Modelo vital Pippi Långstrump

Hace unos días salí de casa con intención de tomarme algo en una terraza sentada un ratito al sol. No había sol, así que inconscientemente hice algo muy almeriense que es pasear esperando a que apareciese, porque en Almería, si es que no es de noche, sólo necesitas salir de la calle en sombra o ­–si se diera el extraño caso de que está débilmente nublado– encontrar un hueco entre las nubes por donde se cuelen algunos rayos.

Cuando me di cuenta de que seguir deambulando era inútil, a pesar del frío polar decidí sentarme bajo un cielo ceniciento, en una de las cuatro mesas tristes abandonadas a su suerte frente a un bar en la plaza de Olavide.

Me acordé entonces de ese capítulo de la serie de Pippi Långstrump en la que Annika y Tommy salían a pasear bajo un diluvio, se encontraban a Pippi regando su jardín con una regadera y le preguntaban por qué hacía una cosa tan absurda. Ella les decía que simplemente ya había planeado que ese día regaría las plantas y que no iba a dejar de hacerlo porque estuviera lloviendo.

Pippi Långstrump es un personaje que marcó en cierta manera mi infancia y esa escena es probablemente la que más he recordado a lo largo de mi vida adulta.

Uno podría creer que lo que transmite la imagen es lo cabezota o lo excéntrica que es Pippi, pero lo que produjo un impacto nuclear en mi mentalidad infantil –porque regar algo mientras llueve tampoco es tan extraño para un niño– no fue en absoluto nada de eso. Lo que me sorprendió es que Pippi hubiera planeado regar las plantas.

Cuando eres niño, lo más normal es que tu vida sea como la de Tommy y Annika. Desde que te levantas por la mañana tu rutina está regida por lo que los adultos han dispuesto para ti o por la improvisación de los ratos de juego. A menudo Pippi parecía una niña que se guiaba también por los impulsos o que hacía lo que le apetecía en cada momento, pero en este caso Pippi decía que había planeado regar esa mañana, así que eso signficaba que en algún momento Pippi había decidido que regaría, había estado reflexionando sobre el tema y había dispuesto ella sola de su agenda. Pippi tenía una vida privada atareadísima y solitaria, y no deambulaba siempre por ahí a la espera de encontrarse con alguien como hacían Annika y Tommy. Esto no significaba que a veces no se aburriera de estar sola, o se sintiera triste o incomprendida, ni significaba que no necesitara amigos. Pero cuando Annika y Tommy aparecían Pippi siempre estaba haciendo algo.

De pequeña me daba mucha rabia que la gente no viera en Pippi más que sus trenzas pelirrojas y su aspecto excéntrico de niña salvaje ­–que a mí me repelía más que otra cosa– o que encarnara un el ejemplo de rebeldía infantil. Recuerdo que una vez una amiga de mi madre, que me caía bien, dijo que no le gustaba nada la serie, porque le parecía un malísimo ejemplo para los niños. Yo, que era la niña más obediente y buena del mundo, y jamás hacía nada por lo que pudieran llamarme la atención, la miré pensando “Joder, no tienes ni puta idea de nada”. Me dolió de verdad, porque Pippi en realidad era bastante responsable. Cuidaba muy bien de sus animales, limpiaba su casa, guardaba su tesoro, pagaba sus vicios, se defendía de los ladrones y encima encontraba tiempo para jugar un poco y enseñar cosas interesantes a esa pareja de hermanos idiotas, intelectualmente muy inferiores a ella, a los que por desgracia se veía reducida su esfera social.

Me daba mucha rabia cuando Pippi se colgaba de las lámparas o hacía el tipo de cosas que escandalizaban a la señora del sombrero. No porque me pareciera mal, porque aquello era un pueblo de paletos y ella una persona de mundo, la hija de un pirata, sino porque temía que con aquellas salidas de tono (plenamente justificadas), la masa enfurecida diera con la excusa de internarla en un orfanato. Mientras retorcía con angustia mis propias trenzas, veía esos capítulos y pensaba: “Desde luego, Pippi, con lo brillante que eres y es que siempre te pierden las formas”.

Al contrario que otros arquetipos de excentricidad femenina como Amélie, que es una mujer que se comporta como una adolescente y que en realidad lo único que busca es echarse un novio que la lleve de paquete en una Vespa, Pippi Långstrump era una mujer en el cuerpo de una niña. Era una persona independiente que tomaba sus decisiones y hacía lo que le daba la gana con su tiempo y sus recursos.

Sentada en la terraza solitaria pensaba que todas la cosas que he conseguido en mi vida de las que estoy orgullosa y me hacen feliz, merecerían un gesto de aprobación por parte de Pippi, un superhigh-five. Y las cosas en las que siento que he perdido o que me han hecho sufrir ella simplemente no las entendería. Me di cuenta de que mientras siguiera recordando esa escena y decidiera cuándo quería regar plantas y me dedicara a hacerlo, sola o acompañada, bajo el sol o un diluvio, todo iba a estar bien. Y lo curioso es que nada más sentarme yo en aquella terraza abandonada, se empezaron a ocupar las demás mesas.

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