No dejéis de aplaudir

He leído a varias personas quejándose del aplauso de las ocho. Algunos lo odian porque aborrecen a sus vecinos, que quizá hacen imposible la convivencia a otras horas. Muchos consideran hipócritas esos vítores a la sanidad pública cuando vienen en gran parte de quienes votan a partidos que han recortado y privatizado sus recursos. También he visto advertencias de que puede provocar ansiedad a los que ya tienen los nervios a flor de piel.

 

No discuto ninguna de esas razones pero quiero contaros cómo se vive desde mi casa. Resido en Madrid, en un piso alto de una zona especialmente hostil del centro. A mis pies, una plaza plagada de franquicias multinacionales está desierta. El bramido constante del tráfico ha desaparecido casi por completo. Se escucha el canto de los pájaros y da la impresión de estar en una de esas películas postapocalípticas donde la naturaleza está reconquistando la ciudad. Desde mi ventana veo decenas de terrazas pero muy poca gente. Es esta zona sembrada de oficinas y pisos turísticos, el barrio parece una cáscara vacía. Hay más vecinos en el edificio pero nunca los oímos. Compartimos el tabique de nuestro salón con un Airbnb.

 

No llevo mal estar confinada en casa. No estoy sola y además soy freelance. Quizá dentro de dos semanas empiece a notar que hace tiempo que no salgo. Es solo a las ocho de la tarde cuando mi novio y yo comprendemos cuánto necesitamos escuchar a otros, no solo a través de una pantalla. Desde la primera noche lo vivimos igual. No vemos a nadie en los balcones del edificio al otro lado de la calle. La distancia es enorme y todo está apagado. Es inevitable pensar «esto no es un barrio. No hay vida aquí». Pero de repente llega. Empieza como un rumor leve y va subiendo de volumen: aplausos y voces en muchas más calles de las que alcanzamos a ver. Nuestra ventana está tan alta que lo escuchamos todo. Suena como un millar de personas. Como un estadio. Y este calor humano surge literalmente de la oscuridad. Es así de mágico. Tras los primeros segundos, en las fachadas de enfrente empiezan a iluminarse ventanas. Cuadritos brillantes en la distancia que se suman uno tras otro. Una perfecta metáfora de la esperanza.

 

Mi novio y yo sacamos las manos por la ventana y aplaudimos con todas nuestras fuerzas, aunque seamos solo unas hormiguitas en la mole de nuestro edificio silencioso. Por los sanitarios. Por los enfermos. Porque formamos parte de algo mucho más grande que nosotros. La otra noche vi a una de esa siluetas distantes mirar hacia arriba y señalarnos. Mi novio y yo nos emocionamos. Dos náufragos al fin descubiertos.

 

A los que odiáis el aplauso os recomiendo unos auriculares y vuestra canción favorita. Es un buen ritual que practicar a diario. Y a los demás os pido que no dejéis de aplaudir. Ni cuando las cifras nos aplasten el ánimo ni cuando la incertidumbre por nuestro futuro se nos coma. Hasta en los momentos más oscuros los trabajadores de los hospitales seguirán ahí. Y nosotros también. Todos estamos juntos en esto.

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