No le cuentes nunca nada a nadie

En honor a la verdad he de decir que tal vez esta entrada se parezca un poco a la penúltima. En honor a la verdad he de decir también que no me preocupa en lo más mínimo, porque no he venido aquí a entreteneros. De hecho, ni siquiera debería hablar con vosotros, porque este texto va de eso, de no contarle nada a nadie. Pero quedamos en que yo escribiría aquí todas las semanas y vosotros me querríais. Y un trato es un trato.

Cuando a los trece me leí “El guardián entre el centeno”, libro que sería mi favorito durante muchos años, llegué a esa famosa cita: “No cuenten nunca nada a nadie, si lo hacen empezarán a echar de menos a todo el mundo”. Y contesté: “Pero qué dices, Holden, cuéntamelo todo a mí, yo puedo entender todo lo que tengas que contarme. Y si no me hubieras contado todo esto, ahora no me sentiría tan reconfortada y acompañada por tu historia”. Pero una vez que lees el resto de la escasa obra publicada de Salinger, entiendes que esas palabras pertenecen quizá más al escritor que al personaje y que desde luego Salinger no es Holden Caulfield. Concretamente, cuando lees “Franny y Zooey”, te das cuenta de que Salinger era un tío inteligente, interesante pero muy raro y muy jodido y posiblemente (y esto no me hizo falta constatarlo en su biografía) muy nocivo para todos los que le rodeaban. Así que bien por ti, Salinger, por haber mantenido tu hermetismo y no haberle dado una falsa imagen al mundo.

Años más tarde descubrí un libro que desbancó del ranking al anterior, tal vez porque era muy similar. Aunque en “La campana de cristal” de Sylvia Plath, Esther Greenwood  llega a la conclusión contraria o al menos se esfuerza en ello. El título hace referencia a la incapacidad de la protagonista por relacionarse o encajar en su entorno. Si nunca te has sentido así, rodeado de gente pero al mismo tiempo totalmente aislado, es posible que este problema pueda parecerte una gran gilipollez. Por desgracia, es más probable que una monja carmelita sienta empatía hacia tu afección de sífilis que que tu mejor amigo pueda comprender el infierno mental en el que estás atrapado. Puedes obtener apoyo y cariño desde el exterior pero no entendimiento, a no ser que des con alguien que haya pasado por lo mismo. Porque lo peor del síndrome “campana de cristal” es que desde fuera es absolutamente transparente e invisible, así que la mayoría de la gente te observa como diciendo “pero qué coño te pasa, por qué sufres, cuál es tu problema” y cuanto más tratas inútilmente de explicarlo más imbécil y más infeliz te sientes.

Conozco bastante bien la biografía de Sylvia Plath y está claro que con Esther Greenwood se narró a sí misma de tal forma que hay partes que apenas son distinguibles de sus diarios. Se expuso tanto en su poesía, hay tanto de ella en poemas como Lady Lazarus o Ariel que no es de extrañar que acabara metiendo la cabeza en el horno. Porque narrarse a sí mismo, constantemente tiene un peligro atroz. Cada vez que nos narramos, que contamos algo a alguien y no sólo públicamente, estamos recreándonos a nosotros mismos. Y cada vez que alguien escucha el relato, a poco que seamos empáticos o permeables emocionalmente, esa visión de los otros que no es exacta a la nuestra nos va erosionando y acaba por cambiarnos. O sucede algo peor, que nosotros mismos no nos sentimos a la altura del personaje que hemos narrado y entonces la sensación de fraude, de soledad (porque creemos que nadie nos conoce) es tan intensa que la realidad se rompe con una facilidad inesperada e indignante, cual pantalla de iphone.

Tal vez suene muy abstracto explicado así, pero todo el mundo conocemos o incluso encarnamos a la típica persona que de tanto quejarse o insistir en su desgracia acaba por ser considerada un coñazo, o a la persona que miente por sistema, la que se comporta de una forma distinta según con quién esté, o la que lo cuenta siempre todo en una necesidad compulsiva de aprobación. La mayoría de las veces no hay una intención consciente en ello, pero todas esas personas son víctimas de su propia narración, esclavos de lo que cuentan.

Supongo que entre convertirse en un enigma andante o acabar con la cabeza en el horno, hay un punto intermedio, pero no soy yo, la que viene aquí a escribir a cambio de que la quieran, la más indicada para dar consejos sobre este tema.

Lo que sí propongo es un ejercicio. La próxima vez que estéis con vuestro grupo de amistades, tomando unas cañas o apaleando a un mendigo, contestad a estas preguntas mentalmente (es importante que sea mentalmente): ¿Creéis que alguno de ellos os conoce de verdad? ¿Tenéis secretos distintos con cada uno de ellos? ¿Hay alguno que los sepa todos? Si os murierais en ese mismo instante ¿quién tiene la imagen de vosotros que os gustaría que perdurase? ¿Porque es la más cercana a la realidad o la más halagadora?

La respuesta a esas preguntas puede daros una idea de cuál es vuestra actitud narrativa. Yo lo he hecho, y me ha salido todo mal. ¿Pero veis? No tenía que habéroslo contado.

 

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