Pospongan el apocalipsis hasta el año que viene

Publicado en Unfollow Magazine el 22 de septiembre de 2013

En todo el verano no he encontrado un solo motivo para posponer el apocalipsis. Si es que acaso el verano no es un apocalipsis en sí mismo. ¿Existe una gran diferencia entre ser barrido de la faz de la tierra por una gran bola de fuego, fenecer de inmediato, o hacerlo poco a poco, bajo esa misma bola de fuego, un poco más distante? El deterioro agónico del organismo, segundo a segundo, la pérdida de fluidos, de neuronas, de sentido común que caracteriza a eso que llamamos verano… Solo veo un mayor grado de crueldad en el segundo método.

Este es el motivo por el que me enorgullezco de la fecha de mi nacimiento. Que no se me malinterprete, como cualquier persona negativa que se precie, odio mi cumpleaños, como odio la navidad y cualquier otra festividad en la que se espere de mí estar feliz y sonreír sin ton ni son –qué actividad tan estresante, la felicidad… Sin embargo, no puedo sino admirarme del buen juicio que ya demostré siendo un bebé nonato, al pasar el primer verano de mi vida en el resguardo seguro y placentero del útero materno y no prorrumpir en mi primer llanto público hasta 21 de septiembre, día del equinoccio de otoño, a salvo ya de temperaturas demoniacas y estribillos pegadizos. Vine a nacer a tiempo, con un fajo de corticoles bajo el brazo.

Lo pensaba el otro día, dramáticamente tendida sobre una esterilla de playa (porque otros puede que adopten esta postura para tomar el sol, relajarse o disfrutar del paisaje, pero yo lo hago como expresión de derrota y súplica). Le dije a mi novio que, aun con todo el verano por delante, no encontraría ningún tema para mi columna en septiembre. Me dijo “¿Cómo que no? ¡Las vacaciones!” con esa felicidad incansable, esa ingenuidad a prueba de balas de las personas que nacen en primavera y celebran su cumpleaños alegres y optimistas, pensando que la mejor parte del año acaba de empezar. Yo puse los ojos en blanco (mentalmente, porque ya voy viendo que la paciencia de los demás tiene un límite) y no contesté. Para empezar, como autónoma, mis vacaciones no son reales, sino una especie de simulacro, un ejercicio de autoengaño para el que me vengo preparando durante meses, fingiendo que tengo “fines de semana”. Y además, al mirar a mi alrededor, a pesar de la belleza del paisaje, el entorno privilegiado, el marco incomparable, y bla, bla, bla, lo único que hubiera salvado de esa playa era a él, a la persona primavera, con su sonrisa impertérrita ante mis quejas y su acostumbrado gesto de palmearme, –“taptaptapearme”– la cabeza como si mi negatividad fuera algo que pudiera sacudir físicamente. Adorable, pero demasiado personal para dedicarle una columna.

Sin embargo, desde hace unas semanas, vengo ya experimentando la misma sensación que uno siente al sacarse una piedra del zapato. Se trata de simple alivio, pero el alivio puede ser a veces el más sofisticado de los placeres. Llega septiembre, la vida vuelve a ponerse en marcha y encuentro no una, sino muchas razones, para pedir un aplazamiento al fin de los tiempos. No querría quedarme sin ver cómo las plantas salen de la parada vegetativa a la que las someten las altas temperaturas y reciben ávidas las primeras lluvias. Es la primavera la que se lleva toda la fama, pero es el otoño la estación que más colores proporciona. Empieza un nuevo curso escolar, y aun quien lleva mucho tiempo sin pisar las aulas recuerda la emoción al tacto de los cuadernos recién comprados. Las lavadoras se llevan los últimos restos de arena y la ropa de manga larga recupera su sitio en el armario. Dejan de gotear los aires acondicionados y Ana Rosa vuelve de sus vacaciones.

¿Qué novedades habrá esta nueva temporada? ¿Habrá traído el verano nuevos personajes a nuestro círculo social? ¿Coincidirán Sandy Olson y Danny Zuko en el instituto?

Entiendo que septiembre es un mes difícil para quienes significa el final de las vacaciones, de la que consideran la mejor época del año, pero para mí es un renacer, un comienzo, una emoción que cada año, me gustaría poder transmitir, como quien con manos delicadas aplica un poco de after-sun.

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