Pospongan el apocalipsis, estoy buscando unas perchas

Publicado en Unfollow Magazine el 12 de noviembre de 2013

Me he mudado y necesito perchas. Dios sabe a dónde me llevarán estas calles de mi nuevo barrio, donde toda referencia de comercios orientales –bazares y tiendas de alimentación–, me es desconocida. Así me dirijo, como un navío sin faros ni puerto amigo, por las calles de Moncloa.

Qué amargo fue el adiós de mi buena vecina. Y qué triste cuando, a modo de despedida indirecta, fui a pedir cajas para la mudanza a la tienda de la bebé china. Casi atisbé a ver lágrimas en los ojos rasgados de la dependienta, donde antes solía haber símbolos de euro, cada vez que entraba.

Así, ebria de nostalgia chamberiana, camino sin rumbo hasta que diviso un cartel de “Todo a cien” y se me enciende el corazón. ¿Pero está cerrada la tienda? Las pintadas en la fachada del exterior y los cristales sucios le dan un aspecto decrépito y casi tengo que pegar la nariz a la puerta para cerciorarme de que el comercio sigue activo.

No puede decirse que mi estándar de calidad para el establecimiento chino esté por las nubes, y aun así la tienda me deprime. Jamás he visto un bazar tan desordenado donde los productos estén amontonados con tan poco esmero. Digo hola pero la china dependienta no me saluda. Está comiendo pipas y cada “cric” que escapa entre sus dientes resuena a un volumen insólito y crispante en el comercio vacío.

Me adentro por el pasillo central, pensando que jamás podré encontrar lo que busco, con semejante desorden, pero como si la mano de un atrezzista cósmico me las hubiera dejado allí, encuentro las perchas al final del corredor. Yo soy un rey mago y las perchas, el niño Jesús. Miro entonces a mi alrededor y observo que, bajo el aparente desorden, subyace una inteligentísima lógica germánica en la disposición de los objetos. Un nuevo paradigma en el mundo del bazar.

Vuelvo sobre mis pasos, con las perchas en mi poder, y pienso que la tienda, la china, y el constante cric, cric de las pipas parecen el escenario de una película de… de alguien, porque nunca tengo referencias cinéfilas para establecer estas comparaciones. Me planto frente al mostrador y observo a la dependienta. Unos rasgos llamativamente bonitos eclipsados por un acné que roza lo repugnante.

Tiro la casa por la ventana en lo que a esperanza se refiere y le pregunto si tienen una de esas escaleras de plástico plegables para alcanzar estantes altos. Me dice que no. Me digo a mí misma que qué esperaba. Entonces la dependienta se desdice y se pone en pie de repente, más amable y servicial de lo que jamás hubiera sospechado. Y al moverse y hablar, yo me quedo clavada en el sitio, porque “el toque” es extremadamente poderoso en la china.

“El toque” es cómo llamo a la capacidad de ciertas personas para generar algo que siempre he acertado a definir como “caricias visuales”, pero que, por lo que descubrí hace poco, la ciencia llama ASMR (Autonomous Sensory Meridian Response) y que, concretamente en mí, tiene un efecto adormecedor y paralizante más placentero incluso que el que siente la mayoría de la gente cuando le acarician el pelo.

El extraño acento de la china moldea las palabras de tal forma que terminan en un susurro, mientras que sus movimientos son elásticos y muy precisos. Al observarlos siento como si apretaran con algodones las sienes.

Cuando me muestra lo que busco estoy ya medio grogui, pero salgo rápido del trance, ante la estridencia visual. El escalón plegable solo está disponible en una combinación demente de verde hierba, amarillo canario y azul turquesa. Me arden las córneas. Yo que aspiraba a comprarlo de color negro. ¡Loca soñadora! ¡Cómo te atreviste a albergar tales ambiciones!

Tras un debate conmigo misma, me decido a adquirir semejante esperpento porque lo necesito con mucha urgencia.

Cuando vuelvo al mostrador la china utiliza una calculadora de botones grandes de plástico, y el “tap-tap” de sus dedos, en los que, poderoso como nunca, se manifiesta “el toque”, me baja por la espina dorsal hasta hacerme temblar las rodillas. Pero sus manos están sucias de pipas y justo al lado, la visión de un cuenco lleno de cáscaras chupadas me incita a arrancarme los ojos.

Inmersa en este bucle de placer-horror, es cuando me doy cuenta de que en realidad nunca he entrado a este bazar chino y de que jamás saldré de aquí. Porque siempre he estado. En la belleza acneica de la china, en los delicados movimientos de su grosería, en el caos ordenado de los objetos y en el horror necesario del escalón de plástico, está representada y condensada la naturaleza híbrida de la vida humana. Es este uno de esos lugares anodinos que, bajo su aparente insignificancia, esconden talleres secretos donde se produce y se exporta el tejido híbrido de la realidad.

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