Los premios SM de aquella manera

Como parece que lo de mi libro se va a retrasar unos días hasta que el pobre salga de las cajas y suba a las estanterías, voy a entretenerme con una crónica de los Premios SM, que es uno de los eventos anuales más importantes de literatura infantil y juvenil. Pero como los interesados ya podéis leer una gran cantidad de notas oficiales o alguna crónica sensata, yo voy a escribir mi relato frívolo, incompleto, personal y larguísimo, a lo blogger, como esos posts que solía escribir hace años.

Para empezar con lo personal, voy a situar el comienzo horas antes del evento cuando ordené a mi chambelán ocasional (♥) que planchara un poco el vestido que pensaba ponerme porque no me había dado tiempo a hacerlo, ni me daría, ya que tenía apenas media hora para llegar a casa del trabajo, vestirme y salir corriendo hacia Sol.

Llegué aún más tarde de lo previsto y me encontré al chambelán muy contrariado despotricando sobre la calidad del agua de mi casa, la inoperatividad intermitente del enchufe de la cocina y mi maldita plancha. Por lo visto había escupido agua inesperadamente y al secarse se había quedado un cerco en el vestido. Él estaba intentando remediarlo pero la mancha aún se veía un poco. Me preguntó si tenía plan B, le dije que no y a continuación vivimos unos segundos de gran tensión ambiental.

Cuando examiné la mancha de la que hablaba me pareció casi imperceptible y le dije que tenía tanta prisa que me lo pondría tal cual. Entonces se volvió hacia mí con una mueca espanto, disgusto y desaprobación, todo a la vez. En ese momento me di cuenta de que el chambelán había traspasado esa línea en la que un favor ajeno se convierte en una misión personal, un desafío, prácticamente una meta en la vida. El vestido estaría planchado y sin mancha o no estaría.

Ante esta revelación, efectué una retirada estratégica hacia el baño con objeto de maquillarme mientras le dejaba a él con su guerra. Desgraciadamente mi casa es tan pequeña que el chambelán me descubrió: «Idiota, de qué te ríes, que te estoy oyendo desde aquí.»

La mancha por fin desapareció, me puse el vestido y el chambelán resultó  muy complacido con su obra mi aspecto. Sólo mostró de nuevo su desaprobación cuando le dije que iba a ir en metro en lugar de en taxi, pero es que no podía arriesgarme a pillar un atasco.

Una vez en Sol atravesé la auténtica barricada que supone el empedrado bajo los tacones y llegué penosamente a mi destino. Allí localicé rápidamente a Jorge Gómez Soto y Elena Moreno de SM, mi núcleo duro en el evento. Si no eres finalista o ganador, la entrada no admite acompañante, así que conviene tener allí a personas de referencia, tablas firmes en medio de la marea de saludos y conversaciones fugaces. El año anterior ya me había sentado con ellos y Jorge fue compañero de desdicha el año de nuestros finalistas-no-ganadores. Eso une como una guerra.

Nos sentamos alegremente en unos asientos reservados para la casa real y alegremente fuimos invitados a desalojarlos. Cuando por fin comenzó el acto, me propuse atender a los discursos de las autoridades, pero como para esas cosas tengo doce años mentales, en mi cabeza sólo se oía MEABURROMEABURROMEABURRO… y a los pocos minutos me abstraje hasta que la realidad a mi alrededor empezó a tomar una forma parecida a ésta:

Y sin ayuda de drogas.

Pero de repente, la ensoñación fue interrumpida por una frase, verso o delirio del Ministro de Educación, que con un tono digamos… ¿sensual? dijo lo  siguiente:

«Y desnudos al amanecer…»

No me preguntéis de qué estaba hablando, ni a cuento de qué venía esa frase, pero otras muchas cabezas comenzaron a prestar atención también. Fue la versión retórica del «SEXO GRATIS» de los anuncios, como dijo Jorge. En adelante, intenté poner más interés, pero los constantes juegos de palabras con el nombre del premio Barco de Vapor me hacían perder el hilo.

