Seis cosas imposibles antes del desayuno

Hace aproximadamente un mes fui testigo de una pequeña charla acerca de lo frágil que es el concepto de realidad. Esto es algo en lo que llevo pensando toda la vida, pero especialmente desde hace unos meses, por motivo de lo que estoy escribiendo. Si lo piensas, dudar de la estabilidad de la realidad y por azares del destino acabar escuchando hablar a alguien sobre ello es bastante jodido. Dan ganas de levantarse y gritar en alto «¿Estás ahí Paul Auster? ¿Me estás escribiendo? Haz el favor y cúrratelo un poco».

Lo peor o lo mejor de la charla fue tener constancia de que muchas otras personas andaban preocupadas por lo mismo. Porque aquí viene el vértigo, mi realidad y las de ellos, aunque aproximadas, son distintas. La realidad tal y como yo la entiendo es un fragilísimo constructo mental, único, personal e intransferible como las huellas digitales; un fino papel de calco con unos puntos marcados que nos esforzamos en colocar de tal forma que se ajuste al de los demás. Los puntos nunca coinciden con total exactitud pero forman un área delimitada y común, el área de seguridad, el área de cordura. Si alguien no es capaz de hacer converger sus puntos con los de los demás es que está loco, como dicen los argentinos con aterradora semántica: «es un desubicado».

El problema es el esfuerzo que hay que llevar a cabo para todo se ajuste, ignoramos puntos y nos inventamos otros. Y a diario tenemos que alabar el nuevo traje del emperador, que no vemos y que sabemos que otros tampoco ven, pero la «sociedad», esa masa de puntos inamovible, dicta que está ahí. Bien, esto más o menos funciona, uno puede acabar incluso viendo el traje a fuerza de imaginarlo, el problema viene en las relaciones uno a uno. Cuando sólo hay dos papeles de calco y de repente ambos descubren que sus puntos no se ajustan en absoluto.

Si añadimos las interferencias, el miedo, la culpabilidad, y demás emociones que hacen que las personas mientan, oculten datos o modifiquen la posición de sus puntos repentinamente, las relaciones personales se convierten a veces en un «Hundir la flota» imposible, interminable y doloroso, que acaba con alguno de los participantes volcando el tablero y mandándolo todo a la mierda.

Está también el drama de no encontrar la propia realidad, de no ser capaz de fijar esos puntos, o aceptarlos. De tener por tanto, una necesidad compulsiva de ser validado ante los demás. Las redes sociales se nutren de individuos que necesitan que los demás aprueben y sostengan esa realidad en la que ni ellos mismos creen o con la que no soportan quedarse a solas ni dos minutos por miedo a que se venga abajo. Es duro aceptarlo pero a veces lo que llamamos amor o amistad es sólo el rango entre dos extremos: que alguien conozca todos nuestros puntos, que sea consciente en el mayor grado posible de cómo es esa realidad nuestra, y que nos acepte así a pesar de todo. O que alguien vea en nosotros justo lo que nos gustaría ser, esa pareja que es como un espejo de feria maravilloso, cuya visión acabamos tomando por real.

¿Y a dónde nos lleva todo esto? ¿A dudar de todo y de todos? ¿A convertirnos en ermitaños de la montaña o del WoW? No diría que no fantaseo a veces con la idea de mirar indefinidamente por una ventana y ser alimentada con potitos, pero tengo para mi vida planes mejores.

Mi realidad es vulnerable y plástica, a veces me atrapa y se transforma en un infierno. Pero la conozco bien. Por eso, con un poco de esfuerzo puedo dominarla y extenderla como un plano sobre la mesa, puedo identificar sus puntos débiles y construir defensas, puedo protegerla con barreras y filtros, pero sobre todo puedo proyectarla y convertirla en lo que quiero que sea. No de una manera frágil, sostenida en otros, sino a fuerza de constancia y estrategia. Lo hago ahora con estas letras y lo hago cada vez que escribo. Cuando me hago promesas y las cumplo, cuando me propongo metas y las alcanzo. Con frecuencia se nos olvida que la realidad de los demás no es más sólida que la nuestra, ni más válida, y que sólo hace falta práctica y una dosis imprescindible de soberbia para creer seis cosas imposibles antes del desayuno.

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