Recordad que nos vimos en pijama

Uno de mis momentos preferidos de la cuarentena fue hablar por teléfono con una amiga, excompañera de mi anterior vida como publicista, y que me contara los entresijos de producción de lo que ella llama “confinanuncios”. Esos montajes de planos grabados en casa por los propios actores, con música y mensajes emotivos: saldremos de esta, somos los mejores, no te olvides de que nuestra marca existe.
 
Lo que yo nunca olvidaré es la publicidad de los primeros días del confinamiento. Los espacios ya estaban pagados y los mensajes eran los del siempre: sal y cómete el mundo, vive al máximo… Mientras, nosotros, en pleno estado de alarma, los observábamos al otro lado de un repentino abismo. Mira, esa era nuestra vida ayer
 
En menos de una semana, la maquinaria publicitaria consiguió maniobrar y evitar el descarrilamiento. Aparecieron los primeros anuncios con apenas unos rótulos, por fin acordes al nuevo contexto, y después los “confinanuncios” propiamente dichos, con planos de aplausos y performances en balcones. 
 
La cuarta semana afloró una creatividad más sofisticada. Mención especial al anuncio de la última caña grabada y la del banco que hizo una canción viral. Pero volvamos a los planos caseros. Los actores de esas piezas no fueron elegidos aleatoriamente —tendrían que sonar las trompetas del Apocalipsis para que en la publicidad dejaran de aparecer personas jóvenes y guapas—. No solo se tuvo en cuenta su físico, sino el aspecto de su casa y su capacidad para grabar. No descartéis tampoco que hubiera alguna sugerencia loca: ¿no tiene hijos? ¿Le podemos mandar un bebé por Glovo? La publicidad siempre será así. Pero a pesar de esas condiciones, la trampa y el cartón eran precarios, nunca estuvimos tan cerca de la gente al otro lado de la pantalla. Nunca “lo aspiracional” fue tan poco discriminatorio.
 
Durante esas primeras semanas de reclusión, nos sentimos alegremente soviéticos. Si Rosalía le cuenta a Jordi Évole por videollamada que tuvo que posponer el estreno de su último videoclip y está en casa, aburrida, con el flequillo recién cortado en un ataque agudo de confinamiento, el ranking de lo cool pierde todo referente: la loca carrera por molar se suspende hasta nuevo aviso. Carmen Lomana nos pedía que no dejáramos de arreglarnos y le daba la risa al pensar en las pintas que gastaban ahora sus amistades. Pero el consejo no calaba. Al conectarnos a videollamadas grupales de cumpleaños que incluían a algunos desconocidos, encomendados al piadoso desenfoque de la conexión, la etiqueta general era ropa de estar por casa. ¿Para qué “arreglarnos” cuando todo está roto?
 
Esta etapa no durará por supuesto. Aunque siguiéramos confinados de por vida, volveríamos a preocuparnos por las apariencias, invirtiendo una cantidad ingente de energía y tiempo en participar de esa competición de espejismos, ya sea cumpliendo los requisitos para no ser descalificados socialmente o disfrutando realmente de ello. Pero yo atesoraré un recuerdo que me dará perspectiva. Nunca olvidaré los confinanuncios. Nunca olvidaré los días en que, como si fuéramos iguales, como si estuviéramos en literas confesándonos verdades, todos nos vimos en pijama.
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