Tengo que contar lo que pasó con mi mochila de LEGO

Publicado en Unfollow Magazine el 16 de febrero de 2014

Hago muy pocas promesas, pero las que hago las cumplo. El problema es que si no me pones límite de tiempo, considero que mientras siga con vida estoy potencialmente cumpliendo mi promesa. ¿Pero qué pasa si se acaba el mundo? No me gustaría, por ejemplo, faltar al compromiso que tengo con mi hermana de escribir algo que nos pasó hace unos años.

Era 2010 y estábamos en Nueva York. Yo había ido a visitar a mi hermana, que estaba estudiando en Boston, y cogimos uno de esos autobuses chinos sospechosos que hacen el trayecto Boston-Chinatown para pasar un par de días gastando suela en la cuadrícula demente de Manhattan. Mi hermana, que llevaba poco más de dos meses viviendo en Boston, ya lo consideraba su pueblo, y hacía comparaciones constantemente: “Pues en Boston, las calles tienen más encanto…” “Pues en Boston los arreglos florales son más elegantes…”. Yo, que había estado en Nueva York anteriormente solo una vez, y también en un viaje de turismo breve, consideraba Manhattan mi pueblo y discutía con ella: “¿Pero estás loca? ¿Cómo vas a comparar la arquitectura del downtown de Boston con esto?”. Comportamiento cuando menos curioso para dos hermanas criadas en las sofisticadas costumbres de la Almería profunda. Debe de ser cosa de familia, porque mi padre una vez pasó una semana en un spa de Murcia y al volver a casa, no encontraba los interruptores de la luz: “Como allí estaban otro sitio…”.

Para aquellos dos días visitando Nueva York, lo más cómodo era llevar una pequeña mochila donde guardar todo lo necesario para pasar el día fuera, y mi única mochila disponible era una con forma de bloque de lego rojo de 3×2. Ahora creo que cualquiera puede comprar esta mochila en Internet, pero cuando la compré en su día supuso un rarísimo hallazgo, y aún en 2010 era difícil de encontrar.

Este objeto me acompañó de manera inseparable durante mi postadolescencia más tonta, a principios de la veintena, y había sido ya relegada para entonces a un lugar remoto de mi armario. En aquel momento del viaje era octubre y yo acababa de cumplir 30. Mentalmente andaba ya por los 55, así que le manifesté a mi hermana los inmensos reparos que me daba ir de aquí para allá con semejante mochila, diseñada para niños. “No quiero ser una señora disfrazada de adolescente”, le dije. Y esto va más allá de un complejo o la simple inseguridad. Creo que uno debe aparentar la edad que tiene tanto en lo estético como en su comportamiento, porque lo contrario es entrar en un juego degradante y ridículo. Mi hermana le quitó importancia al asunto y me hizo ver que comprar otra mochila para darle solo aquel uso era una consideración aún más estúpida y superficial. Después de todo, estábamos en Nueva York, a nadie le importaba una “damn shit” mi indumentaria. “Nadie va a fijarse en tu mochila, Carmen”, me dijo.

Reforzada por aquel discurso me olvidé completamente del tema, más aún cuando el aspecto de una mochila que se lleva a la espalda es muy fácil de ignorar.

Visitamos los lugares emblemáticos de la ciudad, o más bien le enseñé a mi hermana mi pueblo mientras ella lo comparaba con el suyo, como si fuera una hija del Mayflower. También exclamábamos ante cada cosa “Aaaaaaaawesome” irónicamente, porque nos parecía muy graciosa esa forma de los americanos de alargar la vocal para mostrar su entusiasmo.

Y así pasamos entretenidas esos dos días de turismo, hasta que en un momento intermedio del “ir parriba y pabajo” neoyorkino pasamos por Times Square. En Times Square hay un Toys’R’Us, imagino que más frecuentado por los turistas que por gente interesada en comprar juguetes. Hay un dinosaurio, una noria y una figura gigante hecha de piezas de Lego, que en mi opinión lucen mucho más en las fotos de las reseñas que en vivo. Pero es un reclamo para turistas, como cualquier otro, y allí que fuimos a visitarlo. Una de las atracciones o repulsiones más características de este lugar y que ya había observado en mi primera visita son sus trabajadores. Jovencitos tope motivados que andan por las secciones del establecimiento, no atentos a lo que uno pueda necesitar, sino exhibiendo alguna habilidad superdivertida. Las dos veces que yo he ido hacían malabares con unos saquitos de arena que se podían comprar, pero quiero pensar que tienen un repertorio más amplio.