Volví a mis ensoñaciones hasta que llegaron los discursos de los ganadores. Arlet Hinojosa, como todas las ganadoras del premio Jordi Sierra i Fabra que yo he visto sobre un escenario, demostró esa locuacidad y temple que impresiona y al mismo tiempo incomoda ligeramente a toda la audiencia adulta, en plan «¿Qué comen estas nuevas generaciones? ¿Por qué no está nerviosa? ¿Por qué no tartamudea COMO ME PASARÍA A MÍ QUE LE DOBLO LA EDAD?». Después Begoña Oro recibió el Gran Angular y comenzó su discurso con un «Alteza, Autoridades, Mamá…» que se ganó por completo a la audiencia. Arrancó un aplauso espontáneo del público cuando mencionó con una sinceridad poco frecuente lo bien que le iban a venir los cincuenta mil euros del premio para poder ser lo que ella era realmente: una escritora, y a raíz de esto realizó en su discurso un doble salto mortal que nos dejó a todos clavados en el sitio.

No recuerdo sus palabras exactas, pero dijo algo así como que animaba a todos a que fuéramos lo que realmente éramos, salvo aquellos que no podían como la princesa allí presente. Se dirigió directamente a ella y todos contuvimos la respiración. Cualquiera con un mínimo de conocimiento sobre la prensa rosa podía imaginar más de una cosa que la princesa no puede ser: ¿noble de nacimiento? ¿Rania de Jordania? Durante unos segundos que parecieron eternos Begoña Oro tuvo a la audiencia y a la futura Reina de España con un gran interrogante en su cabeza, hasta que por fin dijo que su sacrificio era por amor.

El aplauso vendría más tarde porque aún se extendió un poco sobre ese tema (a mí personalmente me conmovió mucho lo que dijo), pero más o menos estábamos ya todos así:

Después vino Daniel Nesquens con un discurso muy breve, pero gracioso. Para mí, que he sido finalista tres veces, es importante que los ganadores sean simpáticos porque me ayuda a neutralizar la envidia.

Y por fin llegó el cóctel, que es lo mejor del evento como todo el mundo sabe. Nada más empezar me pareció que un grupo de gente estaba enseñando a la princesa las fuentes de chocolate. Ella asentía impresionada. Claro. Probablemente no hubiera visto nunca ninguna (?). Pero más tarde empezó a circular una leyenda urbana en la que la princesa no sabía cómo bañar las frutas en la fuente y había usado las manos y no sé qué más. Yo me reí mucho de la escena y más tarde el destino me castigaría como siempre que me río de los demás. No me pasa ni una.

Me gustó mucho conocer a algunas personas de SM a las que todavía no había puesto cara y saludar a los que ya conocía. Xohana, la editora de «En el corazón del sueño» me dijo que a ella le había gustado el discurso del Ministro de Educación porque al menos fue «diferente» y a mí me cayó todavía mejor (ella, no el Ministro) porque me gusta la gente que va a contracorriente (en un Barco de Vapor).

En algún momento del cóctel me crucé con Puño,  ilustrador de «Tres veces la mujer de gris» y dos cosas os voy a decir sobre Puño:

1) Es un gran ilustrador.

2) Si hay algún pensamiento sucio que estéis intentando bloquear en vuestra mente, no os preocupéis que Puño lo adivinará y lo expresará en voz alta, para que lo oído no pueda ser jamás desoído y esa incómoda certeza os atormente para siempre.

Aunque el encuentro fue breve, como ya imaginaréis, pude volver a tener constancia de lo segundo.

