Se me ha pegado una bebé china a la bota

Publicado en Unfollow Magazine el 23 de Octubre de 2012

En el momento de coger el ascensor, mi indumentaria constaba de unos pantalones que, aun teniendo yo grandes dotes de convicción y siendo la prenda de un color gris muy discreto, me hubiera sido imposible convencer a cualquier interlocutor vidente de que formaban parte de un chándal y no de un pijama, como hubiera sido mi versión, más camiseta de “Frasier”, impermeable con capucha y botas de agua de estampado de leopardo, que no sé si afortunada o desgraciadamente ocultaban gran parte de los pantalones.

Cuando salgo de noche a la calle con la ropa de estar por casa es porque me ha poseído un poderoso antojo de algún subproducto alimenticio o de que me atropelle un camión. Me decanto siempre por lo primero porque, después de todo, quién querría ser encontrado muerto de esa guisa.
Superé los pocos metros que separan la tienda de mi portal sin cruzarme apenas con nadie y la oscuridad de la noche y la lluvia me envolvieron caritativamente.

En cuanto puse un pie dentro del establecimiento, una bebé china de escaso tamaño y estabilidad se abalanzó sobre mí y se me aferró a la bota, como si mi pierna fuera un árbol del Paseo del Prado y ella, Tita Cervera. Me incliné a mirarla y me dispuse a exclamar “¡¿Pero y tú quién eres, cosa bonita?!” o algo por el estilo, hasta que me di cuenta de que ni el padre ni la madre miraban y no había nadie más en el establecimiento. Como no había necesidad de pantomima social, la ignoré y me desplacé arrastrando despacio la pierna para que la bebé no saliera despedida. Llegué ante la estantería de las patatas fritas y me planté allí. La bebé recuperó su posición y volvió a hacer efecto ventosa sobre mi bota. Manoseaba el plástico de factura asiática como si reconociera en él su lugar de origen.

Apareció la madre y sonrió al ver a su criatura y yo sonreí también, pero no demasiado porque he comprobado que, si sonríes demasiado a los dueños de perros y niños, no vienen corriendo a quitártelos de encima. Aun así, parece que me pasé, y la madre volvió a entrar en la trastienda sin llevarse a su pequeña flor de loto. Me incliné y miré a la niña para llamar su atención sobre el hecho de que la bota pertenecía a una pierna y la pierna me pertenecía a mí y no había manera de que esa triple unión fuera a romperse de ninguna forma. La niña miró hacia arriba, soltó una mano de la bota y la usó para alcanzar una bolsa de patatas de la balda más baja de la estantería y tendérmela. Le dije: “no, esas no las quiero” y volvió a dejar la bolsa en su lugar.

Estaba muy indecisa respecto a qué patatas elegir, hasta la bebé lo notaba. Tenía la cabeza como siempre puesta en las miserias del ser humano, la decadencia de nuestra sociedad y lo poco que en general merecemos vivir. Sin embargo, mientras me decidía entre Vinagreta o York’eso, esa pequeña fuerza aleatoria y vibrante en torno a mi pierna encendió una lucecita de esperanza en mi interior. Nada que ver con la infancia ni el germen de una generación futura que lo pueda hacer mejor que nosotros, no soy yo dada a esas líneas de pensamiento. Me sentía más bien animada por la insistencia absurda de la bebé en manosear la bota y por el propio sinsentido de la situación. De lo poco imaginable que es que una criatura tan pequeña sienta semejante pasión por un objeto tan insospechado o lo insólita que resultaba aquella escena dentro de mi plan casero nocturno. Me sentí feliz pensando que en el curso de los acontecimientos hay siempre factores impredecibles, que no tienen por qué ser afortunados ni cambiar nuestra vida, pero tampoco tienen por qué ceñirse a esa línea en descenso implacable que parece dominar todo lo que leemos o escuchamos estos días. No podría refugiarme yo en el optimismo facilón –ni aunque quisiera, en el optimismo a secas-, pero sí en el piadoso consuelo de lo imprevisible.

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