Mi teoría sobre estos empleados es que son personas completamente normales que se encuentran alienadas por su trabajo. Me los imagino serios en su vida privada, de gustos austeros y vestir discreto. Fantaseo con que acuden al trabajo con traje de chaqueta, que dejan pulcramente doblado en sus taquillas. Se ponen entonces unos pantalones anchos, medio caídos, su camiseta de colorines del uniforme, y un peinado lo más estrambótico posible. Consumen su dosis obligatoria de anfetaminas y salen a trabajar.

Aquel día con mi hermana me llamó la atención en concreto uno, rubísimo, con una cresta enorme, especialmente activo con sus malabares. Parecía más pokemon que persona, y supongo que por eso era objeto de cámaras y flashes, aunque de lo que daban ganas era de cazarlo y llevarlo en exhibición por los pueblos ibéricos. Andaba yo, probablemente riéndome para mí de estas ocurrencias, cuando de repente todos los allí presentes quedamos paralizados por un grito.

–WAIT, THAT BACKPACK IS AAAAAAAAAAWWWWWWESOME!!!

En aquel “awesome” salido de aquella garganta, podíamos habernos subido todos y dado una vuelta a la Vía Láctea.

Me giré con dificultad, pues la mayoría de mis músculos seguían petrificados y una ola de vergüenza me barría por dentro, como un tsunami. Efectivamente, el espécimen de cresta blanca me miraba a mí y se refería a mi mochila. Y no sólo me miraba él, todas las personas de aquella abarrotada tienda de Times Square en hora punta se mantenían inmóviles clavándome sus miradas. Hasta el saquito de arena con el que el chico jugaba se había quedado congelado en el aire.

–WHERE DID YOU GET IT?

Podía haberlo preguntado por cortesía, por interactuar un poco con la clientela, por “animar el cotarro” simplemente. Pero no, no había duda al observar su expresión. Aquel chico de cresta gigante y habilidad malabarista cuyo trabajo era pura y llanamente “molar” en el Toys’R’Us de Times Square, en Nueva York, al lado de una figura gigante de Godzilla hecha de piezas de Lego, quería, NECESITABA, saber de dónde había sacado yo esa mochila y por qué él no tenía ese objeto que pertenecía a su mundo y no al mío.

–In Tokyo… –murmuré muy bajito.

–AAAAHHHHH, IN TOKYOOOOOOOO, AGGGHHHH, THAT’S NOT FAIR…

El chico puso los ojos en blanco. Los clientes pusieron los ojos en blanco. Los muñecos pusieron los ojos en blanco. Nueva York puso los ojos en blanco. Y todos recuperaron el movimiento, dieron aquel asunto por imposible y volvieron a la normalidad.

Salí de aquel sitio con la vergüenza de al que le han pillado robando, porque era así como me sentía. Me hubiera gustado quitarme la mochila y tirársela a aquel Digimon y decirle: Toma, no quiero nada de tu maldita generación perdida, ni merchandising de franquicias de culto, ni nostalgias tontas de la infancia, ni referencias pop. No quiero este símbolo de la prolongación estúpida de la adolescencia tan conveniente para el capitalismo, porque soy ADULTA. ¿Me oyes, chaval? ¿Me oyes, Toys’R’Us? SOY ADULTA.

Pero no lo hice, caminé encorvada, a punto de hacerme una bolita y salí de allí abochornada por motivos que solo podía entender mi hermana, de cuya risa aún se captan los ecos, como esos sonidos que nos llegan del Big Bang.

Las fotos de aquel viaje mi hermana las guardó en una carpeta a la que, en un arranque de inspiración llamó “Let’s Pacheco!”, nombre que dio lugar a muchas cosas, entre ellas un libro en el que sale dibujada la mochila. Yo no me la he vuelto a poner nunca más.

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