«Señora» es un insulto

Cuando era pequeña, en una visita a casa de mi abuelo, coincidí con un primo mío, mayor, uno de esos primos que ves cada lustro porque viven lejos en una ciudad y un mundo mucho más interesantes que los tuyos. Mi primo adolescente llevaba una camiseta que ponía en letras gigantes «EN BENEFICIO DE TODOS, CÁLLESE, SEÑORA». Entonces yo no conocía la referencia al primer disco de Siniestro Total. No recuerdo qué opiné al respecto, creo que me hizo gracia, pero al mismo tiempo, por alguna razón que todavía no podía entender, se me quedó grabado. Hoy leo el artículo de la periodista Carmela Ríos, que comienza con la frase «¡Señora, está usted en todos lados, apártese que estoy trabajando!», y me doy cuenta de que han pasado décadas, pero absolutamente nada ha cambiado al respecto. Hay internet, redes sociales y millones de personas opinando sobre el feminismo que está bien y el feminismo que está mal. Mientras tanto, la palabra «señora» sigue siendo un insulto.

Bueno, igual no es un insulto, igual es que el cámara al que estorbaba Carmela Ríos, no se dio cuenta de que ella también era una periodista y la «confundió» con «una señora». Pero, ¿qué es «una señora»? Todos lo sabemos perfectamente, el cámara, yo y la propia Carmela Ríos que usa el término en su artículo con comillas incluidas. Las señoras son un ente social, carente de individualidad, un colectivo como las palomas de las ciudades, que pululan por ahí, estorban, son pesadas y no tienen ningún valor real a menos que puedan personalizarse en el papel de madres o abuelas.

Os juro que llevo años reflexionando sobre este tema, y aún así sigo usando sin querer la palabra «señora» con idénticas connotaciones. ¿Cómo si no podrías contarle a alguien lo gracioso de estar en el lugar más remoto y cruzarte con «el típico grupo de señoras españolas»? Sólo con decir eso ya podéis visualizar la escena, porque el término está grabado a fuego en nuestro imaginario y la utilización es constante. La primera canción que se me viene a la cabeza con la palabra «señor» es la de «Soy un truhán, soy un señor» de Julio Iglesias, que básicamente es un himno del putoamismo. La que recuerdo si digo «señora» es esa del mismo título cantada por Rocío Jurado. La letra va sobre una mujer que le dice a otra que se ha enamorado de su marido, y «ahora es tarde, señora», ahora nadie puede apartarlo de ella. Del uso del usted y del señora se puede inferir que la amante es más joven que la esposa, por supuesto. Y por eso empatizamos con la que canta, normal que el marido la prefiera a ella.

Seguro que alguien está pensando: ¿cómo que un insulto? ¡Si amamos a las señoras! ¡Las señoras son lo más! Claro que sí, guapi. Las señoras son superdivertidas, entrañables, majísimas… Las señoras que se tiñen el pelo lila, las que se ponen bolsas de plástico en la cabeza cuando llueve, las señoras-que en general. Fan total de las señoras. Ya verás la gracia que nos hace a todas las que hemos disfrutado mucho del meme señora que un buen día, de la noche a la mañana, tan distintas como somos, nos fusionemos por completo en un ente borroso, y nuestros hábitos, nuestra estética, nuestros gustos, es decir, nuestra Cultura con mayúsculas, se convierta en motivo de risa y de la más absoluta condescendencia disfrazada de ternura.

¿Pero cuándo se convierte una mujer en señora? ¿Hay una edad límite? En realidad no. Ocurre en el momento que existe un consenso social inconsciente (y no tan inconsciente) sobre si una mujer ha dejado de ser deseable sexualmente o no. Este maravilloso sketch de Amy Schumer, en el que ella, Tina Fey y Patricia Arquette celebran el último día follable de Julia Louis-Dreyfuss lo explica perfectamente.


En el sketch se refieren a la industria de Hollywood y cómo, de un día a otro, si eres actriz, tus opciones para conseguir un papel protagonista se esfuman para siempre, pero puede aplicarse a la vida de cualquier mujer. Con ese criterio tan animal, tan propio de mercado de esclavos, la sociedad decide que ha llegado tu hora de hacerte invisible. Y mucho cuidado con intentar posponer la fecha, porque «a ver dónde va a esa señora pintada como una puerta» o «qué hace esa señora poniéndose minifalda, ¿se ha vuelto loca?». La ficción, que es la maquinaria de adoctrinamiento más efectiva de nuestra era, tiene muchos ejemplos que contarte sobre lo mal que acaban las mujeres que no aceptan que están fuera del mercado. No querrás que te comparen con Norma Desmond bajando la escaleras de su mansión, o con Miss Havisham vestida de novia esperando a su prometido. Es habitual escuchar que una gran estrella de cine «supo envejecer con dignidad» porque, al llegar a cierta edad, dejó de hacer apariciones públicas y evitó que la fotografiaran, ahorrándole al mundo el horrible trance de ver cómo la belleza de una mujer se marchita. Es decir, cómo su físico sigue una evolución natural.

