, tan animadas como muebles de dormitorio, y una puede sentarse y plantar allí su tristeza sin sentirse intimidada. Y cuando se está alegre, oh, cuando se está alegre esa felicidad resplandece y se revaloriza, como un puñado de dólares en una aldea de la India.
El último día que fui a uno de mis Rodillas de confianza, nada más entrar a la zona del comedor, con mi bandeja entre las manos, pasé junto a una mesa ocupada por dos jovencitas, una de las cuales lloriqueaba compungidamente sobre sus sándwiches. Pues nada de extrañar. No te vas a ir a llorar al Foster Hollywood.

Me senté en el extremo opuesto de la sala, detrás de otra chica que comía sola, y fue entonces cuando comprobé con horror que no podía evitar escuchar la conversación de las veinteañeras. Normalmente, en ese Rodilla nadie habla. Nadie osa. Miré a mi alrededor por si los otros muebles de dormitorio se sentían tan contrariados como yo, pero solo había un hombre, en una esquina lejana, que parecía acústicamente a salvo, y la chica sentada delante de mí llevaba unos auriculares. ¡Valiente traidora!

Miré a las adolescentes con odio, pero al observar sus ropas oscuras de algodón gastado, sus botas militares y las mechas de un rosa descolorido que lucía la que no lloraba, se me pasó al instante. Tengo la teoría de que es la moda la que preserva la especie. Creo firmemente que la única razón por la que la generación adulta y en una situación de relativa ventaja, como es la de los treinta y tantos, no extermina a una generación tan idiota y tan amenazante como la de los post-adolescentes es porque, gracias al giro cíclico de la moda, estos visten como nosotros a su edad y esto nos enternece.

Pelirrosa consolaba a Lagrimitas. Una guitarra en su funda apoyada en la pared aguantaba como yo el diálogo.

“¿Que lo has hecho mal, que te has equivocado? Bueno y qué.”. Lagrimitas contestaba tan débilmente que no podía oírla. Resoplé con fastidio. Ya que estaba obligada a escuchar una conversación ajena, al menos me hubiera gustado enterarme de las dos partes. Pelirrosa seguía:

“Pero vamos a ver, que no es el fin del mundo, que sólo tienes que practicar más para la próxima vez”.

Me quedó claro que Lagrimitas había actuado en algún sitio, con su guitarra, y había hecho un poco el ridículo. Lo de “un poco” lo añado yo, por el cariño que en aquel rato le cogí a Lagrimitas, no porque Pelirrosa lo diera a entender, desde luego. Ella le decía que llevaba muy pocos meses tocando la guitarra, que lo que debía hacer ahora es practicar una y otra vez, ya sin ningún miedo, hasta hacerlo mejor. Le decía que nadie empieza sabiendo y que no hay que darlo todo por perdido por fallar una vez. La argumentación de Pelirrosa me pareció muy sólida hasta que en algún momento de énfasis desaforado mencionó a Mozart. Pero hay que entender que Lagrimitas había entrado en un bucle de congoja muda y Pelirrosa se encontraba sola en un monólogo sin dirección, fácil de descarrilar. No era tampoco envidiable su papel, un viernes por la tarde, en un triste Rodilla, luchando sola contra la devastación de un fracaso, únicamente armada de sus mechas rosas.

Me sorprendió mucho y bien que Pelirrosa no le quitara importancia al ridículo de Lagrimitas, que no le dijera “Si no ha sido para tanto, si el lunes seguro que nadie se acuerda…”. Me gustó enormemente cuando dijo “A alguien le tiene que tocar ser el peor en algo. Es una mierda, pero bueno, esfuérzate y la próxima vez que no te toque otra vez a ti”. La honró mucho, como amiga, la imposibilidad de deducir en el tono del discurso, en una palabra dejada aquí o puesta allá, si realmente creía que la otra tenía alguna posibilidad de mejorar con la guitarra o la consolaba sólo porque le tocaba hacerlo. Tanto Pelirrosa como yo –y espero que Lagrimitas se estuviera quedando con la copla– teníamos muy claro que aquella conversación no tenía nada que ver con tocar la guitarra.

Nada me parece más ficticio a mí que la estructura narrativa de una historia de superación. No creo que por haber fallado de una manera tan dolorosa, Lagrimitas ensaye con renovado ímpetu y se convierta en una gran guitarrista. Podría ocurrir, pero no es la consecuencia triunfal que todo el mundo espera ante un fracaso así. Se cuenta siempre ese tipo de historia inspiradora, como le tocó hacerlo a su amiga, pero no se tiene en cuenta la verdad estadística: que son más los que no vuelven a intentarlo por miedo a soportar la frustración y el dolor, los que abandonan un propósito por otro más novedoso, o los que siguen practicando con todo el esfuerzo del que son capaces, pero no pasan de ser malos o como mucho mediocres. No sé cuál será el caso de Lagrimitas, pero gracias a su amiga yo me di cuenta de que en realidad no tiene la mayor importancia. Es difícil verlo cuando uno es el que llora o el que consuela, es poco frecuente observarlo así, con la claridad meridiana que me dio a mí esa perspectiva insólita en la mesa de un Rodilla. Comprobar objetivamente que se puede ser el peor en algo, que se puede fracasar, que se puede ser mediocre sin que ello deba implicar un gran sufrimiento. No es más que una trampa mental porque el sentimiento de triunfo tampoco dura, y todo estará bien y seremos muy afortunados si contamos con alguien que dedique una tarde de viernes a consolarnos, y con la libertad y la confianza de poder llorar un poco.

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