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La gente también eres tú

Este texto fue originalmente publicado en la revista Vanity Fair.

Hace muchos años publiqué varios libros de literatura infantil. En aquella época, a menudo me preguntaban si había elegido ese género porque me gustaban «los niños». Mi contestación era que yo no escribía «para los niños» sino solo para algunos. Es decir, aquellas personas de escasa edad que podían tener afinidad con mis intereses y mi escritura. Ponía siempre el ejemplo inverso: a un escritor de literatura generalista no se le pregunta si le gustan «los adultos». Si nosotros no somos un colectivo homogéneo, tampoco los niños lo son, aunque desde nuestra perspectiva reduccionista los veamos así. No tendría sentido hablar de las personas adultas como si solo por compartir un rango de edad tuviéramos algo en común, ¿verdad?

No tiene sentido, pero lo hacemos. Lo hacemos constantemente —yo la primera—, cada vez que hablamos de «la gente». Por poner unos ejemplos: «La gente es imbécil», «La gente es lo peor», «A la gente de verdad se le va la olla». También lo usamos en positivo: «La gente es solidaria», «La gente no es tonta», «La gente hace lo que puede». Las generalizaciones en el lenguaje son comunes y sobre todo prácticas. Nos las permitimos porque nuestros interlocutores no son máquinas y están predispuestos a entender —siempre que no estemos en Twitter— que no nos referimos al cien por cien de los casos, a veces ni siquiera a la mayoría.

Sin embargo, de tanto recurrir a estas generalizaciones, podemos llegar a interiorizarlas. Desde que comenzó la pandemia sé que no soy la única que ha tenido una relación complicada con «la gente». Durante el confinamiento lloraba como una magdalena con los aplausos de las ocho, me conmovían las muestras de solidaridad, la movilización ciudadana y las celebraciones de cada alta en los pasillos de los hospitales. «La gente es maravillosa». Después, llegó el verano y con él las imágenes de fiestas, botellones y aglomeraciones varias: «La gente está loca», «La gente no tiene remedio».

Nunca en nuestra vida habíamos estado tan atentos al comportamiento de las personas en grupo, ni habíamos sido expuestos a tantas imágenes que nos dieran pie a juzgar y generalizar con motivos más que justificados. Y creo que ese pendular neurótico entre la misantropía y la filantropía ha dejado muchas cabezas rotas en los últimos meses. El mejor antídoto que he encontrado para recomponer la mía y alcanzar cierto equilibrio son los famosos versos de Walt Whitman: «¿Que me contradigo? / Sí, me contradigo. ¿Y qué? / Yo soy inmenso y contengo multitudes». Me lo aplico a mí misma y entonces entiendo mi conflicto interno porque no siempre es la misma Carmen la que juzga. Soy muchas en una. Pero también me ayuda a entender que cualquier juicio es inútil. En los primeros versos del mismo poema, Canto a mí mismo, Whitman advierte: «Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti / porque lo que yo tengo lo tienes tú / y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también».

Creemos que somos capaces de abstraernos y vernos desde fuera y ni siquiera quienes se dedican a la estadística aciertan siempre en sus predicciones, porque toda perspectiva está sesgada. Así que quitémonos al menos ese peso de encima. No tenemos que opinar sobre nosotros mismos porque no podemos hacerlo. Somos una multitud de multitudes y cada uno de nosotros es infinito en sus contradicciones.

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