Nochebuena en boatiné

Publicado en egoismo.com el 26 de Diciembre de 2007

La otra tarde, veía una película de Hitchcock con mi abuela y mi hermana, cuando una inesperada señora asomó su cabeza por la esquina de una oscura ventana, en un ángulo exacto de 45º, y golpeó el cristal con un afilado índice. Paré la película y abrí la puerta. La inesperada señora entró. Tenía el pelo cano, ligeramente celeste, y vestía una espléndida bata de boatiné del mismo color. De hecho, el color de la bata era tan claro que me incomodaba un poco. No hubiera habido problema si hubiera sido una bata burdeos, por ejemplo, pero aquel color tan níveo, me hacía pensar en que la mujer iba algo desnuda, a pesar de la indiscutible consistencia del boatiné. Sobre ella, llevaba una manta de cuadros, una de esas mantas de viaje con flecos en los extremos, dispuesta como un chal.

-Sácale una silla -ordenó mi abuela, haciendo que me sintiera una completa maleducada.

Pero la mujer no quiso. Dijo que se iba enseguida porque estaba esperando unas llamadas. En realidad dijo algo como “voy a recibir unas llamadas” y la estructura de la frase sonó tan torpe, tan artificial, que tanto mi abuela, como yo y como la mujer supimos que probablemente el teléfono sonaría sólo una vez o ninguna y que en cualquier caso su timbre resonaría tristemente, en la fría y oscura soledad de su casa.

Comencé a odiar a la mujer. Había dicho que no quería sentarse pero llevaba ya un rato allí parada, haciéndome sentir mal por no haber sacado una silla para ella y comentando muy animada los puntos fuertes del catarro de mi abuela. Estaba fascinada. Se notaba que apreciaba de verdad la calidad de la tos profunda y recordaba la última vez que la había visto enferma.

-Tú cuando lo coges, lo coges bien, eh -dijo, sin poder disimular su admiración.

¿Cuándo se iría aquella mujer? ¿No se daba cuenta de que no teníamos ganas de hablar con ella? La película que estábamos viendo era “La cortina rasgada”, y ya resulta algo tediosa, con esa insufrible interpretación de Julie Andrews, para encima soportar aquella tercera interrupción de la tarde. Con todo ese asunto de la Nochebuena, la gente se estaba poniendo muy pesada.

Lejos de achantarse ante la hostilidad de nuestro silencio, la mujer parecía lanzada. Comenzó a relatarle a mi abuela lo que había oído en boca de una tercera persona, a la que no conozco ni nunca conoceré.

-Me ha dicho que estaba en casa de su hermana, pero que ya se iba para su casa con su marido porque esta noche tenían costumbre de juntarse toda la familia…

Aún no había añadido las reveladoras frases de “yo le seguí la corriente”“confunde a su hija con su hermana” o “luego se pone violenta”, cuando yo ya me había dado cuenta de que la mujer de la que hablaba no tenía otra casa y su marido estaría muerto muy probablemente.

-Así que ya ve usted como está el corral -concluyó la mujer.

Reconozco que esa frase me hizo gracia, pero me pareció ridículo que le contara todo eso a mi abuela, de 87 años, conocedora de todos los horribles corrales de la vida.

La mujer puso una mano en el picaporte de la puerta y en mi corazón se encendió la luz de la esperanza. Por fin se iba. Sin embargo, mientras ella y mi abuela cruzaban las convencionales frases de despedida entre vecinas, la mujer soltó:

-A ver si pasan, sí, las Navidades, a ver si se pasan ya…
-Y que vivamos para las siguientes -dijo mi abuela, que no pierde ocasión de tratar su tema de depresión favorito.
-No -contestó la mujer-. No me gustan nada. Nunca me han gustado pero estas dos últimas… -y entonces mostró auténtico disgusto en su cara. Un disgusto profundo y sincero hacia la Navidad. Temí incluso que se echara a llorar. Eso sin duda retrasaría su marcha.
-Hay que pasarlas -dijo mi abuela, en un tono que hacía evidente que la Navidad había dejado de estar en su lista de temas por los que deprimirse hacía mucho tiempo.

La mujer asintió y mientras su bata de boatiné desaparecía en la oscuridad de la calle y la puerta se cerraba, tuve la absoluta convicción de que ella y yo estábamos en la misma onda.

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