Estuve bastante tiempo charlando y riéndome mucho con los chicos de El templo de las mil puertas: Carlota Echevarría, El cronista de Salem, Nerea Marco y Javier Ruescas (que también estrena libro). Conocí a la ilustradora Paz Rodero a la que estuve explicando cómo ocultar a gente en Facebook sin tener que borrarlos y que ellos se enteren, y a punto estuve de meter la pata cuando fui a hablar de la ganadora del premio Jordi Sierra i Fabra del año pasado, Lorena Moreno, con la ganadora del premio Jordi Sierra i Fabra del año pasado, Lorena Moreno, justo delante de mí. Pero lo que iba a decir era bueno (léase de nuevo este párrafo). Mereció la pena sólo por ver cómo Jorge y Carlota se lanzaban a intervenir para aclararme que me estaba refiriendo a ella. Me parece verlos todavía a cámara lenta gritando mentalmente :_D

Pero llega el drama. En un momento en que me quedé sola aproveché para dirigirme muy ufana hacia la fuente del chocolate blanco. Siendo el cuarto año que voy a los premios, conozco bien el procedimiento: palito nuevo – fruta – baño en la cascada de chocolate, no en la bandeja – boca – tirar palito – coger palito nuevo. En esas estaba cuando me llamó Jorge para presentarme a Laura Gallego García, a la que en realidad ya había conocido hacía tres años en el mismo evento. Jorge me dijo «Anda, límpiate, que pareces la del vídeo» (el link mental lo hice yo, puede que él no fuera tan mal pensado). Esto debió alarmarme, pero me limpié bien con la servilleta y me puse a hablar con Laura, que me dijo que le había gustado mucho mi libro «Misterioso asesinato en Oz». Le dije que gracias y nos pusimos a hablar de otras cosas, como si me alegrara pero tampoco fuera un halago para morirse que ella, siendo quien es, pensara eso de un libro mío, mientras tanto en mi mente pasaban cosas muy distintas.

Fue entonces, cuando en un momento de lucidez providencial se me ocurrió ir al baño. Bajo los fluorescentes el espejo me devolvió una imagen terrorífica: no sé cómo, me había salpicado todo el vestido de chocolate blanco que ya estaba seco, dejando unas manchas muy perturbadoras. Si no pudiera echar a perder mi reputación como escritora de libros para niños diría que tenía el aspecto de haber terminado mi parte en un bukkake. Fueron momentos muy duros. Finalmente me resigné, me limpié con un poco de agua y mientras subía de vuelta al cóctel me fui riendo entre dientes pensando en la cara que pondría el chambelán cuando me reuniera con él a la salida.

En algún momento saludé a Begoña Oro y la felicité por el premio y por ir siempre tan elegante (en ese momento estaba muy sensibilizada con el tema, además). Se me olvidó felicitarla por el discurso, pero espero que este post cumpla esa parte. Probablemente hablé con cientos de personas más pero me falla la memoria y además tengo que confesar que hay algunos individuos con los que hablo año tras año y todavía no sé quiénes son. Pero mi lema es no preguntar nunca, no vayan a pensar que no sabes algo…

Decidí retirarme en el momento que tras mucha observación he identificado como el adecuado. Se trata del instante en el que sabes que de existir una pista de baile en la zona del cóctel, estaría petada. El alcohol ya ha hecho su efecto, la gente está más relajada, se oyen más risas y es todo más divertido. Entonces es el momento de huir, porque prefiero que la gente se quede con una imagen equivocada de mí a que conozca la auténtica.

Antes de irme le di a Jorge mi libro y él me dio el suyo. Es la manera pedante y molona que tenemos los escritores de hacer un high five. Luego me subí a un taxi y me puse a hojear como loca los libros ganadores que me habían regalado a la salida (nos habían enseñado la versión en ipad y me había parecido espectacular). Los dos me parecen una maravilla tanto en edición como ilustración (aún no los he leído), pero cuando vi la cita con la que comienza Pomelo y Limón tuve que hacer un esfuerzo por no emocionarme y acabar haciendo algo de lo que soy muy fan.

Todas las penas pueden soportarse si se meten en una historia o se cuenta una historia acerca de ellas.

Isak Dinesen

Porque esa es precisamente la razón por la que yo escribo.

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