Sangre cuajada

No escribí aquí la semana pasada porque al fin tuve unos días para disfrutar del verano y las vacaciones y extravié mis neuronas en algún lugar del camino entre la piscina y la playa. No las culpo, porque en los últimos meses les había dado un uso funesto, ahogadas en una tristeza que me ha dejado la cabeza llena de canas, como esa gente que sale de un bunker de la II Guerra Mundial con el cabello completamente blanco, o esos toreros alcoholizados que sobreviven a un accidente fatal.

Así que estos días, he cobijado mi cabeza, convenientemente hueca, en la luz y el calor, el murmullo de voces extranjeras, el agua fría del mar, de la piscina, de la ducha, el olor a crema solar, el aire acondicionado de un hotel y el roce de las sábanas suaves y frescas sobre la piel levemente quemada.

He contemplado la muerte lenta del verano, desde una terraza. He visto gotas de lluvia estrellarse y desaparecer, absorbidas por el aire húmedo y caliente de la tarde. Y me he permitido, incluso, la actividad estival más obscena, chulesca  y lujosa: los pasatiempos.

Al volver a Madrid, mi calle me pareció distinta. Pero no se trataba de una alteración física, era sólo la luz a través del cielo nublado y una brisa fría. Para mí los cambios de estación son más notables que las visitas del Papa, y este año voy a recibir al otoño con banderines y pancartas. Porque más que nunca será como el comienzo de una nueva temporada, con dos grandes novedades en mi vida, de las que no puedo hablar hasta despúes del 21. Son como dos enormes regalos de cumpleaños que aún no me dejan desempaquetar.

Así que voy a despedirme con una canción, que expresa muy bien la melancolía post vacacional, y otra que invita a ponerse la gabardina y aguardar a las cosas maravillosas que, para algunos, para los buenos, traerá el otoño.

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