Gloria Swanson y Gloria Swanson en «El crepúsculo de los dioses»

Por otro lado, no dejaré de admitir que «señora», en algunas ocasiones, se utiliza con muchísima reverencia. Hay mujeres cuyo mérito profesional es tan grande que son capaces de darle la vuelta al término. Como se suele decir, son «señoras de verdad», «señoras con todas las letras». El problema es que no todas las mujeres vamos a llegar a ser académicas de la lengua, alcaldesas de Madrid o directoras de un centro científico. Y no veo además por qué querríamos esforzarnos en llegar tan lejos sólo para retener apenas una pequeñísima parte del mérito que merecemos. ¿Es una locura exigir que, sin hacer nada especial, sólo por ser personas, se nos reconozca a cualquier edad nuestra naturaleza individual y se nos describa con más características que el simple hecho de ser señoras?

Las chicas jóvenes se suelen deprimir mucho si una dependienta las llama «señora». Cuando alguna amiga mía se queja de ello, en mi lenguaje particular le respondo: «EMBRACE THE SEÑORA». Acéptalo. Hazte fuerte en esa idea para cuando llegue el momento. Yo, en esta franja de edad difusa, recibo por parte de desconocidos tantos «señoras» como «chiquis» y he llegado al punto donde lo que me molesta es lo segundo. Si no me conoces ni tenemos confianza, llámame señora, háblame de usted y hazlo con respeto, porque sí, soy mayor, y precisamente por ser mujer durante tantos años, empiezo a andar justa de la paciencia y tolerancia que he tenido que derrochar hasta ahora.

Existe en la ficción un arquetipo de señora poderosa capaz de transcender esta invisibilidad que por edad le corresponde. Todos la conocemos y no es agradable. Es la dueña del burdel, la Bernarda Alba que asfixia a sus hijas, es la matriarca de un clan de millonarios, como Angela Channing, o la aristócrata a la que respaldan todos sus títulos, como Lady Olenna en Juego de Tronos. Es la anciana que lo sabe todo y trafica con la información, como la Celestina y por supuesto, es la madre de todos los arquetipos: la vieja bruja del bosque. Este personaje suele ser egoísta, controlador, casi siempre malvado y tiene el final que merece su delirio de poder. Es decir, acaba muerta o bien, rechazada y sola, porque ¿puede haber algo peor para una mujer, según nuestra sociedad, que ser rechazada y estar sola? (abro aquí un interrogante infinito). Sin embargo, a pesar de los intentos de ficción por adoctrinarnos, creo que todas las mujeres hemos sentido fascinación alguna vez por uno de estos personajes, o al menos esa es la razón de que, cuando era pequeña, noche tras noche, le pidiera a mi padre que me contara un cuento de brujas, aunque después, aterrada, no pudiera conciliar el sueño. Son indeseables, pero nos atraen. ¿No será que en ellas, ya de niñas, buscábamos ese arquetipo que nos faltaba? Porque no todas podíamos conformarnos al imaginarnos de ancianas siendo simplemente madres o abuelas de los protagonistas. Y no había un equivalente para nosotras del mago, el sabio, o el jefe de la tribu.

Creo que el arquetipo de la villana poderosa es el reflejo ficticio de esas señoras potencialmente peligrosas porque, en lugar de deprimirse o resistirse, han aceptado el hecho de no ser deseables y lo han convertido en una liberación. El razonamiento es el siguiente: si ya soy vieja y no tengo que temer al rechazo, porque vivo en él, ¿con qué puede castigarme ahora la sociedad? ¿qué puedo perder? Quizá sea hora de decir lo que siento y hacer lo que quiero. No voy a irme y desaparecer de la escena sin llevar a cabo mi voluntad, sea la que sea. Y ahora que ya no me da miedo ganarme esos cuatro insultos que paralizan a una mujer —loca, fea, vieja y puta—, no pienso aguantar pacientemente ni una indignidad más, así tenga que desatar el infierno a mi alrededor o pactar con el mismísimo diablo.

Es sólo una idea, claro, pero parece necesario reflexionar sobre ello, porque creo que las mujeres de cierta edad deberíamos estar contando los días, casi con ilusión, y planeando detenidamente qué clase de señora merece este mundo que seamos.

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