Ya no nos despedimos como antes

Ya no decimos «adiós, adiós» con tanta asiduidad. Dice mi padre que el recuerda cuando «bueno» se empezó a utilizar como muletilla en la conversación, que su uso es relativamente nuevo. ¿Cómo se despediría la gente entonces si el «venga…» tampoco parece demasiado antiguo? Siempre he envidiado la capacidad de ser cortante pero no hiriente a la hora de despedirse de alguien y realizar una terminación limpia y perfecta del diálogo, sin machacarlo en una agonía de buenos y vengas y esos pasitos cortos y cobardes para que sea la distancia física la que por fin mate la conversación.

Pero no quiero escribir yo sobre las despedidas interminables en los umbrales, los portales, la calle o el teléfono, sobre las que ya se ha hablado mucho. Quiero llamar la atención sobre la creciente ausencia de despedidas en nuestras interacciones más usuales. Me dijo mi hermana el otro día que mi padre se había quejado de que lo dejara hablando solo en el chat de Apalabrados. No es solo que no entienda muy bien lo de jugar por turnos espaciados y no simultáneamente, sino que pretende que mantengamos conversaciones con principio y final mientras jugamos. Le dijo a mi hermana que me había ido sin avisarle, que era una maleducada.

Cada vez es más habitual que una conversación en google talk u otro tipo de chat, el diálogo muera súbitamente, sin que lo mismo haya debido de ocurrirle a alguna de las partes. No era así en la época del IRC ni del Messenger y sucede ahora por contagio de los hábitos de charla en Whatsapp o incluso Twitter. Las conversaciones ya no tienen principio ni final, quedan suspendidas «en la nube» y se juegan también por turnos.

Me sería muy fácil a estas alturas, y por subirme al tren de esa moda ludita absurda, orientar esta reflexión a la crítica de este  hábito impuesto por una nueva tecnología, pero si precisamente la conexión permanente a internet nos está haciendo más impacientes, menos atentos, menos reflexivos, ¿no es esta nueva forma de comunicarse un alivio? ¿no es una vuelta a ese diálogo postal reposado y atemporal? Mientras nos volvemos completamente gilipollas al recibir, gestionar y reproducir información de manera frenética, tal vez nuestras conversaciones interpersonales florezcan y adquieran la riqueza de emocionantes juegos entre maestros del ajedrez. No, no creo que vaya a ocurrir, pero es bonito pensarlo.

Se debe analizar aparte el papel de Whatsapp en las relaciones de pareja, donde es casi un suicidio del alma –lo entiendes bien, por ejemplo, al romper una relación a distancia, cuando te das cuenta de que la diferencia fundamental y cotidiana entre «estar con alguien» y «no estar» es que ya no miras el móvil a cada segundo (¡pero qué diferencia, es casi como si te amputaran!)–. Sin embargo, en el resto de interacciones Whatsapp (o Line, o la aplicación que utilices) es una manera de estar continuamente comunicado y voluntariamente aislado, a la vez. Recibir un mensaje no implica contestarlo al momento, como una llamada, y puede ser una irrupción o no serlo. La gente es cada vez más flexible a la hora de esperar respuesta.

No me asusta un futuro donde la gente se encuentre por la calle y no se sorprenda al encontrarse, sino que retomen su última conversación en un hilo de comentarios de facebook y entonces uno de ellos eche andar y se aleje despidiéndose tan solo con una sonrisa y un gesto de la mano, porque aunque al día siguiente viaje a Japón, pueda escribir al otro por Line y añadir algo que se le ha ocurrido sobre la conversación que tuvieron. No me asusta un mundo donde todos estemos constantemente conectados, sí, pero podamos comunicarnos cuando realmente nos apetezca y tengamos algo que decirnos. Un futuro donde no haga falta nunca despedirse.

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