Soy una mujer machista

Poop_EmojiNo pasa un día sin que alguien se ponga en ridículo intentando defenderse en público de una acusación de machismo. Y he pensado que quizá, antes de abrazar el feminismo, juzgarlo, criticarlo, o intentar corregirlo, estaría bien empezar por el principio, reconocer qué tipo de machismo ponemos cada uno en práctica y hasta qué punto lo promovemos. Porque claro que sí, tú también eres machista. Ofenderte porque alguien te lo diga es como quejarte de que te salpiquen cuando acabas de salir del agua. Vives en una sociedad machista, has mamado una cultura machista, y aunque no pegas a las mujeres, no las violas y te parece muy bien que voten, no te has tomado la pastilla roja de Matrix para poder ver tu realidad desde otra perspectiva completamente distinta. Eres machista sin darte cuenta. Pero este texto no es para echarte la bronca, ni a ti ni a nadie. Este texto es una confesión, una declaración pública de mi machismo.

En mi casa al feminismo jugábamos así
Durante muchos años, he creído tener muy claro todos los conceptos relacionados con el feminismo y la igualdad. Por eso he reaccionado molesta en ocasiones a ciertas clases de activismo feminista: ¿Me van a decir a mí qué es feminismo y qué no? ¿En serio? ¿No llevo yo siendo mujer toda la vida y comiéndome toda la mierda para que ahora encima venga cualquier flipada a hablar en mi nombre y decir tonterías? Me enerva oír y leer a mujeres que no me caen bien hablando por mí. Porque claro, seguro que las que se jugaron la vida para que yo pueda votar hoy me hubieran caído estupendamente. Las sufragistas, todas encantadoras. Clara Campoamor y yo, íntimas amigas seguro. Las mujeres somos la mitad de la población del planeta, pero yo sólo apruebo el feminismo de las que se parecen a mí y con las que tengo afinidad. Sólo acepto sin reservas el feminismo en el que me reconozco y sobre todo, el que no me incomoda.

Porque eso que algunas llaman feminismo es incómodo de cojones, reconozcámoslo. No me ha costado a mí décadas bloquear todos los recuerdos de humillaciones, injusticias y abusos para que venga ahora alguien a remover la mierda. ¿Qué esperan estas tías? Que se lo pongan más fácil de lo que lo tuve yo? ¿Que les den una medalla?

Como no soy imbécil del todo, ante algunas de estas reflexiones empezaron a saltarme las alarmas. Y la revelación no llegó de un día para otro. A nadie le gusta reconocer que es gilipollas, pero cuando por fin lo vi claro, ¡qué liberación! Cuánta rabia acumulada, cuánto machismo inculcado que he ido disfrazando de otras cosas, para justificarme en todo. Me sentí miserable, pero también feliz. Porque empecé a entender que el feminismo no es mío, sólo por ser mujer. Que no existe una verdad feminista universal y correcta. El feminismo es un movimiento, literalmente, y la igualdad en realidad está tan lejos aún, que el modelo al que aspiramos hoy quizá nos parezca ridículo dentro de diez años. El feminismo es leer, escuchar, tratar de entender y sobre todo dejar que te incomoden. A nadie le gustan que le rompan los esquemas,
es desagradable. Pero una vez rotos te das cuenta de que tampoco eran tan tuyos. Te los habían inculcado y eran machistas, simplemente porque no había otros.

Hace unos años escribí un texto que se compartió mucho sobre mis objeciones ante la creación de una Asociación de autoras de cómic. Si me leo el texto, vuelvo a estar de acuerdo en todo. Párrafo a párrafo me voy rindiendo a la lógica a prueba de bombas que utilicé para armarlo. Pero es un texto profundamente machista. Porque cuando lo miro con suficiente distancia, me surge la duda: ¿de verdad me afectaba tanto la creación de esa asociación como para escribir un texto que la cuestionara? De todas las cosas que me indignaban por aquella época, ¿no había nada más importante sobre lo que quejarme?

Durmiendo con tu enemiga
Más mezquindades: me contó hace tiempo una amiga que después de dirigir un workshop junto a un compañero, se le acercó una participante. A él le dio una tarjeta y a ella le halagó los zapatos. Sentí como propia la indignación de mi amiga, pero reconocí con vergüenza la lógica de ese comportamiento. Porque en un entorno en el que hay hombres y mujeres, si tengo que hacerme valer, de manera inconsciente dirijo mis esfuerzos primero a los hombres, elevando el tono de la conversación para que no me tomen por idiota, para que me respeten o para que no se me suban a la parra. Con las mujeres, para romper el hielo, busco a menudo esa falsa camaradería femenina que surge al hablar de banalidades. Repito: lo hago de manera inconsciente, claro. No soy tan cretina como para clasificar intelectualmente a una persona a los dos segundos después de conocerla. Lo hacen por mí mis prejuicios. Siempre he estado orgullosa de ellos porque me parecían efectivos y me ahorraban mucho tiempo. Hasta que me di cuenta de que ese filtro de spam social de mi cerebro no estaba bien calibrado. Dejaba fuera a más mujeres que a hombres.

