Las geografías imaginarias

Ahora que la realidad virtual está tan de moda, hablemos sobre leer, que es una experiencia inmersiva que tenemos más a mano. Pero no hablemos de ello como si fuéramos una campaña de fomento de la lectura (leer no siempre es bueno y maravilloso como dicen; a veces un libro te arrastra al infierno, o te hace perder el tiempo de tal manera que quieres abofetear al escritor). No hablemos tampoco de leer como si estuviéramos en Tumblr y dijéramos “Si no tiene libros en su casa, no te lo tires”. Creo que todo ese rollo “cool nerd” no le ha hecho ningún bien ni a lo cool ni a lo nerd.
Dirijámonos sin más preámbulos a lo que viene ser el turrón: el acto de leer. ¿Qué pasa exactamente en tu cabeza o en la mía cuando leemos?

 

Aunque desde luego no alucinamos, como los esquizofrénicos, algo de esto hay. Los ojos tienen que ver en el proceso, claro está, pero lo interesante es lo que hace el cerebro con esta información. Tampoco es que nadie lo tenga muy claro a estas alturas. Quizá es porque la experiencia varía mucho de una persona a otra.

Últimamente, después de terminar una novela, pruebo a hacer lo siguiente: cierro los ojos y visualizo los escenarios de la historia. Es difícil. No tanto como recordar un sueño, pero sí más que visualizar la casa en la que pasábamos los veranos de pequeños. Uno recorre las habitaciones que ha imaginado y hay puertas y pasillos que no dan a ningún sitio, o estancias inconexas entre sí. De manera inconsciente, he situado las escenas que iba leyendo en versiones ampliadas o ligeramente modificadas de casas en las que he vivido o estado alguna vez. Pero lo más alucinante es cuando puedo visualizar los espacios de manera detallada y mi memoria no los reconoce. Ok, ¿qué está pasando aquí? ¿He creado yo este salón de la nada? ¿He puesto este suelo de madera y estas cortinas? ¿La luz que entra por la ventana es mía?

Me aburren y me distraen las descripciones muy detalladas de espacios y personas. Tienen sentido sólo si transmiten alguna impresión del personaje que observa o si el punto de vista del narrador es el de alguien que se fija en todos los detalles. Por ejemplo, Phillip Marlowe, en las novelas de Raymond Chandler hace un barrido visual de todas las habitaciones en las que entra, según pone un pie en ellas. Pero en general, ningún buen escritor va a interrumpir el ritmo la acción para explicarte exactamente cómo es el lugar en el que se desarrolla. A no ser que quiera impresionarte con la suntuosidad de un palacio o angustiarte metiéndote en un cuchitril infecto, se limitará a darte unas cuantas indicaciones sobre la marcha, para que te sitúes, y tu cerebro tendrá que hacer lo demás.

Y aquí vienen las discrepancias. El otro día leí a una escritora contando que aprendió a leer en diagonal cuando era pequeña. Daba por hecho, además, que todos los niños nos saltábamos las descripciones, y en general los adjetivos, en las novelas de Enid Blyton. ¡Los adjetivos! Me explotó la cabeza. Jamás hubiera osado a saltarme una palabra, y eran precisamente esas descripciones breves de uniformes colegiales y dormitorios comunes lo que más me fascinaba. Otra amiga muy lectora me ha contado varias veces que carece de visión espacial y es ciega a ese tipo de descripciones que tratan de explicarte la distribución de una casa, por ejemplo. Yo soy pésima para eso también, pero sí lo imagino, sin ni siquiera pretenderlo. No le hago mucho caso a lo que me dice el escritor, voy más por libre. En mi mente las casas se construyen y se llenan de muebles algo borrosos.

Pero no me saques más allá de la verja del jardín. Sé lo que es una colina, pero no es una palabra que haya usado jamás, así que a a la velocidad que voy leyendo, no tengo tiempo ni ganas de visualizarla. Lo siento, Tolkien. De verdad que lo he intentado, pero creo que no hablo sólo por mí si te digo que los planos aéreos de Nueva Zelanda han hecho mucho por tus libros.

Y luego hay personas como mi amiga, la Bella B. Hace unos siete millones de años le pedí que hiciera un beta-testing de En el corazón del sueño. Me dijo: “He encontrado varios errores. Al principio dices que la protagonista vive en un noveno”. Es verdad, esto se menciona en las primeras páginas. De alguna manera tengo que forzar al personaje a que se meta en un ascensor con una vecina a la que no le apetece ver, así que digo que están en un noveno y que bajar por las escaleras no sería muy lógico. El dato no tiene mayor relevancia en la historia, pero hacia el final de la novela, es decir, cientos de páginas después, hay una escena de tensión en el salón de la protagonista, de noche, a oscuras, y describo cómo la luz de los faros de un coche que pasa por la calle, se desliza en una franja luminosa por el techo. Mi amiga dijo: “Si vive en un noveno, la luz de un coche no puede llegar hasta esa altura”.

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Tengo que aclarar que mi amiga trabaja creando efectos, y sabe mucho de luces, explosiones y fluidos, pero que, hacia el final de la novela, recordara aún un dato irrelevante que se mencionaba de pasada, me dejó sin palabras. Es decir, ella visualizó una vez el piso de la protagonista en un noveno, y cada vez que yo lo volvía a narrar, ella seguía imaginándolo a la misma altura. ¿Cuántos datos es capaz de almacenar en su cerebro y retenerlos, digamos en la RAM, mientras el resto de la historia se desarrolla? ¿Con qué detalle y precisión visualizará ella los espacios que imagina? ¿Cómo podría yo raptar mi amiga, extirparle el cerebro y cambiarlo por el mío, sin dejar de ser yo? Eso quizá sea lo más difícil de contestar.

En mi nueva novela, un pasillo difuso conecta la casa en la que vivía antes y mi casa actual, aunque se trata sólo de la distribución: las habitaciones tienen su propio carácter. Pero no la describo mucho porque no tiene relevancia y no quiero entorpecer la imaginación del lector. Seguro que cada uno imagina un espacio distinto, esbozado con cuatro trazos, o detallado e iluminado de una forma congruente. O bien, hace flotar a los personajes en una malla 3D porque sólo se lee los diálogos. Esta capacidad tan variable para visualizar espacios y geografías imaginarias me fascina tanto que no entiendo por qué no hablamos más de ello.

Si te ha gustado leerme y tienes una memoria tan frágil como la mía, puedes recordar que existo siguiéndome en Twitter, Facebook o Instagram.

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