Lo lejano

Escuchamos el saludo tímido de un clarinete al otro lado de la calle. Se detuvo enseguida porque la banda estaba solo afinando, antes de ponerse a tocar, pero sonó ansioso, con la urgencia de algo que se escucha una vez y solo una, algo que no puede esperarte para ocurrir. Así que cambiamos rápidamente de acera y acabamos asistiendo al concierto y bebiendo cócteles y felicitándonos mutuamente por haber tenido tanta suerte. Pero ninguna de las canciones que tocaron me encogió el corazón como ese sonido primero que irrumpió en nuestro paseo y nos atrajo como un imán.

Ocurrió exactamente lo mismo con la voz de la mujer que se derramaba por la calle, luminosa, polvorienta y vacía. Llegaba a ráfagas como la brisa y se iba chocando contra las paredes blancas, las puertas cerradas. Costaba oírla, porque la calle entera dormía la siesta, y el calor y el sueño eran como un líquido espeso, por el que la voz tenía que abrirse paso, llegando a nuestros oídos deformada. Pero qué bonita parecía flotando como una cometa loca, hasta que fue concretándose, tomando cuerpo. Y empezamos a oír también un acordeón, la letra manida, el micrófono, gente sentada en una terraza.

Me parecía decepcionante también a veces, cuando salía al patio y mi abuela, sorprendida por mi presencia, dejaba de cantar mientras lavaba la ropa. Y si no lo hacía, ya no parecía que murmurara esa letra mágica que sólo se escucha a través de las puertas cerradas. Como la que canta en la ducha un amante ocasional, o el que toca un instrumento a escondidas, porque se avergüenza de hacerlo en público. Son misteriosas siempre las sirenas (¿qué estará pasando? menos mal que yo estoy aquí en casa, a salvo), los teléfonos que no nos llaman a nosotros, alguien que en ese edificio de allí enfrente toca el piano. No suenan mejor ni más tristes los Smiths que cuando resuenan por mi patio y no los he puesto yo, ni me interesa más una pelea ajena que cuando nunca he visto ni veré a sus protagonistas.

Me fascina el sonido destilado de escenas a las que no asisto, que no me pertenecen. Me gusta y me tranquiliza escuchar cómo es la vida sin mí. Será porque solo lo que apenas se muestra de soslayo, lo que existe levemente, conserva la magia y el misterio de lo lejano.

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