No pasa nada por hablar de zapatos. Los zapatos, de hecho, son una cosa bastante seria si los comparo con las gilipolleces de las que me gusta hablar a mí. El problema es que inconscientemente des por hecho que estos temas son más femeninos que masculinos. No porque las mujeres no podamos ser frívolas si nos da la gana, sino porque cuando decimos algo importante, es más difícil que se nos tome en serio. Y lo más jodido es darte cuenta de que eres víctima de algo que tú también practicas.

Todas las feministas del mundo
Hace un tiempo leí una discusión en Twitter entre unas chicas feministas, que denunciaban el trato que se les da en el mundo de los videojuegos, y un grupo de chicos que las habían criticado en un podcast. Una de estas chicas les decía algo como «más que comentaristas de videojuegos parecéis un grupo de marujas setentonas». Claro, porque ¿qué puede haber peor que ser una ama de casa de setenta años? ¿El feminismo es sólo para las veinteañeras gamers? Leí ese comentario y me enfadé. No con la chica, que ni la conozco ni recuerdo quien era. Me enfadé con el feminismo en general. Ya está. Leer un comentario a todas luces inconsciente, soltado en el fragor de una discusión en Twitter, es una excusa para dejar de reprimir todos esos prejuicios mezquinos que me pesan y extenderlos a todo un colectivo. O para invalidar el esfuerzo de alguien que no tiene miedo a partirse la cara todos los días y discutir con quien haga falta para defender algo en lo que cree. Porque cuando te autoproclamas feminista estás obligada a no equivocarte jamás, a que tu lógica sea siempre perfecta, a no decir jamás algo incorrecto o a estar, de un día para otro, libre de todo condicionamiento cultural. Y por supuesto, también estás obligada a caerle bien a todo el mundo, porque si dices alguna gilipollez, como absolutamente cualquier persona en algún momento de su vida, la culpa no la tienes tú. Como eres feminista, la culpa la tiene el feminismo.

Aquí hemos venido a sufrir
En general, en este periodo de autocrítica, me he dado cuenta de que casi todas mis actitudes machistas son paradójicamente fruto de mi «lucha» personal contra el sistema. Creo que muchas mujeres que nos hemos enfrentado a entornos machistas y hemos superado las dificultades, nos creemos por ello feministas cuando somos todo lo contrario. Pongo un ejemplo: cuando dos mujeres de treinta y tantos, en una posición laboral de poder, se encuentran, suelen contemplarse con mutua aprobación. No tienen ni que conocerse mucho: surge en seguida la camaradería propia de unos veteranos de la guerra de Vietnam, porque ambas saben que para estar ahí han sufrido lo que no está escrito. Ninguno de sus compañeros tiene ni la más remota idea de lo que esas dos han tenido que aguantar. Así que se admiran y se respetan más de lo que respetan a los hombres que las rodean. Porque ellas se lo han currado el doble. Pero aparece entonces una becaria, una veinteañera que se declara públicamente feminista y no se calla todas las mierdas que sufre a diario. Y estas dos veteranas querrían fulminarla, querrían gritarle «Cállate ya, pesada, deja de quejarte y llamar la atención, que todas hemos tenido que pasar por eso. Si nosotras hemos llegado aquí es porque se puede. Ahora que hemos conseguido que se nos trate como iguales, no vengas tú a incordiar». Pero queridas compañeras machistas, eso no es igualdad. Ese concepto de igualdad es la mierda que nos han vendido a las de nuestra generación y con la que nos hemos tenido que conformar. Porque en verdaderas condiciones de igualdad, si te lo curras el doble que un hombre, debes exigir que se te reconozca el doble de mérito. Y si esa veinteañera se queja ahora es porque tú te callaste en su día. Porque no fuiste valiente, porque trabajar más duro era, en realidad, más fácil y más cómodo que protestar.

Os advierto una cosa: cuando uno se reconoce en una actitud machista, se abre la caja de Pandora. Podría seguir aquí confesando mis miserias indefinidamente porque a cada rato me descubro algunas nuevas. Sin embargo, como decía antes, es también liberador y sobre todo, se evita uno el ridículo diario de decir cosas como «no, eso no es machismo: también hay mujeres que hacen eso», «no, eso estuvo mal, se propasó, pero no es una cuestión de género», «que alguien intente ligar y tú no quieras no es acoso», etc. En serio, ¿no os parece sospechoso que esas acusaciones de machismo que consideráis erróneas os incomoden tanto? ¿Saltáis así cuando se tratan otros temas que en realidad os quedan igual de lejos? No tengáis miedo, escarbad un poco en vosotros mismos y admitidlo, porque no es un crimen. Yo soy machista, sí, pero cada día me esfuerzo en serlo un poco menos.

Si te ha gustado leerme y tienes una memoria tan frágil como la mía, puedes recordar que existo siguiéndome en Twitter, Facebook o Instagram.
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